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lunes, 31 de julio de 2017

EL ÚLTIMO TREN – Jerónimo Alayón Gómez

Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966) es docente, narrador y poeta, licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés bello. Ha publicado los poemarios El canto del Jokili (2000), He aquí el dios desolado (2011), Paralítica luz (2011), El arpa y la niebla (2011) y Evanescencia (2015). También en 2015 apareció su primer libro de relatos, Las alas del escorpión, que contiene el cuento finalista del Premio Juan Rulfo (Francia, 2008), titulado El último tren –el cual podrán leer enseguida–. Desde 2012 edita el blog Niebla y desarrolla el proyecto literario Círculo de Akanthos, proyecto que reúne a cinco heterónimos: Kornelius Dekker (quien figura como autor de Las alas del escorpión), Évangéline Longfellow, John Parker, Jerónimo Alayón y Evaristo Carrión. Cada uno tiene su personalidad y estilo literario propios. Publica semanalmente una columna en ViceVersa Magazine (New York), y trabajos suyos, de índole académica, pueden encontrarse en diversas revistas arbitradas de Latinoamérica y Europa.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Jerónimo Alayón Góme

No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente y se dedique entera a mezquinas cavilaciones.

Thomas Burnet



EL ÚLTIMO TREN


Carátula de Las Alas del Escorpión (Jerónimo Alayón Gómez (Kornelius Dekker) - 2015)
«La vida es un tren que marcha de regreso al cobertizo». Así solía decir mi amigo Franz Herzberg hace poco más de sesenta años. Desde que me desperté a las 5.30 de esta mañana lo he recordado con insistencia, quizás porque me he levantado con un dolor opresivo en la boca del estómago y una debilidad que me trae a la memoria los días en Auschwitz.

Como no tenía ganas de desayunar, me he ido a mi biblioteca para pasar el rato leyendo. Tomé al azar un libro y me sorprendió el hecho de que no sabía que ese libro estaba allí. Al menos no lo recordaba. Es la Balada del anciano marinero, de Samuel Taylor Coleridge. Un libro que nunca he leído. En la primera página tiene escrito de mi puño y letra lo siguiente: Philippe Picard. Caracas, 12.9.1986. Así suelo identificar mis libros. Es una costumbre de familia.

Creo que me afectó leer la palabra anciano, así que me quedé sentado en la butaca con el libro entre las manos. Recordé que había soñado con cumplir los veintiuno. La tradición familiar era celebrarlo con una tarta de manzanas.

Mi madre se esmeró aquel día. Muy a pesar de lo pobre que éramos, hizo la tarta. Desde el día antes había buscado tres manzanas rojas y grandes. La mesa sobre la que comíamos era un reguero de harina. Ella, las pocas veces que hacía tartas, se divertía espolvoreándonos algo de harina encima. Cuando estuvo lista para el horno, me dijo:

–Di si quieres cambiarle algo. Después de que esté horneada, no habrá forma de hacerlo.

Yo sabía que era solo una formalidad que no debía atender. Finalmente la introdujo en el horno de una cocina a leña que ostentaba la marca Beutin con grandes letras.

Al rato, un aroma poco usual inundaba aquel departamento en un París que había olvidado el placer de vivir. Era el preludio de un festejo familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volvía todo a su orden prístino. Lo hacía con tal prolijidad que podía verse en su rostro el placer que le producía. Al sacar la tarta del horno, mi tío Arthur entró a la cocina gritando:

–¡Estamos en guerra!

No recuerdo si comimos la tarta cantando las canciones típicas, pero sí recuerdo los años siguientes a la primavera de 1940.

Este es un libro extraño: muy alto y delgado. Me pregunto de qué tratará. Tal vez no sea buena idea leerlo hoy. Supongo que pudo ser ideal de leer a los veinte, pero entonces no tuvimos tiempo para leer. A los veinte se nos terminó la juventud en un paréntesis de guerra. Siempre leemos: unas veces son libros y otras los no tan claros renglones con que la realidad escribe su guion.

