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lunes, 6 de marzo de 2017

ESTRELLA POLAR - Carol Zardetto

Carol Zardetto (Ciudad de Guatemala, 1960) es abogada y escritora, guatemalteca, y se ha desempeñado como diplomática, guionista, columnista y narradora. A lo largo de su carrera literaria ha publicado la novela Con pasión absoluta (2006) –ganadora, en 2004, del Premio Centroamericano de novela Mario Monteforte Toledo- y La ciudad de los minotauros (2016), así como el volumen de cuentos El discurso del loco (2009). El cuento que aquí se publica ha sido tomado del libro compilatorio Cuentos guatemaltecos (Editorial Popular, 2014).

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Carol Zardetto



ESTRELLA POLAR


Carátula de Cuentos Guatemaltecos (2014)
Subía despacio las gradas blancas y frías. Se había levantado antes de que amaneciera y en las montañas el clima era helado. Allá, en aquellas montañas, estaba Estrella Polar, la aldea desde donde había viajado la gente. El aire le cortaba a uno la cara, pero recién ahora, subiendo estas escaleras bajo el sol penetrante, percibía un frío que no venía de cosas vivas, como el sereno, el viento o la noche. Venía del suelo, de las paredes, de aquel techo tan alto, de los rostros de escarcha de la gente. Aquí todo era frío.

Se encogió dentro de su perraje, tapándose con cuidado la boca. No para calentarse, sino porque había venido hasta aquí para eso: para abrir su boca y que de ella salieran unas palabras a las que temía. Eran infames y tenían largos hilos que se anudaban adentro, allí donde uno tenía el hígado, o las tripas. Allí donde uno tenía los nervios o el alma. Hablar sería jalar estos hilos y que le arrancaran pedazos vivos de carne. Sabía cuánto le iba a doler y vino de todos modos. Lo habían acordado así: iban a testificar.

Bajó la cabeza. Si hubiera podido, se habría acuclillado, hecho un ovillo, enroscado, como aquellos gusanos peludos que se amontonan en los palos. Entonces miró sus pies, metidos en las sandalias de plástico que arrimeran en los mercados. Las había comprado para venir a la capital. Ahora estaban llenas de polvo. Cómo se había esmerado en bañarse, ponerse la ropa limpia, los zapatos nuevos y, ahora, tenía los pies llenos de polvo. Pensó que uno nunca puede evitar ser quien es. Ella era hija de aquellos lugares polvorientos, de lugares donde los caminos se llenan de lodo, los niños andan chorreados y las mujeres huelen a leña. Uno se acomoda a ser así. La pulida superficie de las gradas, la nítida limpieza, la ausencia del caos de su pueblo improvisado, conformaban un universo hostil. Ella no pertenecía a este lugar. Nunca podría hallarse en un lugar que no reconocía su existencia.

Pero no venía sola. De este hecho sacaba una fuerza grande, como la de la mano que mueve a todos los dedos. Todas las mujeres se habían apuntado, formando aquella extraña mano hecha de tantos dedos. Venían a tomar lo que les pertenecía por derecho propio. Nadie les había enseñado eso: que algo tan lejano les pertenecía, sin embargo, lo habían sentido desde lo más hondo. La justicia les pertenece a todos. No había que ir a la escuela para saber eso. No había que saber hablar en español. Quizás no tenía uno ni siquiera que saber hablar para tener ciertas cosas claras. Una de ellas era esa: la justicia le pertenece a cada ser que respira.

Entraron a la gran sala y se fueron acomodando en las primeras filas. Según les dijo el abogado, era el lugar que ocupan los testigos que serán interrogados durante el día. Las mujeres se mantenían calladas. Si hubieran estado en el lavadero, o en el nixtamal, harían la misma bulla que un enjambre. Ella sonrió recordando las bromas, la picardía de aquellas mujeres que se mofaban de sus maridos o de la vida con tanta agudeza en la lengua. Hoy parecían estatuas, moviéndose en silencio, como si les pesaran las piernas, escondiendo la mirada porque eran orgullosas y no querían enseñar sus ojos aguados.

Pasó mucho rato antes de que entraran los jueces. Eran tres, dos de ellas mujeres. La que estaba en el centro, era pequeñita y hablaba muy recio. La miró detenidamente con curiosidad. ¿Cómo había hecho aquella mujer para estar allí ordenándolo todo? Tenía el pelo muy alborotado. «Es la jueza principal»; le susurró Marta en el oído. Y ella pensó: «Soy tan vieja, que esa mujer, la poderosa jueza, podría ser mi hija». Si fuese su hija, la trenzaría, pensó. Sí... aquella cabellera inmensa y alborotada quedaría bien acomodada en gruesas trenzas que apretaría a su cabeza con una preciosa cinta bordada por sus propias manos. Se sentiría dichosa al verla hablar recio en un lugar que parecía una catedral. Y a nadie le parecería extraño que ella mandara a todos a callar, a sentarse, a poner atención. Se rio por dentro de solo pensarlo. ¡Qué extraordinario sería! Tendría que vivir mil vidas para que sus ojos pudieran ver algo así.

