Deseas recibir, cada semana, las notificaciones de las nuevas entradas suscríbete

lunes, 16 de enero de 2017

EL POSTE – José Ignacio Cabrujas

José Ignacio Cabrujas (Caracas, 1937 – Porlamar, 1995). Actor, dramaturgo y director de teatro venezolano, quien además se destacó como guionista de cine y televisión y como cronista en importantes medios de comunicación de su país natal. Debutó como actor en el Teatro Universitario (TU), en la obra Leyenda de amor de Nazim Hikmet, estrenada en 1959, bajo la dirección de Nicolás Curiel. En 1961 viajó a Italia, donde formó parte del Grupo Piccolo Teatro di Milano. Después de su regreso a venezuela creó el Teatro de Artes de Caracas. En 1972 fue director de la Escuela de Teatro adscrita al Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA). . Entre 1972 y 1973 fue productor, director y narrador del programa Ópera dominical, en la Radio Nacional de Venezuela. En 1974 escribió crónicas en el semanario Punto en Domingo -publicación dirigida por Manuel Caballero y Luis Bayardo Sardi-, bajo el seudónimo de Sebastián Montes, con el que firmó también en los primeros números de El Sádico Ilustrado, que empezó a circular en septiembre de 1978. A partir de 1976 escribió numerosas telenovelas, que le hicieron ser considerado como el Renovador del género. Sus obras teatrales más emblemáticas son Profundo (1971), Acto cultural (1976) y El día que me quieras (1979). Fue colaborador de El Nacional y de el Diario de Caracas, donde mantuvo la columna El país según Cabrujas entre 1988 y 1992, y donde publicó originalmente -el 28 de abril de 1991- la crónica que leerán a continuación, la cual fue incluida posteriormente en el libro El mundo según Cabrujas, recopilación hecha por Yoyiana Ahumada y publicada por Editorial Alfa en el año 2009.



EL POSTE


Carátula de El mundo según Cabrujas (ALFA - 2009)
El martes se me fue la luz. Estuvo parpadeando unos minutos, indecisa, y de repente, se ausentó, sartreana, como una sensación de posguerra. Se va la luz y uno de inmediato adquiere eso que Heidegger denominaba «la conciencia de sí» o el «acto de la espera» que consiste en dar vuelticas por la casa y mirar hacia el techo y no saber qué hacer con la vida puesto que el exceso de «yo» suele desconcertarnos hasta el punto de tornarse en una sensación de vacío existencial de esas que tú te preguntas: ¿Seré yo tan bolsa como me siento? para que el ser te conteste: ¡Hijo!, ¡y peorcito!

Durante dos horas, estuve por ahí merodeándome, convencido de que en julio cumplo cincuenta y cuatro años y no he hecho nada que valga la pena. Cuando estaba a punto de irme a almorzar solitario y perro, reconfortado a medias con el pensamiento de unos calamares, la energía eléctrica regresó a la casa tras siete tímidos intentos. No sé por qué, pero pensé una vez más en la presidencia de Rómulo Gallegos. Últimamente me ha dado por pensar en la presidencia de Rómulo Gallegos cada vez que tengo un contratiempo. Y me descubro a mí mismo diciéndome: «¡Qué bonita era la presidencia de Rómulo Gallegos, cuando Rómulo Gallegos hablaba de cuando en cuando y decía Tantantán, tantantán, tantantán... tatán... Tacan, tacan... tantantán. ¡Qué diferente a Pérez Jiménez, que lo único que decía era: Ruquiruqui, ruqui, ruqui, ruqui, ruqui, plam, plam».

Estaba pues en esa pendejada, cuando decidí regalarme unos vermicelli con albahaca y ralladura de tomate. Recordé que en la nevera había guardado un pedacito de parmesano duty-free, adquirido en Margarita y sin más abrí la portezuela del freezer. Silencio. La vida me ha enseñado a reconocer un freezer apagado y éste era un freezer inerte, ausente, con esa peculiar manera que tienen los freezers de irse y generar angustia, porque tú dices: de aquí a la seis... ¿qué será de estas sardinitas?