Mi tío Arthur entró a la cocina profiriendo aquel grito y mi madre se arrojó a sus brazos llorando y musitando palabras. Yo no comprendía mucho lo que estaba pasando, pero algo me decía que tenía que ver con mi padre. Una sola vez mi madre me habló de él:

–Se alistó en el frente francés durante la Gran Guerra –me dijo– al tiempo que los alemanes nos iban a invadir. Cuando marchó, ni yo sabía que estaba esperando un hijo suyo. Tú naciste al año siguiente y nunca más supe de él. Fue un héroe.

Mi tío Arthur, asomando el rostro por sobre el hombro de mi madre, me dijo con seriedad:

–Los nazis no son buenas personas. Hay que huir de Francia.

Me quedé mirando a mi tío sin saber qué decir. Tendí mi mano para pasarla por la espalda de mi madre, pero a dos dedos de ella me paralicé. De haberlo hecho, inmediatamente se habría volteado, habría secado sus lágrimas y habría dicho su típico con llorar no arreglamos nada. Era la primera vez que veía flaquear a mi madre.

Este libro es realmente un poema. Parece la historia de un viejo marinero que se echa a la mar, mata un albatros y sufre una serie de castigos.

Cargado estaba el barco, salíamos del puerto,
pasábamos alegres
bajo la iglesia, bajo la colina,
bajo la luz del faro.

Todo comenzó una tarde del otoño de 1940. Mi madre me había pedido que fuera a la zapatería de Franz a recoger un par de zapatos que le había dado para remendar. Yo detestaba ir a la zapatería de Franz. No sé aún por qué, pero yo, lo mismo que muchos jóvenes franceses de mi tiempo, odiaba a los judíos y a los curas. Había oído de algunas detenciones de judíos y me alegraba de ello.

Franz Herzberg y su esposa Frieda, con tres hijos, habían venido de Alemania unos años antes. No se establecieron en el barrio judío, sino en el barrio de La Butte aux Cailles, donde vivíamos. Recuerdo que cuando le pedí los zapatos a Franz él me hizo pasar para que los identificara. Era un local pequeño y atestado de zapatos, pero bastante ordenado. Había logrado identificar los de mi madre, pero fingí no encontrarlos para detallar el lugar. Sentía ese tipo de curiosidad que hace que uno valore un momento como irrepetible.

Había varios estantes de caoba. Los entrepaños no estaban en posición horizontal, sino inclinados por delante hacia abajo, con un listón al centro para retener los zapatos por el tacón. Había un estante para zapatos de caballeros, otro para los de damas y uno más para los de niños. Detrás de uno de los estantes, hacia una esquina, había un letrero con caligrafía inglesa que decía: Oye, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Mientras lo leía me percaté de la mezcla de los olores del cuero y de la madera.

Franz estaba puliendo unos zapatos sobre el mostrador. Lo observaba afanado por obtener más brillo de los mismos y reparé en un violín que estaba debajo del mostrador.

–¿Tocas violín? –pregunté.

–Sí –respondió Franz–, era de mi bisabuelo y lo dejaré a mi primogénito varón. Es la tradición –asentó con orgullo.

No podía creer que un zapatero tocara el violín. Para disipar mi escepticismo le pedí que tocara algo. En mi ignorancia no supe qué fue lo que tocó, pero hoy sé que había interpretado el Adagio de Albinoni.

Estábamos en eso cuando entraron a la zapatería cinco soldados alemanes. Nos apuntaron a Franz y a mí y dijeron algo en alemán que no comprendí. Franz respondió y se marchó con tres de ellos. Los otros dos quedaron en la tienda. Uno de ellos no dejaba de apuntarme con el rifle. Fue la primera vez que sentí miedo de morir. Al rato, Franz bajaba de su departamento con Frieda y sus tres hijos. Uno de los soldados que venía con Franz me hizo señas con el rifle y la cabeza para que me moviera.

–Creen que eres judío –murmuró Franz.

Nos metieron a empujones en un camión militar mientras los niños lloraban. No sé cómo Frieda conseguía abrazar a sus tres hijos a la vez. Nunca olvidaré el rostro de desolación de Franz. Al menos en ese momento sentí compasión por ellos.

