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lunes, 17 de octubre de 2016

EL ENFERMERO DE LOS SECUESTRADOS – Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es periodista y docente, y uno de los cronistas más destacados de Colombia y de América Latina. Su carrera como periodista se inició en el periódico El Universal, en Cartagena. A lo largo de su trayectoria, ha publicado más de una docena de libros de crónicas, con los que ha contribuido a difundir y enriquecer el periodismo narrativo, mezcla de periodismo y literatura. Su particular estilo está influenciado por escritores como Gabriel García Márquez, Gay Talese y Truman Capote, entre otros, así como por la música de Blades o Sabina y, sobre todo, por el ritmo encantador de la oralidad de los hombres sencillos de Arenal, el pueblo de su infancia. Su obra ha recibido varios reconocimientos, entre los que destacan: Premio Internacional de Periodismo Rey de España, Premio Ortega y Gasset de Periodismo, Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) (que ganó en dos ocasiones, en 2009 y en 2013) y el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (que obtuvo cinco veces). La crónica que leerán a continuación pertenece a su libro La eterna Parranda (crónicas 1997-2011).

Crónica que se publica íntegramente, con la autorización de Alberto Salcedo Ramos



EL ENFERMERO DE LOS SECUESTRADOS


I. De hambrunas y banquetes


Portada de La Eterna Parranda - Alberto Salcedo Ramos
Mientras rebana con el cuchillo su porción de chivo guisado, el sargento William Pérez Medina me informa que por estos días come con la voracidad de un camionero. Es algo irónico, añade, porque durante la mayor parte de los diez años y cuatro meses que permaneció en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia —Farc—, fue una persona inapetente. Pero ¿quién no pierde el apetito frente a la comida uniforme y repulsiva que la guerrilla les ofrece a sus cautivos allá en la selva? El simple hecho de evocar la misma olla de siempre rebosada por una madeja de espaguetis viscosos, produce náuseas. Y ni hablar de los platos salvajes del menú, como culebra guisada y empanada de tigrillo. En algunas situaciones de urgencia le tocó engullirse un gusano gordo bautizado por los captores con el nombre de mojojoy. También cenó raya del río Apoporis. La experiencia más aterradora fue comer mico asado. Pérez aún recuerda la mañana en que, rumbo hacia el caño donde se bañaban los secuestrados, vio a aquel mico recién muerto cruzado de brazos sobre un mesón, al lado de una palangana que contenía sus propias vísceras. Esa sola imagen —advierte— bastaría para quitarle el hambre a cualquiera. Sin embargo, su desgano no se debió a lo agreste de la alimentación sino a un problema mucho más grave, del cual prefiere no hablar en este momento.

—Si te lo menciono ahora —aclara—, se nos revuelve el estómago y se nos daña este almuerzo tan sabroso.

Nos encontramos en el barrio Galerías, de Bogotá, en el segundo piso de un restaurante especializado en comida típica de la costa Caribe colombiana. Son las tres de la tarde de un lunes de junio de 2009. El sargento Pérez salió hace una hora de la Universidad Militar Nueva Granada, en cuya Facultad de Medicina hace un curso preuniversitario. Todavía lleva puesto su uniforme de estudiante: una sudadera azul oscuro con escudo redondo a la altura del corazón y ribetes amarillos en los puños. Pérez trinca con el tenedor una tajada de plátano verde y la embadurna en el guiso del chivo. Mastica despacio, el rostro apacible, los ademanes pausados. Luego mira a través de la ventana, atraído por el frenazo en seco de un carro en la calle. Bebe jugo de piña, se limpia los labios con la servilleta. Entonces cuenta que cuando estaba cautivo las comidas no le producían placer: comía por mera obligación, y tan solo ingería lo estrictamente indispensable para evitar la muerte por inanición. En busca de consuelo, se decía que en el momento en que pasara de la selva a la civilización, con toda seguridad recobraría el sentido del gusto. En algunas madrugadas de insomnio, cuando se ponía en el plan de imaginar cómo festejaría la recuperación de su libertad, se veía frente a un banquete colosal. Sin embargo, el 2 de julio de 2008, día en que el ejército colombiano lo rescató, junto a catorce secuestrados más, mediante la Operación Jaque, fue incapaz de comerse la parrillada con la cual le dieron la bienvenida en el Club de Oficiales de Bogotá. Al segundo o tercer bocado se sintió lleno. A partir de aquella noche se debatió entre dos extremos perniciosos: las comidas le desagradaban a primera vista o lo hartaban en cuanto empezaba a paladearlas. Pérez necesitó tiempo para superar estos problemas y estar en capacidad de disfrutar, otra vez, los platos que gracias a su madre, doña Carmen Medina, aprendió a amar en la infancia. Como el chivo guisado.

—Sobre todo si viene servido con arroz de coco —dice. Y se lleva a la boca el último pedazo de chivo que le queda. Sus ojos oscuros y saltones se iluminan de repente.

El sargento se levanta de la mesa y se dirige hacia el baño. Regresa en seguida, se sienta, apura un sorbo de café negro. Después pregunta si estaría mal que encendiera un cigarrillo. Se lo fumaría —se disculpa— cerca de la ventana. Saca un paquete del bolsillo, golpea la punta del cigarro contra la cajetilla, pero en vez de prenderlo lo guarda y bebe más café. A continuación retoma el tema de hace un momento. Dice que cuando volvió a la libertad los inconvenientes con la alimentación le afectaron la salud. Las comidas, aparte de generarle desgano y sensación de llenura, le ocasionaban diarreas. En consecuencia, se puso mucho más flaco de lo que estuvo durante la década que permaneció en cautiverio. El 20 de julio, día de la Independencia nacional, Pérez asistió junto a diez de sus compañeros rescatados en la Operación Jaque a la marcha que organizó el gobierno para exigir la liberación de los compatriotas que seguían secuestrados en la selva. El evento se llevó a cabo en Leticia, ciudad de la región amazónica colombiana. Cuando los once rescatados subieron a la tarima, invitados por el cantante Carlos Vives, el público los recibió con una ovación vibrante. Al cesar los aplausos la muchedumbre empezó a corear de manera machacona, tozuda, la palabra libertad.

—¡Libertad!

—¡Libertad!

—¡Libertad!

A Pérez se le vio demacrado, ciertamente, pero quienes lo contemplamos por televisión, sonriente y con las manos levantadas, no imaginamos lo que él cuenta ahora con un gesto de alarma: en aquel momento, dieciocho días después de recuperar su libertad, había perdido diez kilos. Eso quiere decir que solo pesaba cincuenta y uno. No quedó más alternativa que internarlo en un hospital e hidratarlo con sueros medicinales.