Sus manos se apretaron, como si quisieran encontrar fuerza una en la otra. Qué lejos estaba la verdad de aquellas fantasías con las que jugaba su cabeza. La verdad era como una piedra, de esas grandes que no se pueden mover. De esas que tienen las garras enterradas en la tierra y que, aunque los años pasen, allí se quedan sembradas.

Nunca podría ver a su hija sentada en un trono como aquel, porque su hija había muerto. Sí, había muerto. Qué fácil se decían esas sucias palabras. Pero la corta frase no podía explicar bien todas las cosas que pasaron aquel día para que ella muriera. Las palabras no podían pintar, ni oler, ni temblar. Las imágenes de su memoria no tenían palabras. Tampoco el silencio que vino después. Su vientre jamás volvió a abrirse para sustentar nada. Ni el miembro de un varón, ni otra hija, ni nada. Se quedó vacío y apagado. Vacío y apagado como los fogones de las casas deshabitadas mientras todos huían, montaña arriba, llenos de pánico.

Cerró los ojos para no seguir viendo. Aquellas imágenes habían hecho ya un surco en su cabeza. Las había visto pasar corriendo una tras otra, por más de treinta años. Ahora estaba aquí para eso: para poner en palabras aquellas imágenes que eran su memoria. El miedo la asaltó: no sabría qué decir. Se quedaría muda. Una voz acusadora le salió de adentro y le gritó ¡mentirosa! Se sonrojó pero nadie en aquella sala infestada de gente supo por qué.

Lo cierto era que se había pasado tejiendo las palabras que hoy iba a decir más de treinta años... Sí, se respondió a sí misma, las había tejido, pero no habían salido nunca de su boca. Se las repetía en su cabeza, mientras lavaba, mientras torteaba, mientras abría el surco para echar las semillas. Las conocía como la palma de sus manos. Tejerlas despacio le había enseñado cómo podía volver a vivir. Pero, todavía eran suyas. Como los hijos antes de parirlos. Uno los siente adentro y nadie puede verlos. La gente ni se imagina cómo son, pero la mujer que los sustenta, los conoce bien. Son de ella. Así, aquellas palabras que hoy tendría que decir, todavía eran de ella como un hijo sin parir. Cuando salieran, cosas suyas quedarían desparramadas allá afuera a la vista de todos y ella ya no sería la misma. Su corazón quedaría abierto en dos, como una res lista para el destace.

La vergüenza le hizo bajar la cabeza. Más de mil gentes muertas por quienes hoy venían a reclamar justicia y ella pensando en su corazón partido. ¿Quién era su corazón para pedir consideraciones? Estaba aquí rodeada de la gente de su pueblo. Estrella Polar... Desde tiempos inmemoriales, cuando habían nacido sus abuelos, hijos de colonos, era ya una finca de café. Todos eran mozos que labraban la tierra. Gente sencilla que trabajaba para un patrón. Que se contentaba con que la dejaran vivir y criar a sus hijos.

Con la guerra ya no hubo consideraciones para nadie. Los muertos habían permanecido castigados, unos montados sobre otros, en grandes hoyos perdidos entre el monte. ¿Quién había tenido consideraciones con ellos?

¡Cuánto habían luchado por encontrar a los desaparecidos! Pero cuando empezaron a abrir las fosas, ya no eran gente. Solo huesos sueltos como collares reventados con las cuentas desparramadas. Le había tocado ver cómo abrían la tierra para sacar tantos y tantos huesos. ¿Quién los iba poder hilvanar? ¡Si nadie podía reconocer a aquellos muertos! Con sus cabezas peladas, riéndose a saber de qué, mirándolo a uno con los ojos vacíos. ¡Tan feos y tan ajenos! Nadie podía reconocer en ellos a los que partieron. Solo la ropa podía atestiguar quiénes estaban allí: la chumpa, las botas, aquel huípil...

Recordar a los muertos y su incomodidad en aquellas fosas la hacía siempre llorar. A su marido no lo habían podido hallar. Estaba todavía esperando, a saber dónde. Y los ojos se le llenaron de lágrimas porque, aquel día, ella había deseado que muriera. Quemaron a más de cien hombres en la iglesia. Atrancaron la puerta y le prendieron fuego. Aullaban allí adentro y el olor de la carne quemada no dejaba pensar en nada a los que estaban afuera. Y, aún así, ella quiso que él estuviera allí, entre aquellos hombres en llamas.