A medida que avanzaba el camión vi cómo quedaban atrás la rue de la Butte aux Cailles, luego la iglesia Sainte–Anne y por último la Place d'Italie. Se iban empequeñeciendo y alejando. Pensaba en lo que se angustiarían mi madre y el tío Arthur, pero confiaba en que aquel malentendido se aclararía en unas horas. Al cabo de un rato comencé a sentir rabia hacia Franz y su familia. Creía que todo aquello me ocurría por culpa de ellos. Tuve la osadía de pensar que los nazis tenían razón al perseguirlos.

El camión se detuvo y nos hicieron bajar. Supe por otro detenido que estábamos en el Cuartel de Drancy, al noreste de París. Había varios camiones iguales descargando gente. Un niño de unos cuatro años echó a correr. Un soldado alemán sacó su pistola y le disparó por la espalda. Luego giró a la izquierda y disparó sobre el pecho de la madre que avanzaba gritando hacia su hijo. Un silencio, que años después se me haría familiar, invadió el lugar. Nos alineamos en columnas y empezamos a entrar al cuartel, que ya no era cuartel sino un campo de concentración.

Tal vez debería dejar de leer este libro y desayunar. Mi hijo no vendrá hasta el mediodía. Pero con esta molestia en la boca del estómago no me animo a comer. En fin, seguro que me llevará a almorzar a ese restaurante donde sirven mucha comida en un solo plato. ¡Pobre! Con esta obstinación mía de vivir solo y a mi aire termina sintiéndose culpable. No comprende que la soledad permite sobrevivir al hombre que ya ha visto las entrañas del mal.

Y llegó la tormenta con su soplo
y fue fuerte y tiránica:
golpeó con sus olas dominantes
y al sur nos persiguió.

Y entonces hubo a un tiempo niebla y nieve,
e hizo un frío extraño;
y el hielo, hasta los mástiles, pasó flotando al lado.

–¡Muévanse, bastardos! ¡Suban a prisa! –vociferaba un soldado alemán al que no le quedaba bien el francés gritado.

Íbamos subiendo como podíamos a un tren que no teníamos certeza de hacia dónde marcharía. Supe que mi madre había hecho algunas diligencias para conseguir mi libertad. Todo acabó mal cuando el jefe del campo le puso como condición que satisficiera sus apetencias sexuales.

Luego de la visita de ella, el jefe me llamó a su oficina.

–Por aquí estuvo su madre –me dijo con aire de burla–. Usted fue arrestado en compañía de ese judío que pertenece a La Résistance, así que no se venga a hacer el tonto: ¡usted es otro de esos judíos revoltosos y pagará por conspirar contra el Führer!

Fue la primera vez que oí hablar del Führer. Yo era un barbero y todo aquello me parecía incomprensible. Mañana mismo se me larga de aquí –gritó sacándome a empujones de su oficina. En aquel instante creí que el jefe me liberaría al día siguiente.

Ya estaba bien entrado el invierno y no teníamos ropas adecuadas, por lo cual sospeché que el viaje sería una calamidad. Era un tren de transporte de animales. El vagón que me tocó era pequeño. No tenía asientos y en el piso había pasto seco y restos de bosta. Era de madera mal acabada y no tenía ventanas. Solo dos pequeños respiraderos en la parte alta: uno de ellos con persianas de romanilla y el otro cruzado por alambres de púas. Cuando cerraron la compuerta quedamos casi a oscuras y muy apretados. En ese instante recordé a Franz, a quien no veía desde la llegada a Drancy.

No podría precisar cuánto duró el viaje, pero fue muy largo. A poco de partir, miré por la ventanilla y pude ver que atravesábamos las campiñas de Thieux. Dos niñas huían en bicicleta. Saqué mi mano para saludarlas. Ellas detuvieron su marcha, agitaron sus manos y prosiguieron su rumbo. Cuarenta años después una de ellas fue mi vecina en estas montañas.

En algún momento del viaje, alguien se asomó por una de las ventanillas y gritó:

–¡Estamos en Polonia!

