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lunes, 27 de febrero de 2017

SOBRE EL ESTELAR SEGUNDO VEINTIUNO – Héctor Torres

Héctor Torres (Caracas, 1968) es un escritor y promotor cultural venezolano. Durante su carrera literaria ha cultivado la narrativa en sus diversas modalidades, publicando los libros de cuentos El amor en tres platos (Equinoccio, 2007) y El regalo de Pandora (FBLibros, 2011); la novela La huella del bisonte (Editorial Norma, 2007) y crónicas, con su trilogía sobre Caracas, conformada por los volúmenes Caracas muerde (Puntocero, 2012) –de donde he extraído la crónica que leerán más adelante-, Objetos no declarados (2014) y La vida feroz (2016). Textos suyos han sido incluidos en antologías y compilaciones tales como Voces nuevas 2000-2001, ensayo, narrativa y poesía (2004), De la urbe para el orbe (2006), Narrativa Joven Venezolana (2007), Las palabras de El Buscón (2011), Caracas en 25 afectos (2012) y De qué va el cuento (2013), entre otras. Adicionalmente, fue fundador, en el año 1999, del portal www.ficcionbreve.org, plataforma desde la cual creó el Premio de la Crítica a la novela del año en 2009, y ha sido coordinador, desde 2006 y hasta la fecha, del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores. Es coeditor del sitio www.lavidadenos.com.

Crónica que se publica íntegramente, con la autorización de Héctor Torres


SOBRE EL ESTELAR SEGUNDO VEINTIUNO



Y dibujaron su muñequito 'e tiza en la acera


DESORDEN PÚBLICO


Carátula de Caracas muerde (Héctor Torres - 2012)
UNA MOTO SUBE POR LA PRINCIPAL de Macaracuay esquivando los carros del canal rápido(*). Sobre ella, dos tipos viajan con sus trajes de invisibilidad: chaquetas, lentes oscuros y gorras. Es la segunda vez que pasan por la esquina del Centro Comercial, pero la gente no suele reparar en esos detalles.

Son las dos y cincuenta y cinco de la tarde de un viernes de quincena. La ciudad se siente como un globo lleno al que le siguen echando aire. La moto con «los invisibles» baja de nuevo y vuelve a subir. El parrillero putea. Las señas recibidas son vagas y hay mucha gente en la calle. Las tardes de los viernes de quincena se dan las mejores pescas, pero no es para cualquier pescador. «Hay que tener bolas», se ufanaba. Se supone que el pez (o, el «pescao», como le dicen) ya debió haber salido del Centro Comercial. Descose la calle para armar en una misma persona las piezas sueltas recibidas por celular: gordito, moreno, alto, koala, franela azul y gorra de «los cerveceros de mibloque».

—Ese conejo no es serio ni cuando está trabajando —le grita al compañero.

De pronto, entre la masa de gente, vio todas-las-pie-zas-reunidas apurando el paso hacia la parada, midiendo al metrobús que se va acercando. La moto subió hasta la redoma y se lanzó en bajada esquivando carros y peatones, hasta detenerse delante del metrobús, que terminaba de estacionarse con su parsimonia de paquidermo cansado. El invisible que está de parrillero se baja y detecta al pescao a punto de subirse a la pecera. La cola estaba más o menos vacía. Estaba compuesta por: a) una señora gorda, b) la víctima en cuestión, c) un viejo con aspecto de español y d) una muchacha morena con audífonos. Incorporándose a la escena, un tipo cuarentón y una nenita de unos diez años corrían para alcanzar la cola.

El parrillero se lanzó directo sobre el objetivo. El que manejaba quedó sobre la moto, listo para arrancar. No hubo necesidad de palabras. Con una pistola en la mano cualquiera se pone a revisar a otro sin tener que dar explicaciones. Comenzó la escena que todo caraqueño tiene aprendida para cuando le toque vivirla.

Está en los genes, como parte del kit de supervivencia.

El tipo buscó directo en el koala, en el bolsillo trasero izquierdo del pantalón y en la media derecha del gordito. Tan abrumadora precisión trajo a la mente de la víctima la cara del cajero, con sus dientes de conejo.

—Coñuesumadre, maldito, sucio —murmuró para sí.

Todo se detuvo sin interrumpir el curso de esa escena. Todos miraban pero nadie estaba mirando. El viejo se encerró en su diario, la muchacha cerró los ojos para ver ese concierto de Oasis que salía de los audífonos, la señora clavó la mirada al piso con vehemencia y el cuarentón alcanzó a llegar a la parada y, al darse cuenta, abrazó a la niñita, tapándole la cara disimuladamente con las manos.

El resto del elenco hizo bien su papel de reparto. Todos (el conductor del metrobús, los pasajeros de los primeros asientos, la gente que caminaba por la acera) apuraron el paso, se volvieron ingrávidos, vaciaron de contenido sus pupilas, bordeando con sigilo el asunto.

Algo zumbaba en los oídos, alejando ese primer plano del resto de la escena, y sin embargo el rumor de la calle permanecía intacto en toda su composición: carros, cornetas, motos, sirenas, gente que sostenía remotas conversaciones... Todo seguía allí, en un murmullo pastoso que iba perdiendo gravedad. Todo ese furor comprimido de viernes de quincena encontró su desahogo y estalló en una suma de mínimos orgasmos personales. La presión bajó y los que entendieron se asustaron y celebraron en secreto no haber sido los poseedores del número de ese sorteo.