—A mí se me declararon todas las enfermedades cuando volví a ser libre —dice.

—¿De qué se enfermó?

—Ufffff, ¿de qué no me enfermé? A uno le quedan muchas secuelas. Yo me estoy tomando como doce pastillas diarias para combatir las enfermedades que me dejó el secuestro.

—¿Fue muy duro adaptarse otra vez a la vida en libertad?

—Sí, fue muy duro. Me molestaban los colores del televisor y me fastidiaba la luz eléctrica. Yo no soportaba ninguna clase de ruido. Quería estar solo las veinticuatro horas del día. Una psicóloga dijo que mi encierro en los cuartos era como una protesta. Necesitaba desahogarme porque durante el tiempo del secuestro no pude hacerlo. Por eso era que me aislaba: para recuperar un poco de la intimidad que la guerrilla me impidió tener en la selva.

A unos dos metros del sitio en el que conversamos hay un espejo grande cuyo marco de madera se encuentra engalanado con flores repujadas. Rastreo en el cristal nuestros movimientos repetidos: veo al sargento Pérez abriendo la cremallera de su morral y me veo con el ceño fruncido. Hace varios días le pregunté cuándo fue la primera vez que, durante el secuestro, contempló su propio rostro en el espejo. Me contestó que no sabe, por cuanto a esas alturas él ya había perdido la noción del tiempo. Quizá —calculó— fue a los ocho o nueve meses de estar bajo el yugo de las Farc. A lo largo de ese periodo, algunos de los soldados secuestrados usaron sus portacomidas a manera de espejos. Como se trataba de recipientes de aluminio bruñido, era posible reflejarse en ellos para facilitar las afeitadas o, simplemente, para satisfacer la curiosidad. Pérez, que entonces contaba veintitrés años, se rasuraba muy de vez en cuando, en parte porque consideraba que en la selva esa actividad resultaba inoficiosa y en parte porque era un hombre de poca vellosidad. El escaso pelo que le brotaba en la cara, lejos de ocasionarle molestias, lo protegía contra los bichos característicos de la jungla. Cuando de todos modos necesitaba afeitarse, prefería hacerlo al tacto, ya que su marmita envejecida le mostraba una imagen demasiado empañada. Esa es, a propósito, la razón por la cual el sargento afirma que solo pudo apreciar bien su rostro como a los ocho o nueve meses del secuestro, cuando los guerrilleros distribuyeron pequeños espejos de bolsillo entre los rehenes. Él utilizó el suyo en el acto —dice— porque quería averiguar qué tanto se había transformado durante el cautiverio.

Viendo a través del cristal cómo el sargento Pérez cierra la corredera de su maletín, me pregunto, una vez más, qué es lo que buscamos los seres humanos en el espejo. Me lo he venido preguntando desde el día en que conocí la historia de los portacomidas. En aquella ocasión nos hallábamos de pie en una tienda contigua al Hospital Militar. La carrera Quinta de Bogotá se encontraba invadida por un torrente de automóviles embotellados que, a ratos, armaban con sus bocinas un ruido desesperante. Pérez bebía café, fumaba. Mientras él atendía una llamada en su teléfono móvil, yo me figuraba la escena de los soldados que, de tarde en tarde, se asomaban a sus cacerolas. Me los imaginaba agachados en el suelo, alineados como en la barraca de un campo de concentración, con las marmitas brillantes a la altura de los ojos. El cuadro se me antojó triste. Y me hizo pensar que, a diferencia de la gente libre, ellos acudían al espejo con una actitud humilde: no pretendían ahogarse en su propia belleza, como Narciso, ni saciar su egolatría, como la malvada madrastra de Blancanieves, sino apenas descubrir un indicio de que la vida aún valía la pena. Si la picadura de la mejilla izquierda ya no estaba enconada, si las pupilas no lucían amarillas como la vez pasada, el rehén resucitaba. En esas cavilaciones andaba cuando el sargento Pérez comenzó a contar su experiencia con el espejo de bolsillo que le obsequiaron sus captores. Lo primero que notó fue una barba repelente. Se la rasuró en seguida. Después examinó su imagen con detenimiento: vio la vieja cicatriz en la parte superior de la frente; vio las cejas pobladas que una admiradora le piropeaba en el bachillerato; vio las huellas de acné que le dejó la pubertad; vio la nariz amplia que heredó de su madre y las orejas prominentes que sacó de su padre; vio los labios cárdenos, los pómulos angulosos. Entonces le sucedió algo extraño: tuvo la sensación de que la cara que observaba no era la suya sino la de su hermano Edward. Siempre fueron tan parecidos que en la escuela los confundían, y aunque Edward le llevaba casi dos años, los profesores creían que eran gemelos. Evocó el pasado común que tenía con su hermano: se vio otra vez al lado de él correteando un balón de fútbol por las playas de Riohacha, su ciudad natal; se vio al lado de él en la fiesta de quinceañera de una muchacha del barrio; se vio al lado de él —niños ambos— montando guardia cerca de la mesa donde almorzaba Pedro Pérez, su papá, quien siempre dejaba en el plato un bocado amoroso para cada uno de sus siete hijos; se vio al lado de él frente a la máquina de coser en la cual su mamá se partía el lomo jornada tras jornada. Sintió lástima de sí mismo. Ese sentimiento habría de acompañarlo durante un periodo extenso. Un día, convencido de que para sobrevivir debía ser más fuerte, aprendió a contemplarse sin dolor. Desde ese momento el espejo fue para él como el visor de una pequeña cámara de video que le permitió ser testigo de la forma en que su fisonomía evolucionaba. A medida que la película avanzaba él advertía, sucesivamente, la mutación de sus facciones, el reblandecimiento de los párpados, las primeras hebras plateadas en el cabello. Ante el espejo, en el curso de esos diez años dolorosos, William Pérez Medina siguió todas las fases de su propia metamorfosis: empezó su calvario como un muchacho de semblante risueño y lo terminó como un adulto de expresión ensimismada. Entonces yo, viendo ahora su imagen en el restaurante, me pregunto si los seres humanos somos conscientes de la memoria que se nos escapa, minuto a minuto, a través de la luna de los espejos.