Nadie pareció darle importancia. Yo me preocupé. Nunca había salido de París. En aquel momento, y en muchos más, sentí nostalgia de mi casa, del olor a tarta de manzana y a frijoles, de las tardes de domingo en el bar de la rue Buot y de las mañanas de lunes en la barbería de la rue de L'Espérance. Comencé a echar de menos a mi madre y al tío Arthur.

A pesar de la penumbra pude reparar en una muchacha que estaba casi frente a mí. Parecía de unos quince años. Sobre sus hombros caía un chal que la hacía aparentar más edad. Su cabello, ondulado y con una raya al centro, era de color castaño. Su tez, muy blanca, resultaba casi transparente. Su nariz perfilada y sus labios finos lucían bien compuestos en un rostro ovalado. Dos cejas bien pobladas y una frente estrecha, sin flequillo, le daban un aire de rara delicadeza.

El chico de la ventanilla gritó:

–¡Estamos llegando a Auschwitz!

La joven murmuró:

–Exaltado y santificado sea su gran nombre, amén.

Cuando abrieron la compuerta del vagón logré quedar muy cerca de la muchacha y le pregunté:

–¿Qué fue lo que dijiste hace un rato?

–Es el comienzo de la plegaria judía por los muertos –me dijo en voz baja–. Moriremos aquí. ¿O acaso no sabes dónde estamos?

Quise seguir conversando con ella, pero la confusión para descender del tren me lo impidió. Apenas pude saber que se llamaba Annie.

Y, a la deriva, vimos nevadas escolleras
que enviaban un lúgubre fulgor:
ni hombres ni bestias vimos;
el hielo estaba en medio.

Era ya el final de la tarde. Nos formaron en un andén. Pude ver la extensión blanca del campo. El frío calaba en los huesos y temblábamos más por miedo que por la helada. Avanzábamos en dirección a un par de soldados alemanes. Uno de ellos, bajo de estatura, tenía cruzados los brazos de modo que hacía un número cuatro con ellos. Con el índice de su mano izquierda iba señalando hacia dónde debíamos ir a formarnos en fila. Cuando llegué hasta él no movió el índice. Se me quedó mirando con sus ojos azules. Se volteó hacia el otro soldado y cruzaron unas palabras en alemán. Luego, sin mirarme, apuntó hacia la derecha dos veces.

Sentí un escalofrío. La fila hacia la que avanzaba era apenas la cuarta parte del tamaño que alcanzaba la de la izquierda. Tuve un mal presentimiento: Nos van a matar –pensé–, esta debe ser la fila de los que van a matar. Con mucha zozobra me puse a mirar a los que integraban la fila de la izquierda. Hacia la mitad estaba ella, Annie. Se la veía erguida, con entereza. Recuerdo que en su boca se dibujaba un rictus de tristeza. La desolación de sus ojos me hizo sentir por ella una compasión hasta entonces desconocida, un deseo de protegerla.

Ya de noche pregunté a un preso más antiguo por el destino de los que estaban en la fila izquierda:

–Los fusilaron –afirmó con naturalidad.

Y pensé en Annie. Recordé su rostro en la fila del andén y me sentí culpable por estar vivo. Si me hubiesen planteado ocupar su lugar en el Muro Negro, lo habría hecho. Nunca más la vi, pero su tristeza se quedó en mí.

Nos llevaron a duchar para desinfectarnos. Antes nos cortaron el cabello al ras. No fue un buen corte. Luego de desvestirnos nos obligaron a pasar por una fila de soldados de la SS que nos golpeaban y escupían. Entramos a una sala amplia y nos dispararon agua fría a presión. No sé qué tenía el agua, pero recuerdo que me ardía en mi sexo y en las axilas. Al salir de allí nos hacían señas para que nos vistiéramos a prisa. Cada quien se colocó la ropa y zapatos que primero tomó, sin importar que no fueran suyos. Tuve conciencia de que aún tenía algo precariamente mío: la vida.

