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lunes, 19 de septiembre de 2016

EL GATO - Mario René Matute

Mario René Matute
Mario René Matute García-Salas (Ciudad de Guatemala, 1932) es guatemalteco, psicólogo de profesión y escritor de oficio y vocación. A lo largo de su carrera literaria, ha incursionado en los géneros: cuento, ensayo, novela y poesía, publicando títulos como Cuentos en carreta, Ciudad ausente, El nahual y otras sombras, entre otros. La calidad de su obra ha sido reconocida en diversas ocasiones, con premios como el Premio Tiflos (que ganó en dos oportunidades), por sus libros Cuentos de un país perdido (cuento) y Los alcatraces (novela); el Premio Quetzal de Oro por su novela Palos de ciego y el certamen “Juegos Florales de Quetzaltenango”, que también ganó más de una vez. El cuento que dejo a continuación, titulado El gato, obtuvo el segundo lugar en este último, en el año 1971, y fue publicado como parte del libro Cuentos en carreta en 1972.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Mario René Matute



EL GATO


Siempre que el tío cachureco nos arreaba a pie hasta la Antigua, encontrábamos aquella carreta solitaria, sin carga ni carretero. Sus ejes no hacían ruido, parecía deslizarse como si llevara las ruedas forradas de sombras. Se iba asomando desde la madrugada y dejaba un tufo a espanto que no se dejaba de sentir en toda la carretera.

Fue por ese contacto que pude ingresar al plano más desconocido y profundo de aquella ciudad. Porque todas las ciudades tienen diferentes planos de realidad, de existencia.

Generalmente nos desplazamos en un plano superficial donde las imágenes son exactamente correspondientes a los sentidos: el sol, el agua, los parques, el escupitajo del borracho, el insulto de la cholojera, el desparramado entremezclarse de gritos, aromas y apretones de los mercados; la piel de una niña con color a miel de abejas...

A veces logramos bajar a un plano menos superficial y entonces sentimos los palmoteos de los duendes al perseguir la corriente, la risa de las caracolas en la fuente del patio, el lenguaje de los perros al atardecer...

Pero muy raras veces llegamos a conjugarnos con todo un ambiente oscuro, sin fronteras, volviéndonos amigos o enemigos de sus habitantes. Para llegar allí se hace necesario poner al revés la noche y los sentidos y salir para adentro del futuro en busca del pasado.

Fue mi amigo el gato, un muchachito delgado, de ojos flamígeramente verdes, el que me enseñó el camino.

Nos dejaron por perdidos aquella última vez, entre las ruinas. El tío cachureco no quiso volver a llevarnos después del susto.

El gato me había conducido hasta el ámbito aquel de muros silenciosos, altos como una amenaza. Nunca lo había visto antes, pero aquel día se nos pegó en el camino y se hizo mi amigo. Me enseñaba atajos desconocidos y hacía gala de una agilidad extraordinaria, saltando de una piedra a otra, de un árbol a otro. Dejamos bien lejos a los componentes del grupo y entonces, mientras se rascaba el lomo contra un tronco seco, me contó que le decían el gato. Se reía con sus dientecitos afilados y su vocecita delgada.

Dentro de las ruinas y cuando el guardián había cerrado el tremendo portón, comenzó a correr por la orilla de los muros. A ratos se me desaparecía y al cabo de un momento, volvía a aparecer dando cabriolas y riéndose sin parar. No tomaba siquiera en cuenta mis ruegos para volver. Se conformó con bajar y decirme: —"Yo sé cómo salir de aquí. Espera que anochezca bien, te voy a enseñar el escondite dónde duerme la carreta silenciosa".

La curiosidad me picó y aguardé sin protestar.

Cuando la luna se fijó entre dos nubes lentas, mi amigo el gato saltó de una ventana, cayó a mi lado sin hacer ningún ruido y luego me invitó: Vení, pues, te voy a enseñar el tiempo al revés.

Yo lo seguí lentamente; ingresamos a un pasillo lleno de hojarasca que en un tiempo debió ser una salida de servicio del convento hacia la calle, pero que ahora se hacía molde para los silencios, mientras retrocedía con sus telarañas hacia el pasado, espiado apenas por un árbol que se doblaba sobre el muro y que dejaba caer sobre él el remolino de sus hojas muertas.

