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lunes, 5 de diciembre de 2016

EL PUPITRE DE UN CÍNICO – Sol Linares

Sol Linares (Escuque, 1978). Narradora y librera venezolana, quien en 2005 obtuvo el título en Castellano y Literatura por la Universidad de Los andes. Fue tallerista de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Posee una destacada trayectoria dentro del acontecer literario venezolano, habiendo publicado en corto tiempo una nutrida obra, obteniendo diversos reconocimientos como: Mención Especial en el concurso Cuento, ensayo, y poesía organizado por la ULA (2004) por su cuento Bitácora de ti; primer lugar en la III Bienal de Literatura «Ramón Palomares» con su libro de relatos Cuentafarsas (Fondo Editorial Arturo Cardozo, 2007; Fundarte, 2010); Premio Internacional de Novela ALBA Narrativa 2010 con la novela Percusión y tomate (Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2010; Fondo Cultural del ALBA, 2010) y, en dos ocasiones, el Premio Municipal de literatura «Luis Britto García» (2014 y 2015) por la novela Canción de la aguja (Fundarte, 2013) y por el libro de cuentos La silla cruza las piernas (Fundarte, 2015). También ha publicado el libro de cuentos La circuncisa (Monte Ávila, 2012). El cuento que podrán leer más adelante pertenece a La silla cruza las piernas. Por su talento narrativo y calidad literaria, algunos de sus cuentos aparecen reseñados en varias revistas y antologías, tales como De qué va el cuento (Alfaguara, 2013), Antología sin fin (Escuela literaria del Sur), Revista Imagen y Revista Nacional de Cultura. Además, ha publicado artículos literarios y de opinión en varios periódicos nacionales.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Sol Linares.




EL PUPITRE DE UN CÍNICO


Y es así como el «destino»,
que no puede querer nada,
es quien ha querido lo que nos sucede.

E. M. CIORAN


Carátula de La silla cruza las piernas (Sol Linares - 2015)
Es CONSABIDO QUE LA DEFINICIÓN que se tenga de una palabra cualquiera depende en gran medida del diccionario que se emplee para aclarar tal y cual duda. Se oye incoherente porque si a ver vamos son los diccionarios los objetos que más están de acuerdo con el significado de las mismas, y nadie esperaría otra cosa de esta saludable convención, cuya intencionalidad es producir una comunicación eficiente, aunque no es defecto del diccionario que los hombres no se entiendan entre sí, salvo en casos de genuina excepcionalidad, como ésta:

El día anterior la maestra había mandado a traer un diccionario en español. Tenía previsto enseñar a usarlo de la forma correcta, en orden alfabético. También se refirió a él como el libro más importante de todos. Hoy, Walberto lo trae consigo. Guarda el morral en la parrilla inferior del pupitre y espera a que la maestra llegue y dé las instrucciones apropiadas. Está ansioso. Exagera un poco su expectativa, se muestra aireado y coquetea con un adulto confort. Usará el diccionario que sustrajo la antevíspera de la biblioteca de su abuelo.

—¿Tienes un diccionario en español que me prestes? —le preguntó Walberto al anciano.

—Busca tú mismo, estoy ocupado.

Al anciano lo entretenía la lectura de Rojo y Negro, cuya cualidad interesante la hacía el hecho de que, dándole vuelta al libro, en su cara invertida, varios autores —entre ellos William Somerset Maugham y Hernando Valencia Goelkel— daban una introducción explicativa sobre la vida y la obra de Henri Beyle, mayormente conocido como Stendhal. Walberto deslizó la vista por los libros. En el entrepaño del medio, posicionados en una esquina, había un grupo de diccionarios viejos, de solapas rasgadas, a manera de un sindicato de minusválidos. Destacábanse un pequeño diccionario bilingüe de español-francés tapiado con estameña, un diccionario integral para crucigramistas y una enciclopedia de ciencias naturales. No encontró un diccionario en español excepto uno forrado por entero de papel contact, haciéndolo defectuoso, pues habían enterrado con él toda información a favor. También carecía de las primeras hojas, justamente aquellas donde los libros suelen llevar impresos la editorial, la fecha, el lugar de publicación y el título. Lo abrió someramente y constató que cumplía con el protocolo de un diccionario cualquiera. Jamás dudó; nunca lo hubiera hecho de un libro de su abuelo, impidiéndose la mínima sospecha de su futuro bochorno.

No después de diez minutos la maestra atraviesa la puerta con aire jovial. Acondiciona su escritorio y dice:

—Saquen su diccionario —coloca el suyo sobre la mesa. Suena a barril.