Aquella primera noche en Auschwitz no dormí. Trataba de pensar, pero las ideas se agolpaban. Estaba embutido junto a otros seis hombres en un catre de apenas dos metros. Sin cobija, sin almohada y durmiendo directamente sobre la madera. Nunca en mi vida había dormido abrazado a otro hombre, pero el frío calaba en los huesos. Unos días después ya no sería problema dormir a cuenta del agotamiento. Aquella noche me di el lujo de no dormir. No podía sacar de mi mente el rostro de Annie.

Lejos cruzó un Albatros;
a través de la niebla apareció.
Como si hubiera sido algún cristiano,
en el nombre de Dios le saludamos.

Hacia el final de la primavera de 1941 habían muerto dos hombres en nuestro barracón, el XIV. Uno de ellos dormía en mi litera, así que estaba contento de poder estirarme un poco en las noches. Dos días después trajeron a dos prisioneros para completar la falta. Uno era un sacerdote polaco. No podía creer que tuviera que soportar respirando en mi oreja a un cura. La primera noche le advertí:

–No creo en los curas.

–Pues al menos espero que sí creas en Dios. Aquí es la clave para sobrevivir.

Me sorprendió que hablara francés, si bien me resultaron chocantes sus modales comedidos y su aire de imperturbable serenidad.

Transcurridas unas semanas, el barracón estaba convulsionado con el curita. Se rezaban rosarios nocturnos en cualquier rincón y algunos presos, incluso judíos, parecían encontrar fuerzas para paliar la debilidad. A mí todo aquello me repugnaba. Cualquier cosa que no atañera directamente a la supervivencia material me resultaba despreciable. Cierta mañana, uno de los presos se quejaba por tener que meter sus pies llagados en unos zapatos encogidos por la humedad de la faena en el campo. Lo miré con superioridad: Pobre diablo –pensé–, será el próximo en ir al Muro Negro. Mientras pensaba esto, el padre Kolbe se aproximó al infeliz, besó sus pies y rezó. No pude soportar aquello. Salí apresurado a formar de primero frente al barracón, antes del alba.

Un día por fin le dije al curita: No creo en los curas.

–Sí –me respondió serenamente–, eso ya me lo has dicho antes. ¿Y por qué?

La oportunidad estaba servida.

–No creo en los curas porque el sinvergüenza del párroco de mi barrio iba a hurtadillas a meterse en la cama de una mujer casada. Luego, en misa, el curita condenaba el adulterio.

Él se me quedó viendo, entristecido, y me contestó:

–Espero que si te ha bastado un mal cura para dejar de creer en la Iglesia, te baste otro cura santo para volver a creer en ella. Uno por otro me parece un buen trato.

Se dio la vuelta y siguió cavando la zanja. El guardia descargó un culatazo sobre sus riñones y lo derribó. Él solo se paró, musitó algo en latín y siguió su trabajo. En ese momento no me pareció alguien especial. Solo un cura despreciable.

Mi opinión, sin embargo, varió hacia el verano. Un preso de nuestro barracón se había fugado. Aquella noche no dormimos. Ya sabíamos lo que pasaría al día siguiente. El padre Kolbe convirtió otra vez el barracón en una capilla. Allí estaba parado dirigiendo un rosario. Era un hombre no muy alto, de contextura fuerte, rostro redondo y un entrecejo que mantenía fruncido. Mostraba una parsimonia a prueba de insultos. Aquella noche dijo una frase que nunca olvidé: «El odio destruye. Solo el amor crea».

Antes del amanecer nos sacaron a formar delante del barracón. Aquel día no fuimos al campo a trabajar. Estuvimos toda la jornada de pie, expuestos al sol del verano. No nos dieron de comer ni de beber. Tampoco se nos permitió hablar entre nosotros. Solo se oía el murmullo del padre Kolbe y algunos prisioneros rezando. Por fin apareció el comandante Fritzsch y lo incomprensible se haría realidad: diez hombres, escogidos al azar por él, serían llevados al Sótano de la Muerte. Así pagarían por la osadía del preso fugado.

Fritzsch comenzó a caminar por entre las filas. Cuando llegó a mí se me quedó mirando con desprecio de abajo a arriba. Luego miró por encima de mi hombro y gritó al de atrás:

–¡Raus!

