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lunes, 2 de diciembre de 2019

LA ÉPOCA MÁS BELLA DEL AÑO – Aquiles Nazoa

Aquiles Nazoa (foto en blanco y negro)
Aquiles Nazoa es el autor venezolano que considero más vinculado a mi infancia, pues desde muy pequeña sus textos me han acompañado en distintas ocasiones y por diversos motivos: de él es la Fábula de la ratoncita presumida, que dramatizamos en un acto cultural en el colegio; suyo es el Libro de los animales, que pude leer en braille y que formó parte de mi biblioteca hasta hace pocos años, cuando debí mudarme de país; y es también de su autoría uno de los poemas más hermosos que he leído, titulado Credo. A Nazoa se le conoció como el poeta de “las cosas más sencillas”, en alusión a uno de sus libros y a un programa de TV que tuvo con ese nombre, y ciertamente su pluma recogió la cotidianidad de una Venezuela sencilla, noble y maravillosa; muchos de sus textos los dedicó a los niños, pero son igualmente disfrutados por los grandes, pues su humor y su belleza nos confortan a cualquier edad. Es por todo eso que, este año, decidí inaugurar la temporada navideña con una crónica de su autoría que explica por qué, para el venezolano, la Navidad es la época más bella del año. ¡Que la disfruten!



LA ÉPOCA MÁS BELLA DEL AÑO


Tal vez el atributo que le confiere a la Navidad tan conmovedora significación humana sea el trasfondo melancólico que matiza su bulliciosa alegría. Un resplandor de inefable tristeza convoca en Navidad el corazón de los hombres hacia la memoria de cosas muy lejanas y un tiempo amadas. Pero es también esa la fiesta de la esperanza, de la fraternidad y del amor. El alma del niño que una vez fuimos, divaga entre los olores caseros del turrón y la ropa de estreno. La sonrisa de nuestra primera novia tiene la boca llena de uvas.

La Navidad nos pone a vivir en dos tiempos. Nos bastaría subirnos en el trineo de esta hermosa tarjeta, para viajar con el sueño hasta el país de los cocuyos; pero una rápida mirada por la ventana, hacia el radiante cielo nocturno de diciembre, nos restituye a la fe que este instante del mundo es también hermoso, puesto que aún podemos de un solo trago celeste, llenarnos los párpados de estrellas.

En todos los países se asocia la Navidad a la idea de niñez: lo que permite definirla como la fiesta más bella que se haya inventado, es precisamente el hecho de ser una efemérides cuyo personaje central es un niño. Es igualmente la Navidad entre las fechas del cristianismo, la más popular y extendida en el mundo, pues merced a los atributos de ternura que reviste, es la que más hondo llega al corazón de los hombres en todas las latitudes. Tórnase en esos jubilosos días los ojos espirituales de la humanidad hacia el resplandor de esperanza en que envuelve a la tierra, desde los cielos más azules del año, la Estrella de Belén, anunciadora de paz y buen tiempo para los habitantes del mundo. Ya en las gélidas tundras que entristecen el mundo blanco de los trineos, ya en las grandes ciudades septentrionales que en esos tiempos se recogen en un sueño melancólico y sereno, algodonados los días por el perezoso descenso de los cocos ya en las comarcas calidad de América, donde la tierra se exorna con el azul infantil de las flores de pascua, animados todos los seres de un misterioso impulso de regreso en el tiempo, diríase que para esa época jubilar del corazón, los pueblos se hacen niños, y en el culto inocente, casi pueril, que dedican por entonces a la figura encantadora del niño Jesús, realizan idealmente el anhelo que a todos nos asiste en lo más secreto de nuestra intimidad de retornar alguna vez por siquiera un instante, al mundo iluminado de nuestros siete años. Es por eso la Navidad la fiesta de juguetes y de las golosinas, la que trasciende el sentimiento religioso para sumir el acento de los cuentos y de las fábulas: centrada en la figura de un niño, la ternura del símbolo auspicia su maravillosa atmósfera de infancia. Trineos, pastorcillos, nieve, menudos corderitos, reyes mágicos: todo ese elenco humano, todo ese decorado y fabulosa utilería que adornan tantos siglos de tradición navideña, parecen más que los componentes de una conmemoración religiosa, los del más lindo de los cuentos.

Lo que hoy es la Navidad, remonta sus orígenes a tiempos remotísimos de la historia. Como la conocemos hace 19 siglos consagrada en ese tiempo a festejar el nacimiento de Cristo, ya la celebraban mucho antes del cristianismo los romanos y se la consagraban a la primavera, en la figura de Ceres, deidad pagana de las cosechas y también en la de Venus, diosa del amor. Siempre se la relacionaba con la idea del nacimiento, pues se refería precisamente a la estación en que la tierra se despoja de las nieves que durante el invierno la mantuvieron como muerta bajo su melancólico sudario, y resurge a la vida, cubierta de hojas nuevas y coronada de flores, mientras los ríos reinician la música de su viaje, derretidos y a los hielos del invierno por el padre Sol, que aparece victorioso en el limpísimo cielo de primavera.

La gente entonces se contagiaba de la alegría del mundo que reasumía el júbilo y la belleza de vivir. Las fiestas se ilustraban con actos hermosos de la fraternidad y la amistad. Como hoy todavía los ciudadanos se prodigaban en sonantes abrazos, se hacían regalos y se congregaban en imponentes comilonas.