El William Pérez con el que converso esta tarde de junio luce una contextura formidable. Desde hace varios días, insiste, anda con un apetito tremendo. Hoy, casi un año después de haber sido rescatado, pesa setenta y tres kilos. El problema ahora es mantenerse en ese límite. Aumentar de talla —dice sonriente— sería malo para su salud y para su economía. ¡Hay que ver el dinero que ha gastado en atuendos! Cuando regresó a la civilización, a los treinta y tres años de edad, no poseía más prendas de vestir que las del uniforme militar. De resto, nada, ni siquiera una camisa. Claro que esa carencia, comparada con el martirio que había padecido, era un detalle más bien anecdótico. Si se encontraba desabrigado otra vez, como al principio, era porque estaba volviendo a la vida. Este retorno a la desnudez original, lejos de significar un desastre, era la mejor alegoría de su renacimiento. A veces la ropa vieja es para el alma lo que la pesada piedra es para la espalda de Sísifo: un lastre, una humillación. Toca botarla, así como botó el sargento Pérez la escasa indumentaria que trajo de la selva, para emprender con más bríos el nuevo camino. Renovar la vestimenta es también purificarse. Pérez compró el ajuar completo, desde los calcetines hasta las chaquetas. Al mes siguiente la psicóloga que lo atendía notó su predilección por los colores sombríos —negro, azul oscuro— y le solicitó cambiar la ropa por una de tonos vivos. Por e'so —repite, con la misma sonrisa de hace un momento—, si aumentara de talla ahora tendría que renovar el guardarropa una vez más, lo cual sería inconveniente.

—Pero ¿qué puede hacer uno, si el chivo guisado es tan sabroso y acá en Bogotá no se ve todos los días?

Desembocamos otra vez en el tema recurrente de la alimentación. Me pregunto si así como los antiguos arúspices buscaban augurios en las vísceras de las víctimas, uno podría descifrar ciertos códigos ocultos del destino de Pérez en las comidas. Me lo he venido preguntando desde cuando visité a doña Carmen Medina en Riohacha y me contó que mientras Tito —así le ha llamado siempre— estuvo cautivo, ella se comunicó espiritualmente con él a través de las comidas. Cuando preparaba una de sus especialidades —chivo guisado, sancocho de pescado— lo hacía motivada por la exótica idea de que si ella se esmeraba en la cocina a su hijo no le iba a faltar un buen bocado. Por las tardes, al ofrecer la cena, invariablemente ponía un plato de más en la mesa. «Esta es la de Tito», decía, altiva, categórica, cuando su marido y sus otros hijos la miraban con una mezcla de estupor y conmiseración, como si sospecharan que de repente se hubiera vuelto loca. Aquella era siempre su hora más crítica, y cuando cuenta este pasaje el rostro se le inunda de lágrimas: sufría con la idea de que el pobre Tito estuviera pasando hambre. Suponía que los guerrilleros encargados de los secuestrados no habían podido abastecerse de víveres. Se imaginaba a su hijo demacrado, enfermo. Además, se sentía culpable: ¿cómo era posible que ella fuera a embucharse tamaño plato, cuando ignoraba si Tito, el hijo de sus entrañas, el temblor de su corazón, se había llevado a la boca siquiera un mendrugo de pan? Para conjurar estos miedos acudió a ciertas cabalas populares que le recomendaron los vecinos: si ella servía una comida adicional, el alma de Tito podría venir a alimentarse, y así su cuerpo, dondequiera que estuviera, no pasaría necesidades. Gracias a muchas supersticiones de ese estilo soportó sin derrumbarse el golpe más cruel que le ha dado la vida. A veces se levantaba de la cama por las madrugadas y se paraba tras la ventana que da a la calle, porque creía que la actitud de espera era indispensable para provocar el pronto regreso de su hijo. En otras ocasiones despertaba azorada en mitad de la noche, con la idea pavorosa de que William se encontraba en ese momento tratando de subir una loma y las piernas no le respondían. Entonces se masajeaba las rodillas, convencida de que con su gesto se fortalecerían las rodillas de William. Cuando le ardían los ojos se echaba colirio para que a William se le curara la conjuntivitis. Cuando se le resecaba la garganta, tomaba agua para que a William se le quitara la sed. En el colmo de su desesperación de madre llegó al extremo más delirante de la superstición: supuso que William estaba fundido a ella y, por tanto, cualquier cosa que a ella le afectara también le afectaría a él. Entonces procuró tranquilizarse para que él se tranquilizara. Sin embargo, hubo muchos momentos en que se derrumbó, sobre todo cuando se cumplieron seis años —¡seis años!— sin saber nada de Tito. Durante ese lapso las Farc no enviaron ni una sola prueba de supervivencia. Una mañana en que sintió que el dolor la mataba, fue a consultar a la más agorera de sus vecinas, una mujer conocida con el remoquete de «La Mona».

—No me vengas con llantos —le dijo su amiga, entre regañona y consoladora—, que tú no tienes ni una sola razón para llorar.

—Me extraña que digas eso —le respondió ella—. Se ve que no sabes lo que es el dolor de madre.

—Pero ¡cuál dolor, si tu hijo está vivo! Yo sé que hace rato no tienes noticias de él, pero él está vivo.

—¿Y cómo sabes tú eso, mona?

—Porque hace unos días yo vi pasar en una bicicleta a un muchacho igualito a él, y cuando lo llamé por el nombre de William, volteó a mirarme. Eso significa que Tito está vivo.

Si no fuera p'or estas creencias —insistió doña Carmen— tal vez no habría resistido los diez años que pasó sin su hijo. Y no es que ella niegue la supremacía de Dios, me aclaró en seguida, mirándome con firmeza a los ojos: por lo general, ella acata humildemente sus designios, pero en ocasiones le reprochaba el hecho de que Él, a pesar de ser Todopoderoso, no arreglara de una vez por todas las cosas que andaban mal en Colombia, para que cada madre que tuviera un hijo secuestrado lo recibiera de vuelta inmediatamente. En todo caso, aunque ella creyera en Dios —la familia Pérez Medina siempre ha sido evangélica— se aferraba en forma obstinada a los agüeros que iba recogiendo por la calle. El más reiterado era el de la cena adicional. Sobre todo si se trataba de chivo guisado. ¡Jesucristo, cómo le gustaba ese plato a ese muchacho! A veces, al recostar la cabeza contra la almohada, se imaginaba que cuando Tito hiciera la entrada triunfal a la casa, el día en que la guerrilla lo soltara o el ejército lo rescatara, ella y don Pedro le ofrecerían un banquete enorme, servido sobre hojas de bijao. El banquete tendría todas las comidas que a él le fascinaban, desde sancocho de pescado hasta chicharrón con yuca harinosa.

