En literatura, la palabra “originalidad” es compleja y polémica. Hablar de obras originales es apelar a concepciones tan diversas como lectores hay, y la mayoría de las veces la discusión parece no tener solución posible. Sin embargo, hubo y hay autores que han dado a sus obras rasgos particulares, que han introducido en su escritura elementos que, aunque pueden verse en otros, brillan con una luz diferente. Uno de ellos fue el salvadoreño José María Méndez, quien dio a sus cuentos virtudes como la brevedad, el humor, el buen uso del lenguaje y la ironía, haciendo de ellos piezas que vale la pena leer y releer y que, tal vez, merezcan ser llamadas “originales”. El texto que aquí les comparto pertenece al libro Espejo del tiempo (1974).
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lunes, 14 de septiembre de 2020
lunes, 23 de enero de 2017
ERNESTO EL EMBOBADO - José María Méndez
José María Méndez Calderón (Santa Ana, 1916 – San Salvador, 2006) fue un importante abogado, docente, periodista y escritor salvadoreño. Durante su larga y fecunda trayectoria literaria publicó, entre otros, los libros Disparatario (1957), Flirteando (1969), Cuentos del alfabeto (1992), Diccionario personal (1992), Antología definitiva (1995), Juegos peligrosos y otros cuentos (1996), 80 a los 78. Cuentos de Chema Méndez (1996), La pena de muerte: un ensayo, tres cuentos y una addenda (1997) y Las mormonas y otros cuentos (1997). Dada la calidad de su obra, fue reconocido con el segundo lugar compartido del Certámen Nacional de Cultura (1963), por su libro Tres mujeres al cuadrado; fue ganador de los Juegos Florales de Quetzaltenango, rama Cuento, en tres ocasiones: en 1970 con Tiempo irredimible, en 1974 con su libro Espejo del tiempo, y en 1994 con Tres consejos, hecho que le valió la calificación de Maestre de la narrativa centroamericana. También fue galardonado con el Premio Nacional de Cultura (1979) y fue nombrado “Escritor distinguido de El Salvador” por la Asamblea Legislativa salvadoreña en 1999. Adicionalmente, fue redactor y director del periódico Patria Nueva e individuo de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua. El cuento que aquí se publica pertenece al libro Cuentos del alfabeto (1992) y está incluido en la antología Cuentos breves latinoamericanos (1998), de donde lo he tomado.
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