Mi gusto por la lectura empezó cuando tenía quince años y, he de confesarlo, en aquel tiempo nada resultaba más inconcebible para mi voracidad lectora que la relectura: el placer de descubrir nuevas historias, de conocer más y más autores, de sumergirme en tantos universos diferentes me hacía juzgar al acto de volver a un libro ya leído como poco atractivo, por decir lo menos. Por fortuna, con el paso del tiempo comprendí que se trataba de un error, y que la riqueza de la literatura es, justamente, la posibilidad de releer un libro y encontrar en él nuevas capas de sentido, de reenfocarlo a la luz de nuestras experiencias vitales y sintonizar con ideas que nos pasaron desapercibidas en ocasiones anteriores, en fin... Todo esto vino a mi cabeza cuando releí Pecados de la capital y otras historias, de mi queridísima Gisela Kozak Rovero: me reencontré con su verbo mordiente, con su fina ironía y con esa capacidad que tiene para poner en tensión eso que la sociedad nos dice que somos y que, en consecuencia, creemos o damos por sentado sobre nosotros y sobre quienes nos rodean; lo cual, en tiempos de tanta corrección política, agradezco enormemente. Por todo ello les invito a animarse a leer (y releer) el cuento que les dejo más adelante, Los años dorados.
Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Gisela Kozak Rovero