Y pensar —se lamentó doña Carmen, con la cara bañada en llanto otra vez— que Pedro se pasó diez años esperando a su hijo, y murió cuarenta y cuatro días antes de la Operación Jaque. Para rematar, el día en que Tito volvió a la libertad ella no pudo viajar a Bogotá porque no consiguió cupo en ninguna aerolínea. Cuando lo vio, al día siguiente, él estaba acostado en una camilla, conectado a una bolsa de dextrosa. Nada de chicharrones con yuca, ¿oyó?, ni de sancocho de róbalo cocinado en leche de coco. Ni siquiera logró darle el abrazo con el que soñó mientras él estuvo ausente. Lo abrazó y le estampó un beso en la mejilla, claro, claro, pero había mucha gente en la habitación, y a ella le hubiese gustado que ese momento fuera íntimo, suyo y de nadie más. Además, él se encontraba tendido en la camilla con esos cables en las venas, y así resultaba complicado estrecharlo como ella deseaba. ¡Lo sintió tan endeble, tan achacoso! También le pareció que andaba muy irritable: le molestaban los bombillos, le molestaban las voces. Se impacientaba si veía que las personas se le arrimaban demasiado. De cualquier manera —y en este punto doña Carmen sonrió, por fin—, ella se desquitó con creces, porque cuando Tito se recuperó de sus problemas de salud y volvió a Riohacha aclamado como un héroe, ella lo atendió a cuerpo de rey, dedicándole amorosamente sus gracias culinarias. Algunos vecinos, algunos familiares e incluso algunos conciudadanos que no conocían a William le expresaban sus parabienes convidándolo a cenar. Así que, al final, el regreso sí fue un banquete formidable, como lo imaginaron el sargento y su madre en tantas noches de insomnio.

El sargento Pérez y yo permanecemos sentados a la mesa, en el segundo piso de este restaurante costeño. El camarero nos trae una nueva tanda de café negro. Le pregunto a Pérez cuál fue ese problema «grave» que le arruinó el apetito allá en la selva. Ese problema que él no quiso traer a la conversación hace un momento, por temor a que se nos dañara el almuerzo.

—Cinco meses atrás —responde, después de empinarse el pocillo— su pregunta hubiera sido un lío para mí, porque yo me desbarataba al hablar de estos temas. Me volvía puro llanto desde que decía la primera palabra hasta que decía la última.

El sargento calla, saborea un nuevo sorbo de café.

—Un día me dije: «Bueno, a mí me van a seguir preguntando por el secuestro, quiera o no quiera. Si yo supiera que venden pastillas para olvidar las cosas malas, iría a la farmacia ahora mismo y me compraría una docena. Pero como esa es una medicina que no se ha inventado, me toca vivir de aquí hasta que me muera con el hecho de que estuve diez años secuestrado. O aprendo a ver el pasado sin desbaratarme o malogro mi propia vida».

Si hay una cualidad de Pérez que me ha impresionado desde la primera vez que lo vi, es su buen juicio. Hoy, además, me sorprende su carácter: en ningún momento ha escondido el rostro para hablarme de este tema tan duro. Como es un hombre sencillo, no anda por ahí portando el temple en la charretera de su uniforme militar. Jamás alardea, jamás vocifera. ¡Se le ve siempre tan tranquilo! Pero cuando uno lo trata con frecuencia, cuando uno oye los testimonios de quienes lo han visto resistir los malos tiempos, descubre la tremenda fuerza de ánimo que se oculta tras sus maneras sosegadas. Es un hombre de pocas palabras pero seguro de sí mismo, me había dicho doña Carmen. Cuando se traza un propósito, no descansa hasta alcanzarlo. Y cuando dice «no», ningún poder humano ni divino logra sacarle un «sí». Fue un niño de tetero hasta cuando le dio la gana —es decir, hasta los cuatro años—, pese a que varios adultos de la familia trataron de quitarle ese hábito. En el tetero tomaba los jugos, la sopa e incluso el agua. Un día la tía Elizabeth, hermana de doña Carmen, llegó a la casa con sus ínfulas de mandamás: le arrebató a Tito el tetero de las manos y vertió su contenido en un vaso. A continuación le puso un plazo perentorio de diez segundos para que empezara a beber del vaso. Si no obedecía —lo amenazó— ella le daría una azotaina inolvidable. Tito no dobló la cerviz ni siquiera cuando la tía gruñona le echó el agua en la cara. Pienso que aquel viejo episodio ya anunciaba el tesón de Pérez. Pienso también que en este mundo ruin cualquiera puede ser víctima de las arbitrariedades de los demás —el chorro de agua en los ojos, el secuestro—, pero no cualquiera tiene el carácter necesario para asimilar tales abusos.

—Claro que sobreponerse a un secuestro no es como quitarse la camisa vieja. Las marcas quedan ahí de por vida. Uno no las supera sino que aprende a convivir con ellas.

—Me imagino que una de esas marcas a las que usted se refiere es el odio. Los guerrilleros lo mantuvieron cautivo durante diez años, es decir, le arrebataron prácticamente un tercio de su vida...

—No fueron diez años, sino diez años y cuatro meses. Pero si yo me pusiera a odiarlos estaría desperdiciando mi libertad en un asunto que me va es a lastimar.

—Cuénteme, ahora sí, cuál fue el problema terrible que le quitó el apetito cuando estuvo en cautiverio.

Pérez apura el último trago de café. Luego empieza a hablar de los atropellos que cometía la guerrilla contra los secuestrados. Los más atroces, en su opinión, eran el encierro en jaulas y el sometimiento con grilletes de acero. A algunos les colocaban las ataduras en los tobillos. A otros, en el cuello. Y a los demás, en las manos. Cada cadena pesaba, dice, trece libras, sin sumar los candados, que eran enormes. Acaso lo peor era que cada secuestrado debía andar, las veinticuatro horas del día, unido por una cadena de metro y medio de largo a un compañero que los verdugos le habían asignado. Así, los rehenes vivían mancornados como los animales de carga. Dormían en parejas, caminaban en parejas, almorzaban en parejas. Cuando el uno iba al caño para bañarse, el otro iba con él aunque no tuviera ganas de tomar su baño. Ya no contaban como individualidad sino tan solo como complemento de su ignominiosa yunta. Daba igual ser el que necesitaba evacuar o simplemente su edecán. Compartir esas miserias era algo que, aparte de humillar, generaba vergüenzas y fricciones.