No había corriente.

Ni en la nevera, ni en la cocina, ni en el Picatodo Moulinex, ni en la lavadora, ni en el televisor del dormitorio. Inexplicablemente todos los bombillos de la casa donde vivo, encendían si uno le daba al tuturito. Es decir: había corriente, pero corriente selectiva, corriente goda. Aquí sí y allá no, acullá funciona, pero en denantico ni de vaina, más acaíta sí hay, pero detrasito no hay, un enchufe sí y otro no, aquí prende, pero enfrentico se apaga. La plancha sí, pero el sartén eléctrico, no. El tocadiscos sí, pero la lamparita no.

—Corriente a medias, maestro—, fue el diagnóstico de Orlando, el electricista que se la pasa en la esquina, junto a la bodeguita. Felizmente no hay nada en la brekera, así que quédese tranquilo, porque el problema no es suyo, sino de la compañía de la luz eléctrica. Eso debe ser que están trabajando en la avenida, y vaya usted a saber el reguero que habrán hecho.

Dijo eso con una autoridad que ni el ingeniero jefe de la Mitsubishi a la hora de explicar una caída de voltaje en la ensambladura de motocicletas.

—Pero el problema es mío, Orlando, porque yo me iba a hacer mi pastica. ¿Cómo no va a ser mío el problema, Orlando?

—Siempre hay pollo en la esquina de abajo—, fue su respuesta, propia de un hombre acostumbrado a vivir en la posguerra, porque aquí, después de la Batalla de Carabobo, todo ha sido, en realidad, posguerra.

En mi larga experiencia como suscriptor de la Compañía de luz eléctrica, he sufrido avatares diversos: interrupciones del flujo, sobrecargas del flujo, disminuciones del flujo, amaneramientos del flujo, inconstancias del flujo y hasta traiciones del flujo. Pero esto del flujo parcial, realmente nunca me había sucedido.

Fue así como se me ocurrió llamar al 662-22-22, que es el teléfono de la sección de Reclamos de la Compañía Anónima La Electricidad de Caracas, también conocida como SAICA-SACA, siglas que jamás he logrado entender, pero que figuran en la parte superior del recibito. Allí, la mayor parte de las veces, atiende Belkys Chacín, con quien suelo sostener conversaciones de esta índole:

—Buenos días, Belkys.

—Buenos días, señor Cabrujas. ¿Problemitas con el servicio?

—Desde hace media hora, Belkys.

—¿Y qué sería lo que pasó, señor Cabrujas?

—Que primero hubo tres apagoncitos, mi amor. Y después, como un chisporroteo en el bombillo de la lámpara.

—¿Qué tipo de chisporroteo?

—Tipo abejorro, Belkys... como si un abejorro se estuviera achicharrando dentro del bombillo. Una cosa como cruuuu.

—¡Ah! Eso es típico del ramal 6, señor Cabrujas, que anda echando broma desde antier. Pero la cuadrilla salió a las nueve, así que cójase el día libre porque el servicio le va a regresar como a las ocho y se le va a volver a ir sobre las once, para que se acueste temprano. Por cierto que hay un ofertón de velas en la Central Madeirense, no vaya a ser que se le hayan acabado.

Y dicho y hecho, porque la palabra de Belkys es oráculo.

Pero esta vez no estaba Belkys, sino una telefonista de esas que mascan caramelitos de leche y empegostan las eses para acentuar la jerarquía. De entrada me sentí desamparado, como Orfeo, cuando le pide permiso a Caronte para atravesar el riíto, porque la escuché decir: —Servicio de Atención al Público, buenos días— y no le creí ni Servicio, ni Atención, ni buenos días. Público, sí, y como se dice, de vaina.

