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lunes, 10 de abril de 2017

EL PEQUEÑO NAZARENO – Julio Garmendia

Julio Garmendia (El Tocuyo, 1898 – Caracas, 1977). Periodista, diplomático y narrador venezolano. Comienza su carrera periodística en el diario El Universal, en 1917, como reportero. Desarrolló su labor diplomática entre 1923 y 1940, en Europa, donde trabajó, primero, con la delegación de Venezuela en París y más adelante fue Cónsul General en Génova, Copenhague y Noruega. En vida sólo publicó dos libros: La tienda de muñecos (1927) y La tuna de oro (1951), cuya notable calidad y particular estilo lo posicionaron como una destacada figura de las letras nacionales. Luego de su muerte se publicaron sus volúmenes críticos Opiniones para después de la muerte (1984) y La ventana encantada (1986), así como el libro de cuentos La hoja que no había caído en su otoño (1979), de donde se extrae el relato que leerán a continuación.



EL PEQUEÑO NAZARENO


Carátula de La hoja que no había caído en su otoño (Julio Garmendia - 1981)
EL MIÉRCOLES SANTO, el pequeño Nazareno de túnica morada y grueso cordón blanco, a nudos, bien ceñido alrededor de la cintura, sube —o debería subir— entre papá y mamá, por la calle que conduce a la iglesia del Nazareno. Pero no está dando pruebas, en absoluto, de aquella nazarena paciencia y resignación correspondientes al personaje y a la indumentaria que le han sido asignados. Todo lo contrario, demuestra un verdadero humor de perros —un humor como pocas veces se habrá visto en un Nazareno en miércoles santo—; rezonga y lloriquea, y en vez de seguir a papá y mamá dócilmente, se hace halar, y otras veces empujar, por uno de ellos dos. Intentan ambos convencerlo, le ruegan, lo halagan, le prometen recompensas para luego, para un poco más tarde, cuando ya la visita al templo haya sido hecha, la devoción cumplida, y la promesa, pagada, de acuerdo con los términos del devoto convenio celebrado entre ellos y el Nazareno de los milagros.

El pequeño Nazareno, no cabe duda, es duro y terco; ningún ofrecimiento hace mella en su actitud —que es de franco sabotaje—; nada ni nadie lo obliga a ir más ligero ni a dejar una cara menos agria. Cuando un helado de guanábana le es gentilmente ofrecido (esto último en patente contradicción con todas las tradiciones respecto al trato a acordarse a nazarenos, las cuales no incluyen en absoluto helados de guanábana, sino hiel en hisopos en perspectiva únicamente), cuando el helado, pues, le fue ofrecido, el pequeño Nazareno lo arrojó al suelo, sin ceremonia ni compasión. Peor aún, sin apetito. Es entonces, en ese instante crucial, cuando papá le da la bofetada en la mejilla —volviendo, ahora, de repente, a la observancia de las viejas prácticas que repiten la manera de proceder con nazarenos y redentores. En atención a lo sucedido, a la corrección, hubiera podido creerse que el pequeño Nazareno se hubiera finalmente resignado a representar bien su papel y a convertirse en viva imagen del gran Nazareno a cuya iglesia era llevado por papá y mamá. ¡Pero nada de eso! Se puso furioso —aún más que antes—; se desencadenó, materialmente, chillando y pataleando, y haciéndose llevar a rastras de ahí en adelante.

Perdiendo el último resto de su santa calma, y alzándose la túnica en plena calle concurrida, mamá le da unos cuantos cordonazos, «a posteriori», si puede decirse así, con el mismísimo cordón de color blanco y de gruesos nudos que le estrecha la cintura, la delgada cintura, al pequeño diablo indócil.

El pequeño Nazareno, pues, para este instante —para esa «estación», diremos mística, de su ruta—, ha sido ya debidamente halado, empujado, golpeado, abofeteado y azotado. Está, además, bañado en lágrimas, y su larga túnica violeta de vistosos pliegues aparecía toda ella, también maculada por salpicaduras, no de sangre, pero sí de guanábana —provenientes del helado que fue lanzado por él mismo contra el cemento de la acera, contribuyendo así a su propio castigo y sufrimiento. Sin nadie proponérselo, se daba entero cumplimiento a todo, o a casi todo, el ritual correspondiente a nazarenos, grandes o pequeños, forzosos o espontáneos, antiguos o modernos. El pequeño Nazareno seguía gritando. Una nutrida concurrencia presenciaba el espectáculo. Si no fuera por la decadencia de la fe en los días que corren —de la fe en Dios y de la fe en el Diablo—, es casi seguro que lo hubieran acusado, allí mismo, de endemoniado agudo. Lo hubieran exorcizado, o hasta lo hubiesen quemado, ¡quién sabe! Todos los otros nazarenos que había por la calle lo contemplaban con ojos de asombro.

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