Walberto se pavonea, saca el diccionario de la mochila con un sentimiento de bienestar; disfruta la sincronía de tener lo que la maestra le pide. Piensa en la palabra pararrayos, que en el diccionario bilingüe del abuelo se escribe paratonnerre. Se le viene encima una cantidad de palabras. Palabras turrón, floteadas de miel, o salpicadas de pepitas, bellas berenjenas, palabras trípodes, algunas veces bípedas, arenosas, trocadas, otras simples, saladas, y por ahí también se le vienen palabras citrinas, como soñador, que en el diccionario bilingüe del abuelo se escribe songeur, y así, terribles o aparatosas palabras. En esto se entretiene. Jamás se le hubiera ocurrido pensar, por lo tanto, que sobresalir a veces sucede como un total accidente.

Cada niño saca de su bolso el respectivo diccionario, la mayoría de bolsillo. A veces son notables librotes con ostentosas solapas. Quien no lo trajo se arrima a su compañero inmediato para depender de él durante toda la mañana.

—Para buscar cualquier palabra en el diccionario —dice la maestra— es preciso fijarse en la secuencia de palabras que están apuntadas en el borde superior derecho de cada página. Por ejemplo, para buscar la palabra amor, nos guiaremos por los signos de la A y la M, pues las palabras aparecen según el orden alfabético. ¿Quedó claro?

—Sí—mienten unos, y se mezclan con quienes ya conocen la forma correcta de emplear un diccionario.

—Empecemos por saber el significado de la palabra diccionario. Busquemos por la letra D. Luego de la D viene la I, y luego de la I, ¿qué viene?

—La C —dijeron unos.

Walberto hace lo propio. Da rápidamente con la palabra «diccionario». He aquí la definición que encuentra:

Diccionario, s: Malévolo artefacto literario para restringir el crecimiento de un idioma volviéndolo envarado e inflexible. Sin embargo, el presente diccionario es una de las obras más útiles que su autor, el doctor Juan Satán, ha creado jamás. Está pensado para que sea un compendio de todo lo conocido hasta el día de su conclusión y sirve para manejar un destornillador, reparar un vagón rojo o solicitar un divorcio. Es un buen sustituto del sarampión y hará que las ratas salgan de sus agujeros para morir. Es un disparo letal para los gusanos y hace llorar a los niños.

Walberto despabila. Algo está mal o está muy bien. Cualquiera de las dos opciones es absolutamente peligrosa. ¿Peligrosa? En ese momento se pregunta si debe comenzar a preocuparse. Encuentra el concepto algo burlesco, incoherente, aunque encantador.

—¿Quién quiere leer el significado de la palabra diccionario? —Dice la maestra.

Una niña, sentada en el pupitre cerca de la ventana, levanta la mano. Lee:

Diccionario m: Conjunto de palabras de una o más lenguas o lenguajes especializados, comúnmente en orden alfabético, con sus correspondientes explicaciones.

—Muy bien. Aquí tenemos un primer concepto. Cada vez que necesiten conocer el significado de una palabra, deben remitirse a un diccionario. Contiene todas las palabras de nuestra lengua, por lo tanto, se me hace el libro más importante de todos. Ahora usted, Pedro. Busque la palabra amor.

En seguida el chico emprende la búsqueda, guiando la mirada con sus dedos. Murmura entre dientes amor, amor, amor, como si la estuviera invocando. Cada quien hace lo mismo.

—Amor —dice Pedro—: Vivo afecto entre una persona o cosa. Blandura. Suavidad.

Walberto queda sin aliento en el pupitre. Relee una y otra vez el significado de la palabra que aparece en su libro. Su diccionario no define la palabra amor en el sentido estricto que ha leído su compañero. Por el contrario, dice:

Amor: la locura de creer demasiado en otro antes de conocer algo de uno mismo.

El niño siente que sus piernas desfallecen. Mira la portada del diccionario, pero es inútil, está forrada con papel contact. No encuentra pistas de su libro porque las primeras páginas han sido arrancadas toscamente.

—Muy bien, Pedro. Es correcto —alaba la maestra—. Ahora, busquemos todos la palabra año.

La orden fue seguida al pie de la letra.

—A ver, Laura. Qué dice el diccionario de la palabra año.

—Tiempo que emplea la Tierra en recorrer su órbita. Doce meses.

Todos están de acuerdo con la definición excepto Walberto, que comienza a hipear del susto. Su diccionario dice textualmente:

Año: un período de trescientas sesenta y cinco decepciones.