Con la delicadeza del caso, me atreví a relatarle lo que estaba sucediendo, tratando de aparentar una cierta dignidad no exenta de decoro. No había corriente, es decir, sí había corriente, pero no del todo porque había puntos con corriente y puntos sin corriente, electrodomésticos que encendían, electrodomésticos que no encendían y electrodomésticos que encendían a medias como era el caso de la cocina, donde acabábamos de comprobar que la hornilla tres, la de atrasito a la derecha tenía cierto calorcito, lo suficiente como para ablandar los vermicellis en unas catorce o quince horas.

Caramelito de leche ignoró mi relato, como quien se sacude unas migajitas de mazapán, y detonó, porque no encuentro mejor palabra, la siguiente pregunta:

—Señor: ¿puede darme el número del poste?

Igual que si me hubiera preguntado por las Obras Completas de don Andrés Bello, porque el vacío que estalló en mí a partir de ese momento fue de esos abismales y dignos de ser recordados toda la vida, algo parecido, a mi novia de los 19 años, cuando yo le pregunté: mi vida, ¿te quieres casar conmigo?, y ella me dijo: «Siempre y cuando no esté de turno la farmacia».

Sobrecogido, me atreví a expresarle que no había entendido del todo la pregunta, que en todo caso yo no vivía en un poste como un gorrioncillo, sino en una casa corrientona y de lo más 47-B.

Pero Caramelito de leche insistió con las siguientes palabras:

«Señor: para procesar la información necesitamos saber el número del poste por donde entra la corriente a su casa».

Mentalmente traté de ubicarme en la acera, preguntándome si alguna vez había visto un poste con una acometida hacia la vivienda donde habito. Pero si de algo padezco en la vida, aparte de leer las declaraciones de Henry Ramos Allup, que ya es bastante padecimiento, es de cretinismo topográfico. De allí que tras un largo esfuerzo, donde apenas lograba representarme la calle y la casa del vecino en medio de un montón de manchas y colores y perros vagabundos y sacos de arena y un camión de pastas Capri, logré recordar un farolito que siempre ha estado en la esquina, pero que no alumbra desde noviembre de 1989.

Y así le dije a Caramelito de leche:

—Discúlpeme, señorita, pero yo no recuerdo ningún poste. Yo recuerdo un farolito en la esquina.

A lo cual contestó Caramelito de leche, que ríete de Goering:

—Entonces, salga a la calle, señor, y averigüe dónde le queda el poste y cuando sepa dónde le queda el poste, fíjese en el número del poste, anótelo en un papelito, vuelva a llamarme y trataremos de procesar su reclamo. ¡Deustsche uber alles! ¡Achtung! ¡Raus!

Clic.

Ni el mismísimo Alexander von Humboldt, camino de Caicara de Maturín, vivió vicisitudes, como la de este servidor, en pos del poste de SAICA-SACA. Primero fue entender la abismal diferencia que existe entre un farol y un poste, conferencia a cargo del abogado Galíndez, mi vecino de más arribita y que se puede resumir de la siguiente manera:

Farol=luz=alumbrado=tetraedro de vidrio en la parte superior=farol de toda la vida=farol, imbécil.

Poste=elevación metálica=conexiones provenientes del ramal=cables de alta tensión=peligro=calavera con dos huesitos=poste, estúpido.

A continuación, diálogo místico a cargo de Panchita Donoso, Testigo de Jehová y propietaria de la quinta Los Geranios del Señor, según se cruza a la izquierda:

—Señor Cabrujas, ¿y usted por qué quiere saber dónde le queda ese poste? Señor Cabrujas, ¿usted no habrá pensado en cometer una locura?

—¿Como qué, doña Panchita?

—Como colgarse de un poste, al igual que Judas después de la traición de Getsemaní.

—Ni de vaina, doña Panchita.

—Porque hay momentos, hermano, donde todo parece perdido y el hombre no vislumbra la esperanza. Pero es allí donde hay que leer Proverbios 3.33, en ese rolito donde dice creo que Zacarías o Ismael: no te abandonen la bondad y la fidelidad. Sujétalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón y hallarás favor y buena acogida ante Dios y ante los hombres. Confía en Yahvéh con todo tu corazón y no te apoyes en tu entendimiento.