En este punto, Pérez, que otra vez ha sacado del bolsillo su cajetilla de cigarros, solicita que me ponga mentalmente en la siguiente situación: soy un prisionero al que le toca dormir sobre una troja de palos rústicos, dentro de un galpón cubierto con alambre de púas, encadenado a un tipo tan infeliz como yo y revuelto en nuestro reducido espacio con diecinueve secuestrados más. A altas horas de la madrugada me atacan las ganas de defecar. Lo que sigue a continuación es despertar a mi compañero de yunta, caminar con él hacia el rincón más discreto posible, excretar dentro de un balde, tapar el excremento con arena y, al amanecer, desenterrar el envoltorio oprobioso e ir a botarlo al excusado comunal. Cuando se es militar —me recuerda Pérez— el hecho de bajarse el pantalón y agacharse a hacer del cuerpo delante de otro hombre tiene una connotación doblemente afrentosa. Durante los tres primeros años de su secuestro, Pérez sufrió constantemente de disentería. Su estómago no toleraba las comidas que ofrecía la guerrilla —casi siempre frijoles, lentejas y coladas de maicena—. Padecer diarreas en aquellas jaulas infamantes era el summum de la desgracia. Para evitar líos, Pérez se volvió abstemio: comía muy poco, apenas lo suficiente para mantenerse con vida. Pero, además, ¿a quién le da hambre en tales condiciones?

Entre los muchos recuerdos imborrables que Pérez conserva de aquella época de infamias, figura el de una tarde en que los guerrilleros trasteaban a los rehenes a través del río, dentro de un bote estrecho hediondo a gasolina. Iban apilados como meros bultos en el piso de la embarcación. Sudando a mares, desmoralizados. No tenían, caramba, ni siquiera el consuelo mínimo de mirar de vez en cuando hacia el cielo, porque el bote estaba techado con un plástico grueso que oprimía el corazón. Por un instante, Pérez se sintió como mercadería de barco negrero.

La voz de Pérez no se ha quebrado. Sus ojos no han evitado los míos. Viéndolo a contraluz con la ventana al fondo, me siento asaltado por una repentina oleada de afecto.

—¿En serio no los odia?

—Odiarlos sería como seguir secuestrado.

Entonces mira su reloj. Yo también miro el mío.

—Oiga, hace rato estoy que me fumo. Vámonos.


II: De dolores y hazañas


El profesor Edwin Herrera lleva media hora hablando de «ángulos», «coeficiente de fricción» y «descomposición de fuerzas». La clase de física se desarrolla en el aula 302 de la Universidad Militar Nueva Granada. En el espacioso salón de paredes amarillas se encuentran los treinta y ocho alumnos del curso preuniversitario de medicina. Todos son adolescentes de entre dieciséis y diecinueve años: piel fresca, granitos recientes en el rostro. Alborotadores, gozosos. Todos, digo, son muchachos en plena ebullición. O casi todos, en realidad. La excepción es un hombre que se sienta adelante, a la izquierda del profesor, en una de las sillas de la segunda hilera. Está abstraído en el tablero, acodado al brazo de su asiento, con el mentón sostenido en la palma de la mano. Unas cuantas canas despuntan en su cabello cortado al rape. En las listas académicas figura como Pérez Medina William Humberto, pero aquí le llaman Pérez, a secas.

—Pérez —dice un muchacho que lleva frenillos—: présteme su sacapuntas.

Y Pérez le pasa el tajalápiz.

Muchos de los profesores y alumnos de este curso pre-médico vieron a Pérez por primera vez a través de la televisión. Fue, exactamente, el día de la Operación Jaque. Hasta ese momento, Pérez había sido un anónimo cabo del ejército colombiano, un apellido sin rostro, una cifra cualquiera en la suma total de los secuestrados. Al país oficial, que de vez en cuando discurseaba sobre los prisioneros de la guerrilla, no lo desvelaba su suerte. Cuando algún representante del establecimiento hablaba de la necesidad de implantar el canje humanitario —intercambio de secuestrados políticos por guerrilleros presos en las cárceles del Estado— no pensaba, precisamente, en la liberación del cabo Pérez, ni en la de ningún otro ser humilde de los centenares que se pudrían año tras año en las profundidades de la manigua. Pensaba, ante todo, en los miembros de la clase dirigente, en los militares de alto rango y en los tres contratistas estadounidenses raptados el doce de febrero de 2003. En la práctica, los únicos dolientes ciertos que tenía el cabo Pérez eran sus propios familiares. Más allá de las cuatro paredes de su casa en Riohacha se sabía poco sobre él. Y en todo caso, la parte de la sociedad civil que estaba enterada de su existencia era ínfima: periodistas encargados de cubrir los temas de guerra y uno que otro ciudadano informado. Esporádicamente veíamos en la televisión y en la prensa los rostros de los cuarenta y tres militares —Pérez entre ellos— tomados como rehenes por las Farc el 3 de marzo de 1998, al final de un enfrentamiento en la quebrada El Billar, en el departamento de Caquetá, al sur de Colombia. A ratos se nos recordaba, además, que en aquel combate murieron ochenta y tres militares, y veinticinco resultaron heridos. Cada víctima era entonces una breve instantánea dentro de un mosaico imposible de abarcar en un solo golpe de ojo. Una fotografía de carné extraviada entre decenas de fotografías iguales. Se trataba, para rematar, de fotos rezagadas en el tiempo: los rostros que nos mostraban permanecían estancados en el periodo ya remoto de la libertad. ¿Qué sabíamos nosotros sobre los cambios sufridos por aquellos rostros durante la prolongada ausencia? En su retrato, por cierto, Pérez parecía más un monaguillo principiante que un soldado hecho y derecho. El grueso de las noticias que registraban los medios de comunicación sobre el secuestro se refería a Ingrid Betancourt, la candidata presidencial raptada por las Farc el veintitrés de febrero de 2002. Nacida en el seno de una familia pudiente —su padre fue ministro de Estado y su madre, reina de belleza—, Betancourt se graduó como politóloga en el Instituto de Estudios Políticos de París. Gracias a su condición de ciudadana francesa, su caso se mantenía en el radar de la Unión Europea. Tanto el gobierno como la guerrilla tenían conciencia de que Betancourt era, tal y como señalaban algunos analistas, «la joya de la corona». Por eso, ambos intentaban utilizarla, a su manera, para dirigir hacia el bando contrario la presión de la comunidad internacional. El gobierno, para presentar a la guerrilla como un grupo bárbaro, sin ideales políticos. Y la guerrilla, para denunciar que el gobierno anteponía sus propósitos belicistas a la búsqueda de una solución negociada del conflicto, que acelerara la liberación de los secuestrados. Cada bando se atrincheraba tercamente en su propia posición y le endosaba al otro la responsabilidad de que los cautivos siguieran consumiéndose en la selva. Ingrid Betancourt era el Leitmotiv de las partes enfrentadas, el Leitmotiv de la prensa local e, incluso, el Leitmotiv de los países europeos. Mientras su caso acaparaba las primeras planas, los demás secuestrados aparecían muy de vez en cuando en las páginas interiores.