—Correcto, Laura, puedes sentarte. Ahora usted Antonio, busque la palabra nariz.

La secuencia de acciones es igual a la anterior. Todos buscan la palabra «nariz».

—Nariz: Órgano olfativo, su parte externa forma en el rostro una prominencia entre la frente y la boca.

Walberto suelta un débil quejido. Está en problemas. Ahora lo sabe. No entiende cómo un libro como éste haya podido entrar en la biblioteca de su abuelo. Su diccionario parece estar en desacuerdo con cualquier otro diccionario:

Nariz: Protuberancia del rostro humano, que comienza entre los ojos y termina en los asuntos ajenos.

—¿Ven cuán sencillo es buscar una palabra en el diccionario? —Dice la maestra—. A ver tú, Walberto. Busca la palabra ruido.

El niño queda en blanco. Le chasquean los dientes. Su diccionario le hará caer en ridículo. Ahora no sabe de quién fiarse después de que la maestra dijera que es el libro más confiable de todos. ¿Cómo es posible que un diccionario se preste para confundir a la gente?

—¿Qué espera, Walberto? Busque la palabra ruido.

El niño busca la página según el orden alfabético. Lee:

Ruido: Una hediondez del oído. Música sin domesticar. Producto principal y símbolo de la civilización.

Los niños repasan la palabra en su diccionario y levantan la mirada en dirección a la maestra, a quien se le ha congelado una sonrisa en la boca. Por momentos queda en silencio. Es un concepto certero y sin embargo un poco vulgar, tal vez atrevido. Supone que es un asunto de editoriales. Ordena a Laura a leer la misma palabra de su diccionario, quien se levanta de buena gana.

—Ruido: Sonido inarticulado y confuso. Pendencia, alboroto.

La maestra ladea la cabeza en señal de insatisfacción. No está tan lejos una definición de la otra, aunque la de Walberto sigue siendo un poco grosera.

—Walberto, por favor, busque la palabra honesto.

El niño busca con rapidez y dice lentamente:

—Honesto: afligido por un impedimento en la conducta.

Los niños se echan a reír porque la palabra honesto significa decente, recatado, honrado, razonable. Aunque hay uno que otro niño que no ríe, sobre todo porque ha buscado la palabra por la O y es verdad que en este caso la palabrita no existe. La maestra frunce el ceño. Su jovialidad se esfuma y queda en su lugar un rostro lavado y duro.

—Hágame el favor, Laura, busque la palabra guillotina.

—Guillotina: Máquina para decapitar. Máquina de cortar papel.

—Usted —le ordena la maestra a Walberto—, busque la misma palabra.

Languidece. Comienza a odiar al diccionario, que lo ha puesto a rivalizar con la sabiduría de su maestra. Lee, desvanecido:

Guillotina: Máquina que hace que los franceses se encojan de hombros con toda razón. En su obra Líneas Divergentes de la Evolución Racial, el erudito profesor Brayfrugle arguye, partiendo del predominio de aquel gesto (el encogimiento) entre los franceses, que estos descienden de tortugas, y que tal gesto es simplemente una supervivencia del hábito de retraer la cabeza hacia el interior del caparazón.

La maestra se cruza de brazos. Un rostro amenazante desdibuja su quijada dulce.

—¿Se está burlando de mí, Walberto?

—¡De ninguna manera, señorita! —solloza el pequeño desde el pupitre, mientras sus compañeros reclutan risitas en la boca.

—¿Le produce placer llevar la contraria, Walberto?

—¡Por Dios que no, señorita!

—Laura, busque la palabra gato.

—Gato: Mamífero doméstico. Félido que caza ratones. Máquina con un engranaje para levantar grandes pesos.

—Usted, Walberto, busque la palabra gato.

—Pero...

—¡Busque la palabra gato!

—Gato: Autómata suave e indestructible, provisto por la Naturaleza para que reciba las patadas cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.

La maestra baja del escritorio de un brinco.

—Conque quiere dárselas de muy listo.

—Es que...

—¡Busque la palabra nacimiento, ya mismo!

Walberto aprieta los dientes y ahí mismo se le destraban los dedos. Busca y busca. Esta vez se toma su tiempo. No le conviene una palabra más. Está asustado. Tiene las orejas calientes. Está asustado y sin embargo tiene ganas de reír. Nunca quiso sobresalir de esta forma. Es un niño malo, indestructible. La palabra nacimiento salta a sus ojos. Lee mentalmente la palabra y siente ganas de reír, cada vez se vuelve uno con el libro, se aprieta a su poder.