—Sí, doña Panchita.

—La fe salva. Isaías 64.

—Así es, doña Panchita.

—El suicidio es una cobardía, porque nuestro cuerpo es el Altar del Señor.

—Aleluya, hermana.

—Tobías 5-10.

—Chaíto, hermana.

Seguido de una intervención antropológica cultural, a cargo de Giuseppe Cagliaro, propietario de la pollera El Pollo Vivo.

—El problema es que usted escribe mucha telenovela Cabrúa, e la telenovela funde la maqquina... atroffia il cervelloporque e algoproprio de lo ignorante e de la gente bassa e marginale. Por eso, lui quiere saber quello del poste.

—Yo decía, el número, señor Cagliaro.

—Un uomo di qualitá, di capacita, no tiene que sapere il numero di uno poste. Verdi, que ha escrito «La Forza del Destino», «II Trovatore» e quella dil negrone que uccide la donna...

—Otelo, señor Cagliaro.

—L'Otello que e la piu grande e la piu profonda de tutte le sue opere, un vero capo lavoro, non andaba per le strade di Busetto o de Milano, domandandosi il numero de uno poste. Andaba, pero, imagginando, creando, ascoltandosi, sognando col si bemole o colfa sostenutto. Quelli erano, creatori, Cabrúa, gente di creazione e non mestieranti di crapulezzi brutte e rognosi. Torna a la tua casa, e non ti preocuppare per questi tonteríe. La vita e bella, come diceva il Manzoni.

Pero de repente, logré divisar el poste. Estaba allí, enhiesto, ciudadano, prácticamente cívico, oculto tras un paredón y en feliz conjunción con unas trinitarias azules.

Lleno de júbilo me acerqué y comencé a buscar el ansiado número.

Y estaba. Era un código, como una predicción de SAICA-SACA.

Verde el poste. Blancas las letras. Decía, porque en ese momento me sonó a grito, a proclama.

CLE.R-17.45...

Y a continuación un desgraciado había escrito: Lusinchi, Presidente, encima de los números finales. Era imposible descifrar el resto de los signos. Era arqueológico, como un cuarenta y cinco trunco.

La luz dejó de ser parcial a las once.

Pero me comí mis vermicellis.

Con ralladura de tomate y queso duty-free.

SCHSHSHSHSHSHSHSHSH

Antier, por no dejar, volví a empujar el botoncito de la Radio Nacional. Sigue malita.

Ya ni siquiera hace Schshshshs. Ahora suena como si estuvieran cortando tablones, pero de lejos. La pobre, hace Chiiiiiiiiiiiii. Y después, Prrrr, prrrr, prrrr, antes de volver a hacer Chiiiiiiiii.

Mientras tanto, el presidente Pérez le concedió una extensa entrevista al director de la Radio Nacional... de España.

Ojalá se haya acordado de que aquí había una.

3 comentarios:

  1. Excelente cuento Adriana! me pude reir un rato y cambiaste mi animo! el maestro Cabrujas siempre fue un grande del teatro y la literatura contemporánea! Ha pasado el tiempo y todo sigue igual que antes, parece que fue ayer!

    ResponderEliminar
  2. Ese aire criollo de la narrativa venezolana, espontánea y cómica por naturaleza. Oh, y nos hace un regalo a aquellos que somos bilingües, de paso.
    Excelente.
    Ah, y por respeto y prudencia, mejor no menciono la frase que más me tocó de este texto... ;)

    ResponderEliminar
  3. ¡Ah, Cabrujas! Que burgués tan pequeñito que eras, combinabas la tu innegable inteligencia con el mas puro guelepeismo de los intelectuales de los años setenta y ochenta. En fin no es una cosa de modas sino de clase.

    ResponderEliminar