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lunes, 29 de enero de 2018

MILANESAS DE POLLO – Ángel Gustavo Infante

Ángel Gustavo Infante López (Caracas, 1959). Narrador, docente e investigador literario venezolano. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (USB). Desde 2014 desempeña el cargo de Director del Instituto de Investigaciones Literarias de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, donde ingresó en 1990. Profesor de novela en la Maestría en Literatura Venezolana (UCV) y en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Ha publicado los libros de cuentos Cerrícolas (1987) y Una mujer por siempre jamás (2007) –del que he tomado el cuento que encontrarán a continuación-; la novela Yo soy la rumba (1992) y el estudio Primeros momentos del pasado crítico (2002). Ha recibido diversos reconocimientos como el Premio Fundarte de Narrativa (1986) por Cerrícolas; el Premio de Cuentos de El Nacional (1987) por “Joselolo”; el Premio Consucre para las Artes (1987); el Premio de Guión Radiofónico, Radio Caracas Radio/Celarg/Alcaldía de Chacao (1997); el Premio de la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra (Mención Narrativa), en el año 2004; y el Premio Municipal de Literatura (Mención Cuento), en 2008, por el libro Una mujer por siempre jamás.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Ángel Gustavo Infante.



MILANESAS DE POLLO


En los juegos olímpicos se otorgan tres clases de medallas a los ganadores. Oro, plata y bronce simbolizan los grados de la victoria. Los atletas son colocados en cubos. Plata a la derecha de oro y bronce a su izquierda. La cabeza de plata queda a la altura de los hombros de oro. La de bronce un poco más abajo, hacia las costillas del vencedor.

Así nos ubicamos Luis, Antonio y yo en los cien metros, no tan planos, de Lola Hernández, la Maja.

La crisis de los cuarenta años se le manifestó en una suerte de furor uterino. Se halló de pronto en una de esas encrucijadas que la vida le atraviesa a la mujer cada cierto tiempo y, ante la duda sobre cuál camino tomar, de los tres posibles, decidió probar con cada uno de nosotros.

En la oficina comenzaron a llamarnos “Los trillizos”. Como es usual, ignorábamos el proceso y nos creíamos únicos por separado. Únicos en nuestro estilo individual. No obtuve oro, es obvio —de lo contrario no apuntaría estos resultados—, pese a haber tomado la delantera desde el principio, sacándoles varios cuerpos de ventaja.

Pues, nada, tío, como diría la Maja, estuve en el momento y en el lugar precisos, colocado por obra de Dios para ligar. En otras palabras: pasé frente a Lola justo a mediodía y ella me agarró por la muñeca y me llevó a almorzar a su casa. Manejó muy bien el carro y la situación. Al llegar a su apartamento cancelé mis planes con una llamada, me lavé las manos —más por hallar un lugar donde colocarlas que por razones de higiene— y me senté a la mesa con la expectativa de quien entra al cine sin saber cuál película van a dar.

Los antecedentes se limitaban a sus visitas a mi cubículo para confirmar algún dato, suministrar el material gráfico adecuado al reportaje de turno o, simplemente, revisar el cuerpo deportivo del periódico y rellenar el crucigrama. La dinámica en la redacción me colocaba frente a sus frondosos senos varias veces al día. Solíamos bromear sobre ese recurso natural no renovable ofrecido con generosidad al sector masculino, el cual no necesitaba excusas para apreciar lo que ya era considerado una especie en extinción no sólo en el diario sino en las calles de Caracas.

Ese día conocí el pragmatismo femenino. Estuve, quizá, ante la única mujer instantánea del planeta. La única, quizá, cuyo léxico no registra la palabra espera. Mis primeras milanesas de pollo y un puré sintético hicieron escala en el horno microondas y aterrizaron en la mesa junto a dos litros de pepsicola. Mi voracidad se identificó de inmediato con su ritmo de vida y quedé lleno. El paquete incluía café y una copita de sambuca. Después del truco culinario, desplegó su agresiva estrategia ante mi corazón contento. De momento me desconcerté y llegué a creer que el paso siguiente sería ofrecerme en venta la acción de un resort; pero no fue así: me llamó con su mirada y acudí como un borrego al matadero.

Me sentía como el gochito del cuento. Resulta que una mujer le pone el ojo a un muchacho de los Andes, el propio gochito recién llegado a la capital, para quitarle la virginidad. Entonces lo lleva a su casa en ausencia del marido y le ofrece un aperitivo ligero: plátanos y leche. El gochito se da banquete con el humilde manjar y en agradecimiento se dispone a complacer a la dama, sin saber muy bien cómo hacerlo. Ella le da las instrucciones y comienza la función. El gochito empieza a defenderse como mejor puede y le da una maraca nerviosa y desordenada, cuando siente una vaina rara, parecida a unas incontenibles ganas de orinar, y con gran susto y respeto le grita a la mujer:

—¡Apártese que la meo!