—Lea —ordena la maestra.

Nacimiento: El primero y más deplorable de todos los desastres. Su naturaleza no parece ser uniforme. Cástor y Pólux nacieron de un huevo. Palas salió de un cráneo. Galatea fue una vez un bloque de piedra. Peresilis, que escribió en el siglo décimo, aseveraba que él había surgido del suelo, en el mismo lugar en que un sacerdote había volcado agua bendita. Es sabido que Arimaxus provino del agujero que un rayo había hecho en la tierra. Leucomedón fue hijo de una caverna del Etna, y yo personalmente vi salir a un hombre de una bodega.

—¡Usted! —Grita la maestra, señalándolo con el dedo índice, único en su especie— ¡Niño maleducado, grosero! ¡Venga conmigo a la Dirección!

Walberto cierra el libro. Camina con pasos malévolos. Reta a Laura con la mirada. Esto es más peligroso que tener piojos. La maestra camina delante de él inescrupulosamente. Ya en la oficina, cuenta a la Directora la sublevación del niño, su comportamiento grosero y reprimible, todo lo que ha inventado para hacerla sufrir y dejarla en ridículo delante de sus alumnos.

—Pregúntele cualquier palabra, la que sea —le pide la maestra a la Directora.

La Directora observa a un niño que no puede levantar la mirada de sus zapatos. No sabe que está ocultando su descubrimiento, un placer intenso y despiadado. La Directora piensa en una palabra neutral:

—¿Qué tal la palabra aire?

Walberto hace lo propio.

—Aire: Sustancia nutritiva provista por la generosa Providencia para el engorde de los pobres.

—¡Oh! —Boquea la Directora.

—¿Lo ve? ¿Lo ve? Pídale que le diga otra palabra. Otra palabra.

A la Directora no se le ocurre ninguna palabra, por lo cual la maestra tiene que intervenir.

—Hipócrita —dice la maestra—. Busque la palabra hipócrita.

—Hipócrita: El que, profesando virtudes que no respeta, se asegura las ventajas de simular ser lo que desprecia.

La Directora abre la boca levemente. Está de acuerdo con esa afirmación y al mismo tiempo le es aborrecible. La maestra se cruza de brazos.

—Busque la palabra arrepentimiento.

—Arrepentimiento: Fiel interlocutor y seguidor del castigo. Habitualmente se manifiesta en una forma de la conducta compatible con la continuidad del pecado.

—¡Ahí está! —Grita la maestra— ¡Es un cínico!

En esto arrebatan el libro de Walberto que no posee ningún tipo de información sobre su naturaleza. Ninguna sabrá que se trata de un libro raro en su especie, titulado El diccionario del Diablo, escrito por un norteamericano llamado Ambrose Cwinnett Bierce, periodista satírico y misántropo, cuya fecha de muerte aún se desconoce. En su primer intento el libro había sido titulado The Cynic's Word Book (El vocabulario del Cínico), pero más tarde se titularía El diccionario del Diablo. Entregan el libro a Walberto y entre la maestra y la directora se da un ferviente debate alrededor del castigo que amerita su comportamiento, cosa que no oye Walberto por buscar en el diccionario una palabra que nunca había escuchado mencionar:

Cínico: Canalla cuya visión defectuosa hace ver las cosas como son, no como deberían ser. De ahí surgió la costumbre que reinó entre los escitas de arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión.

—Queda suspendido por una semana —dicta por fin la Directora.

Walberto suspira, agradece, hace una reverencia y se marcha. ¿Qué es una semana, en comparación con que le saquen los ojos?

5 comentarios:

  1. Un millón de gracias a la gran narradora Sol Linares por permitirme publicar uno de sus cuentos en este espacio. ¡Disfrútenlo mucho, y no dejen de comentarlo y compartirlo!

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  2. Gracias a ti, Adriana! Y por el trabajo de reunir tantas voces en un mismo espacio, de personas que tal vez no lleguemos a conocernos nunca!

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  3. se me aguaron los ojos de la risa. ¡excelente cuento! quizá yo también soy una cínica, pues estoy de acuerdo con varias definiciones del "diccionario del diablo" fuera de las convenciones, de la hipocresía.

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  4. El último concepto me dejó acá pensando si la palabra "ciego" no será más que una excusa. Así, el que cree en la ceguera se aferra a intentar evadir lo que molestan las verdades, esas que se ocultan por no estar atentos...
    En fin, el cuento está genial.

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  5. Tengo el libro de Bierce pero jamás lo he leído, prometo agregarlo a la lista.

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