Ya habíamos aprendido que en alemán significaba ¡fuera! Pude escuchar al infortunado decir:

–¡Ay de mi esposa y de mis hijos!

Era un sargento polaco de nombre Francisco. Así fue el comandante escogiendo uno a uno los diez que irían al suplicio. Delante de mí había un muchacho joven, extenuado por la tuberculosis y la tos, a quien Fritzsch sacó de último. Al terminar, el comandante se dirigió a nosotros y gritó algo en alemán. El de mi derecha tradujo:

–¡La próxima vez serán veinte o quizás treinta!

Cuando ya estaban los condenados formados en fila y listos para marchar, me tropezó el padre Kolbe. Había salido de la formación y caminaba apresurado hacia el comandante Fritzsch. Por un momento pensé que lo iba a increpar y me dije: Este idiota va a hacer que saquen a otros diez. ¿Qué hace? El padre Kolbe se paró firme frente a Fritzsch e intercambió unas palabras con él. El comandante se rascó la nuca. Parecía dudoso. Y volteándose hacia el sargento polaco gritó ¡raus! El sargento regresó a colocarse justo detrás de mí. El padre Kolbe ingresó al final de la fila de condenados. El comandante volvió a gritar mientras empujaba al padre Kolbe, quien sostenía por las axilas al tuberculoso. Al cabo de unos segundos, tras el barracón XIV desaparecía la fila.

Supe después que el padre Kolbe había implorado al comandante Fritzsch ocupar el lugar del sargento. Nunca me explicaré cómo aquel asesino no se llevó ese día a once presos en lugar de diez. Era lo que su lógica criminal tenía que haberle dictado. El padre Kolbe sobrevivió a la inanición por tres semanas. Al cabo le inyectaron veneno para liquidarlo. Día a día obteníamos noticias del cura. Bruno, el sepulturero, pasaba clandestinamente la información. Un día le pregunté:

–¿Crees que puedas arreglar que baje allá para ver al curita?

–Sí, pero no podré arreglar que subas de allá –añadió con ironía.

Cuando el padre Kolbe murió, fue la única vez que vi a los presos llorar por la muerte de un compañero. La apatía y la indiferencia enmascarada nos libraban de sentir conmiseración por el dolor ajeno. Con el padre Kolbe fue distinto. Nunca podré entender cómo en aquel basurero que llamábamos anus mundi (el ano del mundo) pude toparme con algo sublime de mí.

Definitivamente sí voy a desayunar. No resisto pasar hambre. Mientras preparo un café con leche y una tostada miro por la ventana de mi cocina. Diviso lomas de montañas, una tras otra, y al final el mar Caribe. Llegué a estas tierras en 1946 y me adapté a la vida del trópico, a su gente bullanguera. Luego del desayuno me vi tentado de no seguir leyendo, pero soy muy testarudo, me cuesta dejar algo a medias. Hasta para morirse hay que tener constancia.

Pasó así un tiempo fatigoso. Toda
garganta estaba seca,
y los ojos vidriosos. ¡Qué tiempo de fatiga!

Sobreviví en Auschwitz gracias a que era barbero. Al principio solo cortaba el cabello de los que pasaban la selección del andén. Lo clasificaba por forma y color y lo guardaba en bolsas de sayal. Desde 1944 ejercí de barbero en una forma diferente. Nos habían cambiado el guardia de nuestro destacamento por otro de padres franceses. Conversaba parcamente en buen francés.

Un día me preguntó:

–¿Si no eres judío, por qué llevas el distintivo?

–No soy judío –asenté–, pero fui arrestado en la zapatería de un judío.

Algunas semanas después, otro guardia me sacó de la formación y me condujo hasta una ambulancia con una cruz roja. Al verla se me heló la vejiga. En ella trasladaban a los judíos a las cámaras de gas en Birkenau, el nuevo Auschwitz. Cuando la ambulancia se detuvo, frente a mí estaba el guardia de la SS que tenía padres franceses. Se acercó y murmuró:

–Te he conseguido mejores condiciones, pero debes hacerte pasar por judío.