Y ella le dice jadeante y con voz entrecortada:

—Tran...tran...quilo, hombre,... eeesa es la leche que le vieeene bajaaando.

—¿La leche? —grita el desprevenido gochito, pegando un brinco—. Si así es la leche, ¿cómo será cuando bajen los plátanos?

Estuve a punto de contárselo cuando entramos al cuarto y vi el cubrecama. Era un edredón carrubio y rococó, utilería de la ópera El marchante turco, de cuando la vida venía por cuotas de puerta en puerta. De pronto el cobertor subió como un telón y apareció la Maja desnuda, más que desnuda, en pelotas, tan abierta y dispuesta a tragarse el mundo, que si Goya la ve así no pinta.

A un chasquido de sus dedos mi ropa quedó en el piso. Otro chasquido y subí. El aire caliente de su respiración me golpeó la cara. Tenía los ojos turbios y la mirada perdida; sin embargo me agarró el miembro con firmeza y se practicó un harakiri. Se lo metió hasta donde dice Made in Taiwan.

Cuando estuvo a punto de acabar me dijo: «Te amo». Y lo dejó bien claro después del primer cigarro:

—Te amo sólo en ese instante.

Me pareció perfecto. La mujer tomaba lo necesario y punto.

Contaba dos divorcios en su haber. Las marcas a veces aparecían por la redacción: una hembra de diez años y un varón de seis que, por fortuna, pasaban todo el día en el colegio. Esto reducía nuestros contactos a los días laborales. Feriados y fines de semana eran caca.

Lola contabilizaba los encuentros y, dentro de éstos, los besos, los abrazos, las caricias y los coitos. La cuarta vez, después de las milanesas de rigor, sacó un cuaderno y una calculadora y me dijo, como mandada por Pedro Almodóvar:

—Oye, tío, según mis cálculos ya hemos echao siete polvos y nunca me has besao en la boca.

Y entonces me tocó repasar el dicho colombiano, eso sí, en silencio: «Quien nísperos come y bebe cerveza, y calza alpargatas y besa a una vieja: ni come ni bebe ni calza ni besa».

La Maja, desnuda o vestida, estaba en todo su esplendor. El umbral de la madurez le sentaba muy bien. Libre de los caprichos de la juventud y lejos de los vicios de la vejez, se hallaba en el punto donde se echa a andar sola, donde se adquiere la conciencia necesaria para saberse obra de sí mismo y poder explotar al máximo las virtudes y ocultar los defectos con discreción. Si era ilustrada o no, eso era otra cosa; después de todo uno no se acuesta con una enciclopedia.

La besé. Detrás de los labios esperaba su piel blanca salteada de pecas, el pelo negro, la nariz perfilada y sus ojos bien abiertos.

—¡Coño, nadie besa con los ojos pelados! —dije al despegarme.

—Yo no beso con los ojos, beso con el coño. ¡Venga, vamos!

Y esos dos verbos se convirtieron en nuestro santo y seña a las puertas del sexo. Yo podía estar full trabajo frente a la computadora y ella pasaba, me guiñaba un ojo y me hacía leer en sus labios el ¡venga, vamos! Enseguida imaginaba a mi Maja boca abajo en un escorzo y yo como don Francisco de Goya con el pincel enhiesto, pronto a meterle la puntica y más allá hasta invertir los verbos, en el ajetreo, en el toma y dame, en el vaya y venga.

La metodología propia de su trabajo de campo o, más bien, de cama —la cama era su campo de batalla— exigía un estricto control cuantitativo. Allí le aplicaba el instrumento a la muestra seleccionada con una frecuencia matemática. No se permitían las coincidencias. Las variables estaban bajo control y todo el mundo feliz. Ella dejaba entrever la posibilidad de entenderse con otros y yo no me oponía. Creía que era un juego para sazonar el venga-vamos. Entre nosotros los celos eran inconcebibles, cada quien defendía su privacidad y el sida aún no existía.

