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lunes, 5 de junio de 2017

MARCUCHO, EL MODELO – Leoncio Martínez

Leoncio Martínez (Caracas, 1888-1941), fue un importante periodista, caricaturista, dramaturgo, poeta y narrador venezolano, conocido bajo el seudónimo “Leo”. A partir de 1908 desarrolló una intensa actividad periodística, en diversos periódicos como El Cojo Ilustrado, El Universal, La Voz del Pueblo, El Nuevo Diario, La Linterna Mágica, La Esfera, Pitorreos (El cual fundó, junto a Francissco Pimentel –Job Pim-, José Antonio Calcaño y José Rafael Pocaterra, en 1918), y Fantoches (del cual fue fundador en 1923 y que se publicó hasta poco después de su muerte, en 1941),. Además, perteneció al Círculo de Bellas Artes. En 1932 publicó su libro Mis otros fantoches, compilación de todos sus cuentos, donde se encuentra el texto que aparece a continuación.



MARCUCHO, EL MODELO


Carátula de Mis otros fantoches (Leoncio Martínez - 1980)
Cuadrado de espaldas, liso y apelmazado el cabello, que se partía en una raya recta, casi sobre la sien izquierda, teniendo en el color un vago reflejo ambarino del indio ancestral, Marcucho, el modelo de la Escuela de Pintura, a primera vista confundíase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia, acostumbrado a cargar carretilla, o a encorvarse bajo la mole de los fardos.

Su estatura baja, sus blusas de dril descoloridas entre los estrujones de batea y la caliente opresión de la plancha, sus manos entretejidas de gruesas venas y siempre colgantes, congestionadas al peso de la sangre, no revelaban la menor particularidad que pudiera destacarlo junto a los demás hombres de su clase.

Pero, Marcucho era un elemento primordial de belleza para el grupo de aquella incipiente Academia. Cuando, despojado de la ropa, subíase a la tarima del modelo, asumía a los ojos de los estudiantes proporciones inconmensurables. Desnudo crecía. Adquiría una alteza espectacular de ilímites proporciones para los alumnos, que lo miraban, con los párpados entrejuntos, lamiendo con la vista los variables secretos de su armoniosa contextura. Al saltar a la tarima, en ágil pirueta que hacía sonar la tabla al golpe de los talones, y al erguirse en una pose preparatoria impensada, dijérase que con un impulso muscular se estiraba como si un recóndito sentido de la plástica lo magnificara, lo elevase de su condición vulgar de hombre del pueblo a una simbólica serenidad de sacerdocio y de mando.

El cajón destartalado prestábale trono. Dominando su cabeza por sobre todos los que le rodeaban, cualquiera que entrase al salón en horas de estudio lo primero que veía al abrir la puerta era a Marcucho, imponente e inmóvil como un dios pensativo y ceñudo como un personaje de tragedia griega o a veces en una contorsión resignada de mártir cristiano.

Los demás, en torno suyo, doblegados sobre los caballetes o sobre las tablas de dibujo, parecían venerarle sumidos en devoto silencio.

Al chischibeo del carboncillo o los pinceles sobre el grano del papel y de la tela, buscaban fijar el contorno estatuario, apresar en líneas firmes la amplitud del tórax, abombado al ritmo de la respiración potente; el torso lleno y duro como una montaña; la red de sus músculos pujantes sin alardes, eslabonados en suaves declives, la cadera saliente y brava, las piernas sólidas...

O en afán ferviente perseguían -ya logrado el trazo- en la reciedumbre de la masa los secretos del claroscuro que torturan y enfebrecen al artista y que en el cuerpo moldeado de Marcucho ascendían hasta los tonos cálidos del cobre, envolviéndose en grises mortecinos, en dulces ocres, con reflejos azuluscos y verdores inasibles, valores que mezclaban, se desvanecían, se profundizaban en la gama e iban a ahogarse en las frescas oquedades del rojo de Venecia y del sepia. La cabeza retostada, asoleada, se cortaba la base del cuello en una línea precisa como el plumaje tornasol en el cuello de las palomas montañeras; luego los hombros, el pecho, el vientre, lividecían en tenues luminosidades que resbalaban a flor de piel, iban a dividirse en las piernas, como la orquesta de un río de aguas opalescentes bifurcadas por un islote fértil y sombrío, desvanescencias relamidas que se arremolinaban en el nudo rosá-ceo de las rodillas.

Abajo, más abajo, los calcañares donde engañosos bermellones fundidos entre sombras, con las vetas protuberantes de arterias y de nervios, le daban la fortaleza y el apoyo de un zócalo rotundo. Y los pies, pesados como cimientos.

Para los presuntos artistas, el cuerpo de Marcucho era un universo de cotidianos hallazgos.

¿En qué pensaba Marcucho, mientras encaramado en la tarima aguantaba inconmovible las horas de pose de la Escuela? En ese largo ocio mental, donde las ideas se adormecen como bajo la influencia de un exceso de cigarrillos, ¿qué visiones, qué recuerdos, qué propósitos pasarían en lenta tornavolta por la mente del modelo?

En los descansos, sentado al extremo del cajón, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas, ¿era cansancio, resignación o menosprecio de toda voluntad lo que doblegaba su espalda y hundía su barba entre los pulgares, dilatando sus pupilas en abstracto espionaje del vacío?

Silencioso, aliviando su forzada inmovilidad en otra inmovilidad nueva, Marcucho parecía reflexionar o idiotizarse en la monotonía de su trabajo al igual que un burro de noria.