Los dignatarios comparecían fastuosamente vestidos en compañía de su familia, a la puerta de sus palacios, para recibir las felicitaciones de sus súbditos criados y amigos. Estos traían la felicitación finamente caligrafiada en una tablilla y antes de entregársela al anfitrión se la leían de viva voz.

Así nacieron las que hoy son nuestras tarjetas de navidad. Las redactaban y caligrafiaban unos escribanos públicos llamados tabeliones, que eran a la vez poetas y artesanos y para aquellas ocasiones se instalaban con su equipo en las plazas públicas. Los tabeliones romanos son los precursores más antiguos de las imprenticas que con la finalidad de imprimir tarjetas de felicitación, se establecían por el tiempo de Pascuas en los mercados de Caracas.

La más conmovedora manera de celebrar la Navidad, es quizás la que se practica en algunas regiones de Alemania. El acto con que las fiestas comienzan es aquel en que los niños de la ciudad van en procesión hasta el cementerio para ponerles en sus tumbas, regalos a los niños allí enterrados. En Rusia, todos los escolares estudiantes se van a los campos para prepararles sus cuevas y nidos o guaridas a los animalitos, a fin de que las conserven dispuestas, accesibles y tibias durante las terribles nevadas que azotan en esa época a la tierra rusa. En Inglaterra, es tradición que los niños, de los dulces y panes que sirven en Navidad, reserven unas migajas para ponérselas ellos mismos en las ventanas a los gorriones, que durante el invierno se quedan sin alimentación.

Es muy estrecha en todas las expresiones de la tradición navideña, la relación entre las plantas y la fiesta de Pascuas. Esa simbología vegetal se conserva vivísima en la figura del arbolito. El arbolito de Navidad es siempre un pino, árbol que desde tiempos muy antiguos emblematizó en los países nórdicos la vitalidad invencible de la naturaleza, pues el pino es el único árbol que en el invierno crudo permanece indemne a la acción del frío, además de ser en aquellas comarcas un proveedor insustituible de calor para la casa.

Los niños en muchos países de Europa, bailan alrededor de un pino que ellos mismos trajeron del bosque y lo han colocado en su casa graciosamente adornado. Al dar las doce de la noche buena, apagan las luces y todos se sientan en silencio a cierta distancia del arbolito, por creer que a esa hora aparecerán debajo de sus ramas elfos y gnomos.

En otras partes, Austria y Alemania, los emblemas de Navidad son la cabeza del jabalí y el leño encendido. El jabalí simboliza como el pino, fuerza y fecundidad.

El leño de Navidad se conserva hereditariamente a lo largo de siglos a veces, en una misma familia. Cada año se enciende a media noche un rato y luego se vuelve a apagar. Su simbología es aún más antigua: se relaciona con los cultos prehistóricos relativos a la conservación del fuego por el hombre. Los regalos de Navidad tienen desde los tiempos del paganismo una significación supersticiosa: Se creía que lo obsequiado en aquel momento alboral del nuevo año, se multiplicaría luego, lo mismo para el obsequiado que para el donante.

Se llamaban augurios, palabra que define en su origen latino, adivinación del porvenir por el vuelo de las aves. Los aguinaldos en su sentido de regalo navideño, son de origen celta. Au gui L'anne nuf, designaban en la Francia antigua a una planta de hojas muy decorativas parásita de la encina. Tiene como el pino esa planta, la facultad de resistir el invierno, por eso adquirió la significación simbólica de sobrevivencia, que le otorgaron los druidas.

La cortaban en los tiempos de Navidad, en medio de magníficas ceremonias y fiestas, utilizando una hoz de oro. Esa tradición ha sobrevivido casi toda Europa, y se continúa en los Estados Unidos. La hoja tal no es otra que el muérdago, cuyas coronas u otras formas de arreglo, son por estos tiempos industrias de consumo. La figura de Santa Claus participa con todos estos atributos del gran elenco navideño que entre nosotros se embellece con la imagen más tierna de la cristiandad como lo es el Niño Jesús. San Nicolás, castellanización de Santa Claus, es santo perteneciente a la rama ortodoxa del catolicismo.

Griego de origen, fue adoptado como personaje simbólico del espíritu navideño por los holandeses. Los colonos que partieron de Holanda para fundar la ciudad de Nueva York, adornaron con su efigie el célebre barco "May Fair" en que hicieron el viaje. Se lo aplicaron a la nave como mascarón de proa. Así como Santiago es el patrón de nuestra Caracas, el de la ciudad de Nueva York, es ese anciano rozagante, el simpático Santa Claus, circunstancia que hace de aquella gran urbe, una especie de capital espiritual o Santa Sede de la tradición navideña.

Los aires finísimos de diciembre, se ocupan ahora de colorear con sus acuarelas de alegría, las mejillas de la ciudad, para la fiesta que ya enciende sus primeras estrellas de juguete sobre el cielo venezolano. A toda prisa prepara el Ávila su magnífica escenografía, compuesta para esta ocasión, de nubes a los Bottichelli, y suntuosa tapicería de esmeraldas y crepúsculos. De un momento a otro se abrirán los antiguos balcones de la montaña tutelar para que a ellos se asomen, como una reina modelada en fulgores de oro, la Estrella de Belén, cuya significación como emblema de paz y de amor para todos los seres, traduce la emoción venezolana en palabras tan perfumadas de tradición y animadas de fraterno impulso como:

¡Felices Pascuas!

2 comentarios:

  1. Excelente crónica orgullo venezolano feliz navidad

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  2. Como siempre incomparable la sapiencia y la sencillez de nuestro querido Aquiles Nazoa, orgullo venezolano.

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