Tal vez mis coyacentes hayan pensado igual. Teníamos la misma profesión, idéntico status e igual estado civil. En otras palabras, éramos tres periodistas mal remunerados y, para colmo, casados. No representábamos el target de ninguna cazamaridos. En ese sentido, podíamos ir tirando sin cuidado; pero, una cosa pensaba yo en nombre de todos y otra la Maja. Hasta entonces creí (creímos) que sólo era (éramos) un medio para proporcionar placer. Esto sólo era el objetivo general de su trabajo de cama. El específico, el que halaba más que un vello púbico, era obtener un maridito. Alquilado, propio o en comodato, eso era lo de menos.

Entonces me lo planteó de frente, confiada en sus dos repuestos, cuando estábamos a punto de irnos a la cama por enésima vez. A secas, sin gracejo ni anestesia, me dijo:

—Quiero que te vengas a vivir conmigo.

—Eso no estaba en el programa —le dije por decir algo, loco por apagar el fuego que me convertía el pene en un fósforo.

—Me cago en los carteles, en los programas y en tus proyectos familiares —contestó apartando mis manos.

—¿Así es la vaina?

—Así es. Y decide ya, porque no puedo dejar que se me vaya lo que me queda de juventud esperando tu respuesta.

¿Así es la vaina? Repetí en silencio cuando me amarraba los zapatos. ¿Así es la vaina? Nunca se sabe dónde aparecerá el punto final. Si estará al doblar la esquina o vendrá de sus labios. Si llegará en una carta o quedará atrapado en una interrogación, como en este caso. Me provocó llorar por desperdiciarnos ante una exigencia absurda, por el punto que puso fin a mi erección y porque, al contrario de otras veces, aún no había probado mis milanesas.

La llamada de Antonio no pudo ser más oportuna. Lo atendió frente a mí y, sin mover sus ojos de los míos, lo invitó a almorzar. Luego me acompañó hasta la puerta y dijo antes de cerrarla:

—Quizá Antonio sea más hombre que tú.

Me dejaba sin cuidado ser menos hombre o menos bolsa que Antonio. Lo verdaderamente humillante era regresar en autobús con hambre y cojonera.



En los libros de la Maja deben estar registrados tanto el beso que Antonio le plantó de entrada como el número de su visita y la cantidad de orgasmos obtenida durante ese mediodía. Por el modo de conducirse era obvio que me venía pisando los talones. Devoró las milanesas frías y fueron a la cama de inmediato. Al contrario de Lola, quien adoraba tenderse boca abajo para ser penetrada por delante, Antonio prefería acostarse boca arriba y ser cabalgado. Era su modo clásico de asegurarle un primer y prolongado orgasmo a nuestra compañera. Ésta no quedaba muy conforme hasta sentir su pecho raspándole esa espalda que tanto besé y lograr exprimirlo con la fuerza centrífuga de su sexo como lo hizo conmigo.

No era tiempo de hacerle la invitación definitiva, sino de ponerlo a prueba. Le insinuó la posibilidad de salir con otra persona y nuestro compañero lo tomó a broma:

—Que yo sepa —le dijo—, los únicos que salen son los muertos.

—Pues este tío de muerto no tiene nada. Más tenía el anterior.

—No te estoy pidiendo un inventario de tu vida sexual pero, por curiosidad, ¿de quién carajo hablas?

—Del pasado inmediato y del presente.

—El presente soy yo, majadera. Dijo creyéndose único y le tocó la campanilla con la punta de la lengua. Después del beso ella respiró, clavó las uñas en el edredón como para aliviar el mareo que la embargaba cuando sentía muchos deseos de ser penetrada y le dijo con los ojos cerrados:

—Estoy enamorada, coño.

—¡Qué bien! —exclamó Antonio con evidente entusiasmo ante una afirmación que a mí me hubiera aterrorizado y concluyó:

—Es lo mínimo que puedes sentir por mí.

—Ahí está el problema. No es de ti.

—Si no de mí, ¿de quién?

—No sé.

Antonio contuvo la risa. Se vistió. Y recorriendo la habitación con una fingida mirada de desprecio, le dijo:

—Cuando sepas quién es el candidato me lo presentas y salimos los cuatro. ¿Oká?

No fue un buen día para nadie. La Maja pasó parte de la tarde hablando con Luis y dejándose admirar las tetas por los muchachos. Yo sentía un hueco y no sabía si llenarlo de celos o de cerveza. A la salida lo tapicé con la segunda opción ofrecida por el heredero de mis milanesas, quien me dio un informe pormenorizado de su almuerzo. Me sorprendí menos que él gracias a las normas del buen oyente. Todo el tiempo presté atención a los desvaríos que nuestra chica solía desatar después de los mediodías orgiásticos y sabía que todo apuntaba hacia mi interlocutor. Su llamada sólo vino a confirmarlo.