La escena se siguió espesando, congelando, perdiendo vida, hasta detenerse en un fotograma, que pudo ser la instantánea que acompañaría la crónica del fin del mundo para alguien.

El gordito obedeció dócil. Sintió un frío que le bloqueaba la audición. No sabía que tenía miedo, pero sí sabía que ya no sentía rabia. No, por ahora. Solo sentía ansiedad porque todo terminara pronto. El tipo se llevó el botín, y le quitó el celular y la gorra Milwaukee Brewers por la sola costumbre de malandrear, y caminó con aplomo en dirección a la moto.

Esa larga y repetida escena no duraría ni veinte segundos.



Y el tiempo cayó rodando sobre el estelar segundo veintiuno.

—Resulta que el papá de la niñita era policía. La empujó hacia mí, que estaba delante de ellos, y yo la abracé duro porque sospeché lo que venía. Dio dos pasos a un lado y, con las piernas abiertas y las manos agarrando su arma, les gritó con fuerza un «¡Quietos!» que, por supuesto, los tipos ni pendiente. Ahí mismito los dejó fríos. ¡Qué heavy!

—Vamos, que no fue así. La verdad es que el atracador se devolvía a la moto cuando se llevó el susto de su vida al ver a dos municipales echarle el guante a su compinche y a otro par de policías, que esperaban delante del metrobús, apuntándole con sus armas. Por mí, que los cuelguen por la polla.

-Usted no pudo haber visto nada porque apenas vio esa pistolota, metió la cabeza en el periódico. La verdad es que el muchacho no estaba solo. Cuando el malandro se le acercó con la pistola en la mano, se le vino por detrás el amigo del muchacho y le puso una más grande en la nuca. El de la moto se fue sin esperar al compinche. Al hombre ese todavía le deben estar dando palos en la parada.

-No, qué va. Yo los vi desde que llegaron. Se bajó el tipo con la pistola y calculé que el de la moto no estaría armado. Me entró una impotencia y, sin pensarlo, puse la palanca en drive y metí chola a fondo. Como el otro no esperaba ver al pana debajo de las ruedas, el gordito aprovechó y lo inmovilizó con una llave. Ahí mismo la gente se le tiró encima y le dieron hasta con paraguas y carteras.



Eran sabrosas todas las versiones. Todos, en su impotencia, se regalaron su fantasía de justicia, de redención ante tanto abuso. Pero la vida no es una película y al segundo veintiuno, el tipo se montó en la moto y arrancaron.

Apenas se perdieron de vista por la principal hacia abajo, el volumen de la escena comenzó a subirse gradualmente. La gente volvió a su ritmo, a respirar, a comentar y a preguntar necedades. ¿Cuánto te tumbaron, chamo? ¿Les viste la cara? ¿La gorra era original? ¿Te guardaste el dinero frente al cajero? ¿Esos reales eran tuyos?

El gordito los miraba como quien despierta en Pekín. Como podía mirarlos el perro que bajaba por la acera, ajeno a Caracas y sus miserias. En el barullo de preguntas, en el creciente rumor de vida vuelta a su ritmo, comienzan a desfilar por su cabeza las primeras conclusiones. Ve lejos, como si fuese un borroso pasado, la fiesta que tenía esa noche. Ve lejos las birras y los cuentos del mundial. Le preocupa llegar a la oficina sin los doce mil bolívares que le mandaron a sacar. Y sin un tiro en una pierna, que es lo peor. Piensa en esto último y le parece tan sospechoso, que hasta él mismo duda de su inocencia. Piensa en el trámite del cuento, en la cara de los ingenieros y la de Jenny, la secretaria, cuando les cuente. Piensa en la nómina y en la mirada de los obreros. Piensa, qué cagada, en la cara de culpable.



En el metrobús todo el mundo participa de las conversaciones sobre el atraco. Todo el mundo, menos él. Él y el cuarentón que está con su niña y que se dedicó a hablarle de otras cosas. Cuando ya el tema comenzaba a morir en los pasajeros, el hombre le preguntó a la niña, que va callada viendo por la ventana con mirada melancólica.

-¿Qué tienes, nena?

—Que me da cosa con el muchacho. Tiene como ganas de llorar —respondió.


(*) Como ven, con sus ajustes de época, no ha perdido vigencia aquello de «Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha».

4 comentarios:

  1. Millones de gracias al queridísimo Héctor Torres por su disposición para con el blog y la idea de poder publicar un texto de uno de sus libros más queridos. ¡Que lo disfruten!

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  2. Buen texto, precisión y concreción. Más que una crónica, mi tía Eloína lo catalogaría como un cronicuento. Saludos y felicitaciones para Héctor.

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  3. Me ha encantado el texto, primera vez que leo algo de Héctor Torres. Muchas gracias Adriana, valoro los cuentos y las crónicas que publicas en tu blog, una iniciativa que disfruto cada lunes. Saludos!

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  4. A ti, querida Adriana, por tu interés en ofrecer sus líneas a nuevos lectores. Un abrazo.
    Gracias, también, al amigo Luis Barrera y a Greys Moon por sus comentarios.

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