Cerró los ojos. Hoy no pudo evitar, como otras veces, que se le hicieran presentes los rostros de los soldados que entraron a su casa. Ella acababa de parir a su segundo hijo. La comadrona lo estaba limpiando cuando entraron. Eran casi unos niños, con el uniforme verde. No respetaron que estuviera enferma, recién parida, con el sexo lleno de ligas y de sangre. Hedían como perros y estaban llenos de miedo. Sí... para explicar lo que le hicieron, ella había tejido palabras que hoy saldrían de su boca.

Pero no quiso que su marido tuviera algún día que escucharlas. Para que ella no tuviera que verlo a los ojos mientras las pronunciaba, deseó que él muriera, prendido como una antorcha en medio de una iglesia. Hay cosas peores que la muerte.

Perdida en sus pensamientos, no había visto entrar en la sala a los acusados. Un par de hombres muy viejos. No tenían para nada el aspecto que ella había imaginado. Los hombres que habían mandado a los soldados a destruir la vida de su gente, la vida que había florecido una generación tras otra en la Estrella Polar, tenían que ser como dioses. Terribles dioses, soberbios y altaneros. Debía infundir miedo estar frente a ellos, ver sus ojos de brasas.

Qué lejos estaba la realidad de lo que uno imagina. Los acusados no parecían ni siquiera hombres. Eran frágiles y estaban quebrados como ramas secas. Si entrara en aquella sala un soplo de viento, podría llevárselos lejos. En aquel momento, tuvo claro que ellos eran parte de un mundo que pronto moriría. Y la confirmación de esta claridad llegó cuando la primera mujer subió al frente de aquella sala y, con una voz muy fuerte, habló en ixil. El idioma de sus padres resonó adentro de aquella sala como una premonición. Sí... de eso se trataba todo esto. De que un mundo viejo terminara de morir. Quizás de todas las cenizas amargas de los muertos, de los acusados ya marchitos, de las voces en ixil que resonaban en este lugar pulido, diciendo palabras tejidas con paciencia durante treinta años, pudiera nacer algo. Y entonces, su memoria de las casas quemadas, de los campos sin sembrados, de las mujeres enterrando a sus hijos, cedería su lugar al olvido.

Las mujeres fueron subiendo a declarar. Cada uno fue diciendo su historia, que era la misma historia. Aquellos soldados no habían solamente llegado a matar a sus maridos, a sus hermanos, a sus hijos y a sus hijas. Las habían usado de maneras que a uno le costaba explicar. No solamente eran los actos físicos que, si uno tenía paciencia, podía contar despacio y sin dejar nada fuera. Había algo más: una maldad que se parecía al lodazal que se le viene a uno encima como cuando llueve sin parar. Las montañas caen hechas lodo sobre la gente con crueldad portentosa.

¿Qué tenían que ver esos actos íntimos e infames con la guerra? Esa era la pregunta que a ella no le daba paz, que le volvía a la cabeza a cada rato y que no encontraba respuesta. Pero sí sabía una cosa: lo que los soldados habían hecho con las mujeres había matado más que los cuerpos de la gente. Habían arrancado algo profundo de adentro, como cuando uno saca una raíz, o maldice la tierra.

Y, sin embargo, uno todavía quiere vivir, pensó y se asombró. Aquel impulso ciego de la vida la llevó a levantarse de la cama después de todo aquello. La hizo a cargar a su niña de tres años para correr tan rápido como las piernas le daban. ¡Cómo se arrastró! ¡Cómo olvidó el dolor de sus pies, deshaciéndose entre las piedras! Siguió corriendo, cargando a la niña, sin siquiera recordar a su varoncíto que se quedó allá en el rancho olvidado. Sí, así fue: lo dejó, sin mirar atrás. ¿Cómo pudo olvidarlo? Se preguntó tantas veces. Quizás estaba loca, como le dijeron las demás mujeres con sus palabras dulces de consuelo. O, quizás sabía que dos brazos no pueden cargar más que a una criatura.

Algunos contaron que vieron cuando los soldados se lo llevaron. Quizás lo habrían criado ellos. Y no le dolía pensar en el niño, porque ya no era su hijo. Si ellos lo habían criado, el niño ya no era de ella. Un hombre sería ahora. Su corazón estaba cerrado para ese hombre sin madre.

