Tengo varios días buscando en mi cabeza cómo fue que descubrí los textos de Leonardo Dolengiewich. No recuerdo si fue en una revista literaria, si los encontré en redes, citados por algún escritor, o si me los recomendó alguien… Lo que sí recuerdo con exactitud es que todo comenzó con algunas de sus microficciones, la inmediata fascinación que me produjeron, las ganas de leer una y otra y otra y otra más… Y claro, la dificultad a la hora de elegir una para publicarla en el blog. Esto mismo lo viví hace unas semanas, cuando tuve el deleite de releer su más reciente libro de cuentos, La gente no es buena (2020), en el cual Leo demuestra, una vez más, esa gran habilidad narrativa que cumple eso que decía Cortázar en cuanto a que “…un cuento en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente, a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia.” Leer a Leo es asistir a ese hechizo en el que te sumerges en una historia, deseas saber qué va a pasar, pero no quieres que se acabe; y una vez que, inevitablemente, termina, igual sigue resonando en tu interior, te sigue moviendo y conmoviendo, te sigue interpelando. Por eso me complace compartir con ustedes este cuento y, con su lectura, celebrar el día del escritor y la escritora en Argentina, de la mano de uno de sus grandes exponentes contemporáneos. ¡Que lo disfruten!
Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Leonardo Dolengiewich.