Unos minutos después yo era un sonderkommando de Birkenau. Formaba parte de un comando especial de judíos cuyo trabajo era desnudar y conducir a las víctimas hasta las cámaras de gas. Luego debía sacarlos de allí, cortarles el cabello, despojarlos de sus piezas de oro en la boca, llevarlos a los crematorios y eliminar las cenizas. A mí me tocó la tarea de cortar el cabello. Estábamos aislados del resto de los reclusos y recibíamos una ración extra de sopa o de pan. También era frecuente que algunos soldados de la SS nos contaran sus infidelidades y conflictos matrimoniales. Incluso se permitían hacer confesiones imprudentes sobre el curso de la guerra o sus jerarcas.

¿Es una Muerte? ¿Hay dos?
¿Es la Muerte quien va con la Mujer?
Era la pesadilla de la Vida–en–la–Muerte
que con su frío cuaja la sangre de los hombres.

No pude adaptarme a mi nuevo trabajo. Solo había un modo de renunciar a él: entrar a la cámara de gas. En una ocasión, otro sonderkommando que me ayudaba metiendo víctimas en la cámara IV me dijo:

–Voy a entrar, no soporto más.

Se quitó la ropa y entró. Estuve a punto de hacer lo mismo, pero un pensamiento me detuvo: Debo vivir para contar al mundo este horror.

Antes de entrar a las cámaras de gas, había un amplio local que simulaba ser la antesala de un baño. Allí los reos, en su mayoría mujeres, se desnudaban y dejaban sus pertenencias apiladas en una gigantesca montaña. Al principio hacían por cubrir su desnudez ante nosotros, pero pronto la vergüenza desaparecería junto con la vida. Aún por las noches despierto con sus rostros en mis pesadillas y los gritos de sus gemidos.

Recuerdo a una anciana que tenía en sus brazos a una niña de dos años. Ella sabía que morirían, pero hacía cosquillas en el cuerpecito desnudo de su nieta. La niña reía a carcajadas. La abuela completaba el juego con largos y tiernos besos. Hice algo imprudente: fui hacia la pila de ropas, extraje una muñeca y se la entregué a la niña. La anciana me sonrió. No podía entender aquella serena sonrisa en vísperas de la devastación.

Se abren las puertas del infierno y el silencio lo domina todo. Ha llegado el momento. Tomo del brazo a la anciana y hago señas al grupo para que avance. Caminan hacia el interior de la cámara bajo la mirada de algunos soldados de la SS. Dos de ellos cierran la pesada puerta y la aseguran. Es de noche. Dos figuras, fantasmagóricas, surgen en medio de la niebla con sendas máscaras. Caminan hacia un respiradero de la cámara por el que arrojan el contenido de unas latas. Casi inmediatamente comienzan los alaridos que se prolongan por varios minutos. En mi mente resuena la risa de la niña. Aprieto los dientes hasta sangrar. El espanto de la muerte acalla todo. También nuestras conciencias y toda voluntad de protestar. Es la vida en muerte.

Cuando se volvían a abrir las puertas, cada sonderkommando hacía lo suyo. Yo era un barbero de la muerte. Tropecé con la anciana y la niña de dos años. Terminé de cortar el cabello de la niña y guardé un mechón en mi bolsillo. Lo enterré más tarde, junto con la muñeca, al pie de un tejo. Muchas veces fui delante del tejo, cada vez que me tocaba afeitar a un niño. Después de la liberación quise desenterrar la muñeca y el mechón de cabello, pero no pude.

En torno, en torno, en giro y en orgía,
los fuegos de la muerte danzaban por la noche.

Una vez que habíamos limpiado los cadáveres, eran subidos a una carreta y trasladados a la sala de crematorios. Treinta bocas no paraban de arder. Los cadáveres eran colocados en filas de a dos frente a cada boca de horno. De cuando en cuando, entre dos cadáveres yacía el tercero de un niño.