El gato se detuvo y me dijo:

—Aquí tenés que dejar el miedo. Soltá una meada dando vueltas y después brincás para afuera, en ese círculo se queda tu miedo para siempre...

Le obedecí. Él también orinó y mientras lo hacía, una pestilencia a meados de gato fue ocupando todos los golpes de aire.

Yo sabía que por aquella puerta saldríamos a la calle, sin embargo, cuando el gato la hizo girar suavemente, lo que apareció frente a mí fue una lujosa casa colonial, iluminada por lámparas de aceite. Ingresé, contemplé los rostros adustos de los santos que dormían de pie en las hornacinas del zaguán para carruajes. Apoyado contra un contrafuerte que angostaba el paso al corredor, un enmohecido cañón despedía aún olor a pólvora.

Las gárgolas que bajaban de la azotea española en cada arcada del corredor, botaban sobre planchas de cemento un agua llovida seguramente hacía cinco siglos.

Una diligencia se detuvo frente a la puerta y el gato me murmuró al oído:

—Ya vienen los muertos.

Los muertos entraron riendo y jugueteando, empujando baúles y saludando a los muertos de adentro. Dos corrieron al excusado y comenzaron a pujar, sentados a la par en aquel bancón de hoyos en fila —había como para diez caganzales juntos...

Todo fue culpa del gato por travieso. A mí no se me hubiera ocurrido nunca. Además ya nos habían entrado al comedorón y nos habían dado una copita de anisado ultraañejo —sabor de siglos idos—, para el frío de la lluvia que continuaba cayendo. Pero al gato le brillaron los ojos cuando el muerto viejito pidió papel a gritos desde el fondo de la casa. Me arrebató la mochila y extrajo rápidamente de ella los cuadritos de papel que el tío cachureco nos obligaba a llevar a las excursiones por aquello de las necesidades en el camino. El desventurado gato abrió el frasquito de chile cobanero en polvo, que yo llevaba para el tío y roció adecuadamente todas las hojas. Después, en actitud solícita, corrió hasta el excusado y entregó por debajo de la puerta el pequeño encargo al muerto cagón...

¡Qué susto y qué cosa fea! El muerto salió con espuma en la boca, preguntando por el patojo carajo que le había enchilado el fondillo. Daba saltos y bramaba, acuclillándose y tratando de darse un baño de asiento en la pileta del patio. Después ya no sé más... Nos llevaron al patio trasero de los muertos. Allí un carretero triste componía su carga en la carreta silenciosa. La reconocí por las dos franjas negras y el terciopelo en un rayo de las ruedas.

Nos amarraron y nos encaramaron en el vehículo. El carretero dijo que tenía que viajar por varios siglos para dejarme donde él me había encontrado varias veces. Después siguió trabajando hasta que un heno con tufo a espanto llenó por completo la carreta. Nos pusimos en marcha.

Salimos al aire fresco de la vida y como a las cuatro de la mañana del día siguiente, yo sentí que la soga se aflojaba y pude menearme. Al darme vuelta vi un gato que saltaba ágilmente de la carreta, despidiéndose con un prolongado maullido. La carreta iba sola, conmigo adentro. Salté de ella y busqué las casas del Guarda para pedir café y esperar que comenzaran a circular las camionetas para poder volver a casa.

6 comentarios:

  1. Gracias infinitas al maestro Mario René Matute y a su hija, la señora Ilonka Matute Iriarte, por concederme el enorme privilegio de poder publicar este cuento en mi blog. ¡Que lo disfruten!

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  2. Un misterioso cuento, con escenarios sorprendentes. Gracias, Adriana.

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  3. ¡me encantó el cuento! su temática, sus escenarios y también el final... ess algo subrealista, pero al mismo tiempo humorístico. ¡continúa así Adriana! la frase "salir para adentro del futuro en busca del pasado", me dejó un poco pensativa.

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  4. Impresionante la manera de escribir del Maestro Matute, nos hace compenetrarnos en la lectura

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  5. Sin duda, este cuento es una verdadera joya. Desde que lo leí me fascinó. Me alegra que les haya gustado y que se hayan animado a expresarlo por aquí. ¡Gracias por sus comentarios!

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