—¡No me joda! ¡Así que usted es el otro, compadre!

—No. Yo soy ese «pasado inmediato».

—Como le dijo el portugués a la carajita: “metáfuras nada, tudu pa dentru”.

—Ninguna metáfora. La Maja me despachó porque no acepté su invitación a mudarme con ella.

—¿Así es la vaina?

—Fue lo que yo dije.

—¿Y ella qué te dijo?

—Que a lo mejor con usted corría mejor suerte.

La bruma de la décima cerveza atrasaba las reacciones. Antonio rebobinó y sólo pudo preguntar:

—¿Eso dijo?

—En otras palabras, claro.

—Entonces la cosa es por descarte, ¿no?

—No joda, Antonio, tómalo como lo que es: un premio por aproximación.

—Paso y gano, caballo.

—Es mejor que gane, porque si pasa se queda el otro.

—¿Otro más?

—El verdadero otro.

—¿Cuál otro?

—Luis.

—¿Qué? ¿El pana Luisito? ¿El de deportes?

—Ese mismo: Luis «Rodapié» Segovia.

—¿Cómo así? Esto se está pareciendo más bien a las olimpíadas.

Se levantó para ir al baño. Se rascó la cabeza y dijo en voz muy baja, como para sí:

—¡Verga, qué mundo tan chiquitico!



Al día siguiente almorcé solo. Antonio estaba reunido con la gente de mercadeo. A Luis le quedó la pista libre. Se perfilaba como el mejor candidato. No era el más antiguo en eso de acostarse con la Maja. Consciente de sus límites, sólo era el más considerado (enano al fin). Así lo había dejado entrever ella en uno de sus desvaríos poscoitales. Yo estaba suspendido. Por ética, Antonio debía llegar hasta el final. Si lo espantaba como a mí con su ultimátum, debía seguir mis pasos: ponerse la ropa y decirle adiós. Ambos coincidíamos en que habría que estar loco o desesperado para tomarse en serio a una tipa de la misma nómina y, además, que casi lo viola a uno en la primera cita.

Luis no pensaba igual. Tomó la delantera por azar. Su mujer había salido del país por pocos días y él invitó a Lola Hernández a pasar un fin de semana en el Hotel Meliá de La Guaira. Regresaron enganchados como perros. Le advertí a Antonio la necesidad de una tregua. A estas alturas la redacción en pleno sabía que nosotros sabíamos lo que Luisito y la Maja también sabían. Pero nadie dijo nada, hasta el día de la fiesta en casa de Zaida, la subdirectora.

Era una reunión diurna y ya íbamos por el tercer whisky. Antonio y yo conversábamos con Zaida en la cocina. El resto de los invitados estaba entre la sala y el balcón del apartamento. La Maja había inventado una excusa para no asistir. De pronto entra Luis a buscar hielo y se la pone a la anfitriona en bandeja de plata. Ésta no pierde la oportunidad y deteniéndolo por una manga le larga la pregunta:

—¿Y qué le pasó a la novia de ustedes que no vino?

Del tiro Antonio escupió el trago en el fregadero. Yo reprimí una carcajada. Luis se puso muy colorado e intentó una sonrisa antes de esfumarse. Zaida volvió a poner cara de idiota y a preguntar:

—Epa, ¿qué fue? ¿Qué le pasó a Luisito?

Quizá la Maja nos atribuyó la autoría de la mala pasada, porque días después, cuando coincidieron en el ascensor, Antonio le insinuó el deseo de unas milanesitas y ella lo arrinconó tomándolo por la pechera y le dijo con rabia:

—Luis es oro. Ustedes son pura mierda.

—¿Eso dijo? —le pregunté más tarde al ofendido.

—Tal cual.

—Bueno —dije para animarlo—, si Luis que se mudó con ella es oro, entonces yo que no acepté soy plata y a usted que no lo invitaron le corresponde bronce. ¿Qué tal?

—Visto así, la verdad, no está tan mal un tercer lugar. Medalla es medalla. Eso merece un brindis.

—¡Pues venga, vamos!

2 comentarios:

  1. ¡excelente! de humor y clarito; como de otro lugar, (Argentina) disfrute los giros, las palabras y las deducciones. Lo vivi como si hubiera pertenecido al grupo de redactores

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  2. Gracias infinitas al profesor Ángel Gustavo Infante por darme el privilegio de compartir con los lectores de este espacio su maravilloso cuento. Gracias, también, a Conticinio por su comentario, pues este cuento es genial y me agrada mucho saber que lo ha disfrutado.

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