—Si yo pongo un bloque de quince libras sobre el suelo —dice ahora el profesor Edwin Herrera mientras dibuja una masa en el pizarrón—, ¿qué cantidad de fuerza ejerce el suelo sobre el bloque?

En el salón se arma un bullicio. El profesor dice que si todos hablan al tiempo, él no puede escuchar a nadie. Los alumnos callan. Entonces, la muchacha que se encuentra sentada justo detrás de mí lanza un alarido con la respuesta correcta:

—¡Quince libras!

Pérez luce serio, reconcentrado. En este momento anota algo en su cuaderno. Yo miro el gran reloj que, silenciosamente, preside el salón desde lo alto de la pared frontal, encima del tablero. Son las ocho y quince de la mañana. El día amaneció gris, neblinoso. Y, según lo que se aprecia a través de la ventana, va a mantenerse así.

De repente se me viene a la memoria el verso ingenioso del poeta Luis Vidales: «los relojes pierden el tiempo». A continuación observo el desplazamiento de las manecillas, intuyo el tic tac. La aguja que marca los segundos avanza de manera ineluctable. Ahora son las ocho y dieciséis. Me pregunto qué es un minuto en la vida de los seres humanos. Aparentemente, ¡nada! Visto en el reloj es una simple grafía, un número. Durante este minuto, la situación en el aula no se ha modificado: el profesor habla de la «fuerza de rozamiento» y los alumnos toman apuntes. Ocho y diecisiete. ¿Qué son dos minutos? Pasan sin que nos demos cuenta. Los ignoramos. Mientras estemos vivos y seamos libres, ¿qué diablos nos importan las vueltas del segundero? La suma de los minutos nos matará algún día, claro, pero no vale la pena preocuparse ahora por eso, pues todavía, mal que bien, aspiramos el aroma del café. Ocho y dieciocho. Somos autónomos, caramba, no hay yugo que nos someta ni nudo que nos apriete. En lugar de inquietarnos por el tiempo, discurrimos a través de él sin cuestionarnos: estudiamos los ángulos, comemos maní salado, bebemos más café. Si se nos mete una piedra en el zapato a las ocho y diecinueve, la sacamos a las ocho y veinte. Y en seguida, a las ocho y veintiuno, reanudamos la marcha. Ahora, por ejemplo, el horizonte está oscuro, pero es posible que cuando terminemos la clase lo encontremos brillante. El hecho de saber que contamos con una puerta de salida abierta de par en par nos proporciona tranquilidad. Vivimos a nuestro ritmo, ajenos al movimiento monocorde de las manecillas. Convencidos —y esta vez no es un divertimento literario— de que los relojes pierden el tiempo. Ocho y veintidós.

En cambio, a quienes están secuestrados no los mata la suma final de los instantes, sino cada instante individualmente. Para ellos las manecillas del reloj son una penitencia. Cada minuto se parece al siguiente, tic tac, tic tac, tic tac, como las gotas de agua que se precipitan, una tras otra, a través del agujero del techo. Las horas son inmóviles. Amanece y, un siglo después, anochece. Da igual que sea sábado o miércoles. El tiempo de los cautivos es circular, repetitivo. En la selva no se avanza, no hay puerta de salida ni claraboyas. Sobre este tema conversaba hace algunas noches con el sargento William Pérez en el casino del Club de Suboficiales. Hubo un momento en que salimos a caminar por un sendero peatonal entre el pasto recién podado. El viento frío nos golpeó de frente. El sargento encendió un cigarro, se frotó las manos. Después empezó a desahogarse.

Cuando lo raptaron pensó que sería liberado pronto. Al fin y al cabo —se decía con optimismo— él no era ningún pez gordo. ¿Qué capital político podía representar para las Farc un soldado como él? Pérez vivió sus primeros días en la selva alentado por la idea de que se encontraba en un apuro transitorio. Hoy se asombra de su ingenuidad, pero entiende que se trataba de algo normal en un muchacho que ni siquiera había cumplido los veintitrés años. Eso sí: más temprano que tarde se percató de que tanto su suerte a largo plazo como su presente eran absolutamente inciertos. Si acaso existía alguna luz de esperanza, estaba más allá de su alcance, pues cuando él aguzaba la vista solo percibía desastres: los espaguetis pastosos, las jaulas de alambre, las letrinas, los zancudos, las cadenas. Pérez comprendió que si se dedicaba a medir las horas corría el riesgo de enloquecerse. Entonces decidió desentenderse del tiempo. Que fuera marzo o septiembre era un asunto que lo tenía sin cuidado. Para ayudarse a olvidar cerraba los ojos, se ponía los audífonos y se consagraba a oír emisoras internacionales en el radio de doce bandas que le obsequió uno de los guerrilleros. Después apagaba el aparato y se aplicaba a la tarea de crear, mentalmente, el guión de una película de vaqueros. Hasta que, de cualquier manera, se dormía. Al día siguiente volvía a encender el radio y luego retomaba el guión de la película en el mismo punto en que lo había dejado la noche anterior. Otros ejercicios que le permitían aislarse del horror eran la lectura de la Biblia y la escritura de poemas en un cuaderno. De modo que el truco para resistir consistía en inventarse ocupaciones día tras día. En medio de la crisis, los rehenes se tornaban creativos y adquirían destrezas manuales. Un prisionero labraba corazones con las tapas de las ollas abandonadas por los verdugos. Otro hacía pantalonetas con las sábanas. Otro elaboraba cucharas con los tarros vacíos de polvo para los pies. Otro recogía los residuos de las velas, los fundía y preparaba nuevas velas. Otro transformaba en jarrones los envases desocupados de gaseosa. Algunos de los secuestrados aprendieron a construir pequeñas linternas con los mangos de las máquinas de afeitar desechables. Los había, además, capaces de cocinar un huevo en una cacerola suspendida sobre tres velas prendidas. A través de todas esas actividades, los cautivos pretendían, finalmente, generar la ilusión de que las horas de la infamia eran menos largas. Aún tengo presente la impresión que sentí en la casa de doña Carmen Medina cuando vi las cartas que William le envió a su familia desde el cautiverio. Estaban escritas con una caligrafía preciosista. Cada letra había sido dibujada pacientemente, repisada, engalanada, con una devoción extraordinaria. En todas las frases se notaba el interés del autor por tranquilizar a los receptores, aunque él, por dentro, se estuviese desbaratando de angustia. Los arabescos de los bordes eran mucho más que un fino detalle de cortesía: eran un testimonio de amor sublime. Hubo una esquela sentimental que me conmovió profundamente: estaba dirigida a Sol Marina, la hermana menor de William. En vez de poner el nombre de su hermana en el encabezado, William pintó un sol y un mar. Me imaginé al remitente con el alma encogida de dolor allá en la selva. Intuí su naufragio en medio de las horas interminables del secuestro. En esas cavilaciones me encontraba cuando Ruth, la hermana mayor de William, empezó a hablar de lo veleidoso que suele ser el tiempo para la gente sufrida. Ahí está el caso de su padre: aguantó durante diez años la angustia de tener un hijo secuestrado y murió cuarenta y cuatro días antes de que se lo rescataran.