Lo que sí recordaba era a la niña. A ella la había amamantado, la había hecho crecer montada sobre su cuerpo, hasta que su cadera y la niña se volvieron una. Así, atada a su cadera, la acompañaba todo el día haciendo con ella el trabajo de la casa. De arriba para abajo, las dos como un árbol con su rama. Quería verla crecer. Soñaba con la vida de aquella niña, como si fuera su propia vida, vuelta a nacer.

Pero, la montaña fue cruel. Los niños murieron como moscas. No había qué comer, no había resguardo para el frío o para la lluvia. No aguantaron. Las mujeres los enterraban, dando gracias a Dios de que ellas tuvieran que llorar para que ellos ya no lloraran.

Allá en el monte se quedó su niña de tres años. Cuando la enterró estaba tan flaca que el hoyo que tuvo que cavar era pequeñito. Se cuidó de ponerle seña al lugar, para volver algún día a visitarla en su tumba. No fue necesario. La tumba de la niña se la llevó adentro. Allí estaban sus huesos, su cabecita pelada y sonriente. Sus ojos huecos. Esos huesitos de collar reventado estaban enterrados adentro de su propio cuerpo.

Justo cuando acababa de perder la claridad del rostro de su hija, oyó que su nombre salía de la voz de aquella mujer con la cabellera alborotada. Tenía que levantarse de la silla donde parecía que había echado raíces. Lo hizo despacio porque sus piernas no parecían suyas. Parecían dos palos sin fuerza. Un compañero la tomó del brazo y la ayudó a llegar al frente. Tapó con su perraje su cabeza y parte de su rostro. Le dieron el micrófono y entonces se percató de que su voz había huido, dejándola sola, sentada frente a todos, haciendo el ridículo. Era lo que había temido. Que las palabras rehusaran a salir, que tuvieran vida propia y no quisieran soltarse de donde estaban atadas.

El silencio cayó en la sala como una gran cortina negra. Por su cabeza se despeñaban un revoltijo de palabras, rostros, imágenes y caían rotas al suelo. Lo último que se le apareció fue la cara de su marido el día en que murió. Era de mañana cuando se fue. Iba a volver al rato. Así habían quedado, porque ese día ella iba a parir. Él volvería pronto para tener noticias del parto, para saber de su hijo. Sólo unas horas después, ella deseaba con todo su corazón que no volviera nunca. Quiso que él fuera uno de aquellos hombres que los soldados no permitirían volver jamás a sus casas. Mejor así. En la casa de ese hombre que era su marido, ya no había nada a qué volver.

Fue recordarlo, ver de nuevo su rostro joven, lo que hizo que su voz se hiciera presente. Hoy había venido a hablar para él. Quería confesarle, por fin, lo que su corazón había guardado tanto tiempo. Quería enmendar el mal deseo, el deseo oscuro que había puesto a su marido a sufrir en una tumba bajo el peso de tantos muertos.

Su voz se dejó escuchar en idioma ixil. Una mujer, en idioma ixil, acusó a los soldados del Ejército de Guatemala, de haber cometido actos atroces con su cuerpo. Lo hizo con palabras de todos los colores, lo hizo con palabras tejidas despacio en la oscuridad de su memoria, lo hizo con fuerza, de manera precisa y serena. Y, mientras aquellas palabras salían de su boca, su vientre volvía a sentirse vivo. Quiso tener un hijo y que creciera. Que se volviera hombre o mujer y que, a su vez, pudiera tener más hijos que también crecieran. Quiso recuperar toda una vida que se perdió en un solo día funesto. El día en que decidieron destruir todo lo que estuviera vivo allá en la pequeña aldea Estrella Polar.

Bajó de aquel asiento que estaba enfrente de todos, con el rostro descubierto. Que todos vieran la boca que se había abierto para declarar lo que pasó. Y «aquel día» dejó de ser tan escurridizo. Las palabras lo volvieron una ruina hecha de barro o quizás un cántaro. En todo caso algo que uno podía coger con la mano. El rostro de su marido la miraba con sus ojos amables. Tenía tantos años de no ver aquellos ojos. En la imagen de su cabeza, su marido le dio las gracias. Ella, su mujer, por fin había hablado. Y ella supo, a ciencia cierta, que él nunca quiso que callara.

3 comentarios:

  1. Mi más sincero agradecimiento a la escritora Carol Zardetto por la enorme gentileza de permitirme compartir este cuento, que tanto me gusta, con cuantos deseen leerlo. ¡Que lo disfruten!

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  2. Felicitaciones a la autora por su narrativa tan clara y llena de imaginación. Realmente lo disfrute, a pesar la crudeza que narra. Chente.

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  3. Transparente y claro el tema social de la pobreza y la justicia,los mitos que se hacen los desplazados o pobres. Vale la pena leer.

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