Pero no: Marcucho había nacido para aquello. Amaba instintivamente su oficio, se sentía partícipe de la obra de arte como el tipógrafo incluye algo de su ser en las ideas que compone. Amaba a su tarima como aquél se apega al chibalete, como el marino al barco; y, como el marino, al erguirse en su cajón, pensárase de pie en una proa escrutando, fijo, lejanías de horizontes de donde hubieran de surgir fantasmagóricas corporizaciones de antiguas leyendas.

Había nacido predestinado. La mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia antes de echarlo al mundo y ennobleció su barro tosco. Ya consustanciado con la belleza esencial, al hacer un movimiento elástico, al caer como involuntariamente en una actitud eurítmica, sonreía satisfecho y orgulloso si algún estudiante entusiasmado exclamaba:

-¡Qué bien está así!... ¡Quédate así!

Y sonreía también, sin perder la posición, a las bromas habituales de los pintorcetes:

-Marcucho, no muevas la oreja izquierda.

-No engurruñes el dedo gordo, Marcucho.

-Caray, Marcucho sí que tiene la piedra del zamuro para las mujeres. ¡Dios como que le echó la bendición con la zurda!

Y reprimía la carcajada, moviendo sólo el vientre, cuando un dicharachero obsceno estremecía la parvada estudiantil alborotándola en cacareo de gallinero.

Cumplía su trabajo con severidad de ritual. En ocasiones iba de caballete en caballete observando las "academias". Miraba los dibujos y luego se miraba sus propios brazos y sus piernas, en comparativo conocimiento de su cuerpo como si se lo supiera de memoria y lograra verse entero a sí mismo. Su espejo multifaz, durante años de años, lo tuvo en las tablas de dibujo y parecía exponer un gesto desaprobatorio cuando alguno lo reflejaba deforme o sin semejanza. Y, con humildad, preguntando: "¿lo necesita?", solía pedir un estudio que le gustara entre las innumerables imágenes suyas que poblaban la Escuela, clavadas por aquí y por allá o tiradas por el suelo, para llevárselo a "su pieza" cuyas paredes eran un museo unipersonal de sí mismo.

Ya para los últimos tiempos, Marcucho se entregó al alcohol. Bebía demasiado. Las facciones se le fueron abotagando, enflaqueció algo y los tonos rojos de su encarnadura se iban tornando más calientes. A veces, al tomar la posición, lo sacudía un latigazo nervioso, pero, luego, en pie, apoyado en la vara, se mantenía rígido, sereno, delatándolo sólo un casi imperceptible movimiento giratorio, como el de una peonza.

Por fin un día, después de tantos años de haber sido el modelo predilecto, el único, Marcucho faltó a las sesiones y al cabo de una semana llegó a la Escuela la noticia deplorable para todos: había muerto en el Hospital.

Pulpa de anonimia, corazón sin amores inmediatos, balsa a la deriva, su cuerpo sepulcral no dio con el puerto y encalló sin reclamo sobre la mesa del anfiteatro; él, que había servido para que lo estudiaran por fuera, se ofrecía íntegro en el momento de abandonar la vida para que lo estudiaran por dentro, como esos muñecos sin más voluntad que su destino, a los cuales los niños curiosos, hastiados de jugar con ellos, les sacan el aserrín.

Llegó el profesor seguido de los estudiantes a la clase de anatomía práctica. Rodearon el cadáver y comenzó la postrera lección de dibujo para Marcucho, que, inmóvil más que nunca, resistía la pose definitiva. Comenzó la lección y los bisturíes afilados como carboncillos iniciaron el trazado, ya no sobre el papel y el lienzo, sino sobre aquellos mismos músculos moliciosos, siguiendo la red de los nervios, perforando la carne empalidecida, abriendo como las páginas de un libro secreto el pecho magnífico... En medio de su perorata didáctica y de sus minuciosas explicaciones, el profesor se empinó en un súbito ¡oh!... Y después de una pausa, alargó la exclamación, acomodándose las gafas: -¡Oh, qué anatomía tan estupenda la de este hombre! ¡Vean ustedes qué admirable! ¡Debe tener un esqueleto precioso, precioso!

Los discípulos se inclinaron sobre el muerto siguiendo la lección del maestro, como sobre un mapa. El profesor se entusiasmaba con los músculos, con las arterias, con las vísceras. Lo iluminaba un gozo risueño y sapiente. E interrogó:

-¿Este cadáver no tiene reclamantes?

-No tiene ni familia -respondió un estudiante burlón.

-Pues, vamos a aprovecharlo; en la sala de anatomía de la Universidad, prosiguió el maestro, nos hace falta un buen esqueleto: este es un bello esqueleto, ¡perfecto!

Era la consagración total de Marcucho. Los estudiantes se dieron de nuevo a la tarea; pronto desbarataban articulaciones, desprendían miembros completos, limpiaban huesos hasta dejarlos mondos, encumbraban montículos de carne sanguinolenta en sugestiones de matadero.

Ya de Marcucho no queda sino una masa fragmentaria. Pero, luego apartaron con cuidado su osamenta, la calavera de ojos estupefactos y sin luz, los fémures gruesos como piernas de buey...

Y, más tarde, en procedimiento macabro que legaliza la augusta ciencia, lo cocinaron, lo hirvieron, pulieron sus huesos como valiosos marfiles, armaron de nuevo el esqueleto, soldando y embisagrando las piezas y allí, en el anfiteatro de la Universidad, dentro de una larga caja, colgado por el centro del cráneo con un alambre de acero, está Marcucho, sin carne, sin nervios, sin vida, en su última pose, predestinado a servir hasta más allá de la muerte para el estudio de la belleza y del dolor, porque antes de echarlo al mundo la mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia y enalteció su barro tosco.

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