—Siendo tú tan poderoso, Diosito lindo —añadió Ruth entre sollozos—, ¿por qué no le regalaste a mi papá esos cuarenta y cuatro días de vida que le hubieran servido para ver a su hijo libre?

Entonces la hora que estoy viendo en el salón de clases es un simple número: ocho y cuarenta y cinco. ¿Qué sabe este reloj sobre los días tortuosos que aún hoy soportan centenares de personas secuestradas? William Pérez sí que sabe. Y quizá por eso procura manejar el tiempo de manera responsable. Sandra Rodríguez, la coordinadora del curso premédico, advierte en Pérez el afán de recuperar los años perdidos: casi siempre es el primero que se presenta en el aula y el último que sale de ella. Hoy, por ejemplo, tenía la cita conmigo a las seis y media de la mañana, pero cuando yo llegué, a las seis y veinticinco, él ya llevaba diez minutos sentado en la cafetería. El profesor Edwin Herrera, que en este momento sigue hablando de «descomposición de fuerzas», me contó que en cierta ocasión convino con los estudiantes encontrarse un viernes por la noche para aclarar varios temas de la cátedra de física. El común de los muchachos, observó el profesor, considera las noches de viernes más propicias para la farra que para el estudio. Pero William arribó puntual, y solo se marchó cuando disipó, una por una, todas las dudas que tenía escrupulosamente consignadas en su libreta de apuntes.

Estoy con el sargento Pérez en su casa, localizada en el occidente de Bogotá. La reducida sala se encuentra ocupada apenas por un juego pequeño de comedor y por un mueble de computador. Le digo que tengo la escena grabada en un DVD y que la he visto muchas veces. La evoco. Era el 2 de julio de 2008. Colombia celebraba el resultado de la Operación Jaque. Cuando Ingrid Betancourt se presentó ante los reporteros para empezar su alocución, se escuchó un aplauso atronador. En las primeras palabras de su improvisado discurso, Betancourt le hizo un guiño de gratitud a un benefactor hasta entonces desconocido para el país.

—Yo tenía —dijo— un compañero enfermero del ejército... William Pérez, que debe estar por acá.

Un hombre escuálido emergió de atrás y se paró al lado de ella. Parecía sorprendido. Piel morena, bigote ralo, dientes separados. Tenía un rosario blanco con un Cristo colgado en el pecho y una sonrisa tímida que acentuaba su aire de huérfano.

—William me sacó adelante —prosiguió Ingrid Betancourt—. Me dio de comer cucharada por cucharada, me puso el suero, me diagnosticó.

En este punto, una voz —quizá de alguien del público o quizá de alguno de los jefes militares— gritó:

—¡La gorra, la gorra!

El hombre se quitó en el acto la gorra militar, y fue como si de repente, en ese justo momento, empezara a enderezar el barco de su propio destino. La salva de aplausos que estalló entonces, cuando él ya tenía la cabeza descubierta, le indicó a las claras que había terminado el tiempo de los horrores y comenzado el de los honores. En la pantalla del televisor apareció un subtítulo: «En directo, Base Aérea de Catam». Ingrid Betancourt se dirigió a él en un tono de voz cálido.

—Gracias.

Luego volvió a hablarle a la multitud.

—Estoy acá gracias a él.

A partir de aquel instante Pérez se transmutó en un personaje atractivo para los medios. Su historia contenía varios de los elementos dramáticos que suelen calar en el alma nacional: conflictos, lágrimas, emociones, y un desenlace inesperado y feliz. Además incluía el típico enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal. En un extremo estaban los villanos, que apelaban a la práctica inhumana del secuestro con fines políticos o extorsivos. En el otro estaba un muchacho bueno que había pasado un tercio de su vida tiranizado por verdugos atroces. Un muchacho de origen humilde con el cual la gente común y corriente simpatizaba de manera fácil. Como en el célebre cuento de los hermanos Grimm, el protagonista de esta historia era un sapo que agonizaba dentro de un pozo, y cuando fue pateado no se ahogó sino que se convirtió en príncipe. Pérez, aparte de salvarse, nos salvaba: nos permitía suponer que, después de todo, si somos capaces de exhibir seres valientes y generosos como él no somos una sociedad tan descarrilada. Pérez nos invitó a recordar que ciertas personas a las que miramos como simples víctimas llorosas, también pueden regalarnos un testimonio de dignidad que nos ayude a restituir la confianza. El Pérez que nos mostraban entonces en los medios era un héroe que había vadeado un pantano de dificultades sin más armas que la audacia y la abnegación. Nació en un hogar modesto de La Guajira, en la excluida periferia colombiana. Su padre, pastor de la iglesia evangélica, tuvo una crisis económica que forzó a toda la familia a trasladarse hacia Cartagena. Allí, William fue uno de esos niños famélicos que acosan a los turistas en las playas para venderles cualquier chuchería de ocasión. De vuelta a Riohacha siguieron los apuros: William, ya adolescente, madrugaba todos los días a partirse el lomo en un depósito de víveres. A los dieciocho años tuvo las agallas de montarse en un bus con destino a Bogotá, para enrolarse en el ejército. Atravesó medio país que le era desconocido, portando apenas una caja de cartón con implementos de aseo y unas escasas mudas de ropa. Al poco tiempo de haber ingresado al ejército se graduó como enfermero. Después recorrió la otra mitad desconocida del país para vincularse a la Brigada Móvil del Caquetá, departamento del sur de Colombia. Fue reducido en combate por la guerrilla, convertido en prisionero. En la selva socorrió a sus compañeros de desgracia: los masajeó cuando se luxaron, los reanimó cuando desfallecieron. A Ingrid Betancourt le dio la comida en la boca como si fuera un bebé. Al político Luis Eladio Pérez le ayudó a sobreponerse de un infarto. Al sargento Erasmo Rodríguez le aplicó trescientas inyecciones contra la leishmaniasis. Incluso atendió a algunos de los verdugos: les curó las cortaduras, les alivió las dolencias. Varias guerrilleras sometidas a abortos secretos en el monte —en las Farc son prohibidos los embarazos— sufrieron infecciones graves. También a ellas las auxilió el cabo Pérez. Nos encontrábamos, pues, frente a una víctima con la cual no solo podíamos hablar de padecimientos, sino también de hazañas.

—¿Usted por qué ayudó a los guerrilleros de las Farc que lo mantenían cautivo? —le preguntó un reportero del Canal Caracol.

Su respuesta fue veloz, contundente.

—Soy enfermero: me enseñaron a salvar vidas.

Ahora, sentado en la sala de la casa de William, mientras él ha ido a la cocina, evoco el testimonio que el sargento Erasmo Rodríguez, otro soldado rescatado mediante la Operación Jaque, me entregó una noche en el Club de Suboficiales.

—¿Que si salvó vidas? ¡Muchas! La mía, para no ir más lejos, la salvó él.

Y releo, además, el correo electrónico que me envió Luis Eladio Pérez:

«Yo vivo inmensamente agradecido con él, porque me hizo volver a sentir como un ser humano que valía la pena. Y quiero que sepas que estas son palabras mayores si tienes en cuenta que él vivía todo el drama de su cautiverio prolongado. Sacar ganas para ayudar a los demás cuando tienes encima el gran reto de mantenerte con vida, es algo verdaderamente valeroso».

Esa combinación de valor y altruismo determinó que el 16 de octubre de 2008 la Fundación Friedrich Ebert Stiftung en Colombia, Fescol, un organismo que trabaja junto a organizaciones de la sociedad civil en el análisis del conflicto y la elaboración de propuestas para su superación, le concediera a Pérez el Premio Nacional de Paz. El acta del jurado celebró su «ejemplarizante labor humanitaria durante el tiempo de su cautiverio» y subrayó que «empleó sus conocimientos como enfermero no solo para paliar los sufrimientos de sus compañeros de infortunio, sino de sus captores». En noviembre del mismo año, Pérez recibió en Madrid el Décimo Premio Especial Derechos Humanos, que otorga el Consejo General de la Abogacía Española.

En este momento estoy de pies bajo el arco de la cocina, viendo cómo Pérez prepara el café y lava algunas piezas de su vajilla. Mientras friega un pocillo con la esponja jabonosa, me pide tener en cuenta a las muchas personas que aún hoy permanecen en el monte. Cuando él estaba allá, agrega, los prisioneros establecieron un acuerdo: los primeros que recuperaran su libertad ayudarían a mantener en la memoria a los compañeros que siguieran cautivos. El sargento Pérez procura honrar siempre el pacto, lo mismo en sus intervenciones públicas que en sus conversaciones privadas. En el primer caso su gesto tiene valor político. En el segundo, valor humano. Entonces caigo en la cuenta de que Pérez, como lo atestiguan su familia y quienes compartieron con él las cadenas de la infamia, se ha pasado la vida cultivando la solidaridad de manera silenciosa, lejos de los reflectores que ahora lo persiguen.

Pérez pasa la esponja por el borde de un plato. Silencioso, taciturno. A continuación dice que lleva varios días pensando en un hecho paradójico: cuando estaba secuestrado soñaba con frecuencia que se encontraba en el malecón de Riohacha contemplando el sol rojizo del atardecer. Las olas le salpicaban el rostro, las garzas picoteaban un tronco en la orilla. En cambio ahora que es un hombre libre no sueña con el mar. Tal vez —reflexiona— porque regresa tan cansado a casa que se duerme de manera muy profunda. O tal vez porque cuando posa la cabeza sobre la almohada no se siente agobiado por la necesidad de escapar.

Un hilo de espuma se filtra por la rejilla del lavadero. Pérez dice que a veces quisiera soñar de nuevo con el ocaso de su ciudad natal. Pero en seguida aclara que no se va a morir si eso no sucede nunca más, porque mañana y pasado mañana y durante el resto de su vida, el sol brillará para él. Y no será una quimera.

4 comentarios:

  1. Gracias al maestro Alberto Salcedo Ramos por el privilegio de poder compartir esta excelente crónica con todos los lectores de este, su espacio. Que la disfruten!

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  2. gracias por publicar esta crónica Adri, me conmovió bastante... también me hizo reflexionar, pensar en tantas cosas! por ejemplo la frase "los relojes pierden el tiempo". si lo observas del modo en que lo escribe el autor, ¡pues tiene razón!. recuerdo que llegué a ver esa noticia, sobre la liberación de los secuestrados por el canal Caracol. no recordaba ese pequeño detalle, el relacionado con el enfermero, el agradecimiento público por parte de Ingrid Betancourt; pero cuando leí la crónica lo recordé... Pude notar que el estilo de Salcedo Ramos es bastante parecido al de Gabo.

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  3. Muy interesante. He comprendido muchas cosas que el amigo Victor Bravo nos ha sñalado para tener en cuenta cuando se escriben crónicas. Felicitar al amigo Alberto Salcedo R. Y preguntarle si tiene parentesco familiar con el artista salcedo que conocí en Medellín, Victor se llamaba y era costeño compositor y músico. Bye

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  4. Muy interesante. He comprendido muchas cosas que el amigo Victor Bravo nos ha sñalado para tener en cuenta cuando se escriben crónicas. Felicitar al amigo Alberto Salcedo R. Y preguntarle si tiene parentesco familiar con el artista salcedo que conocí en Medellín, Victor se llamaba y era costeño compositor y músico. Bye

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