Todas las bocas eran iguales: un arco de medio punto con una pesada puerta de metal que nunca cerrábamos. Abajo de la boca, otro orificio de forma rectangular recibía el combustible, aunque el verdadero combustible era la grasa humana. La escena era fuseliana. La pequeña boca no cesaba de engullir cadáveres. En veinte minutos el fuego devoraba lo que fue un mundo de sueños y esperanzas. Otro sonderkommando, viendo el connubio entre llamas y cuerpos, musitó alguna vez:

–Vasto mundo libre, ¿verás algún día esta llama?

Se llamaba Zalmen. Y se había percatado de que yo no era judío.

–Si fueras judío –me increpó–, tendrías otro comportamiento ante los hermanos muertos. Los judíos no aceptamos la cremación y lo menos que podemos hacer es recordar la oración por los muertos: Exaltado y santificado sea su gran nombre...

–Annie –grité–, Annie –susurré.

Zalmen intuyó algo.

–Te enseñaré el kadish, la oración judía por los muertos, para que la recites antes de introducirlos a los hornos.

Yo no era judío, pero el tiempo que fui sonderkommando la recé como si lo hubiese sido, y recordando a Annie.

Unas semanas más tarde estaba en la enfermería atendiéndome una lesión en el pie izquierdo. Escuché varias explosiones, muy fuertes. Una sublevación de los comandos especiales había volado el crematorio IV. Al día siguiente me incorporaron al crematorio II. Me ordenaron acarrear cuerpos hasta los hornos. El cadáver de Zalmen estaba frente a mí. Tomé las pinzas con pulso tembloroso y lo arrastré hasta el vestíbulo de una de las bocas.

Su rostro lucía sereno. El horror no había conseguido ajarlo. Recé el kadish con respeto invocando la memoria de Annie y de Franz. Lo introduje al horno, pero las llamas se negaron a hacer su trabajo. Tardó más de lo habitual en consumirse. Comprendí que la maldad es el imperio de unos pocos hombres a quienes los hombres buenos no ponen límites, que a pocos kilómetros de Auschwitz proseguía la perístasis de la vida, que en el mundo hay tanta alevosía como complicidad.

¡Solo, solo del todo,
solo en un ancho mar!
¡No sintió ningún santo compasión
de la angustia de mi alma!
Todos quedaron muertos:
y mil y mil viscosos animales
siguieron vivos, y lo mismo yo.

Fue antes de ser un sonderkommando. Una mañana, en la litera de enfrente, ocupando el lugar de un recluso gaseado, estaba Franz. No lo podía creer. El destino nos había reunido nuevamente. Hice arreglos con un interno para ocupar su lugar junto a Franz, a cambio de mis zapatos relativamente buenos. Pasábamos las noches contándonos historias. Nos hicimos amigos. Soñábamos con increíbles recetas de cocina francesa para cuando saliésemos de Auschwitz.

Estaba acabado, con el poco pelo que tenía blanco. Me dio tristeza que me contara cómo habían asesinado a su esposa e hijos en Treblinka.

–Nos separaron en el andén de Treblinka –me contó. Ella abrazaba a mis hijos mientras me sonreía. Sabía que morirían. A mí me deportaron a Dachau.

Franz estuvo en la barraca XIV tres semanas. Una noche me dijo:

–Estoy en la lista del comandante.

A la mañana siguiente lo vi sentado al borde del catre, limpiando como podía sus zapatos. Se los calzó, me miró y sonrió. Horas más tarde pregunté por Franz a un recluso que hacía de correveidile. Me señaló las chimeneas del crematorio.

–Ya está ascendiendo –dijo.

Un nudo de amargura ató mi garganta y de nuevo sentí culpa por estar vivo.

Déjame estar despierto, oh Dios mío, o si no,
déjame que me duerma para siempre.

Cuando se esparció el rumor de que los rusos se acercaban a Auschwitz, nos mandaron a la cámara de gas a todos los comandos especiales. Yo me escapé. Aprovechando la confusión, recorrí a pie los tres kilómetros que nos separaban de Auschwitz I y me mezclé entre los reclusos. Al evacuar la SS el campo, yo fui de los pocos que quedaron para la llegada de los rusos. Al verlos temblé, como aquel día ante los soldados alemanes en la zapatería de Franz.

Seis semanas más tarde llegué por carretera a mi barrio en París. Nunca más he tomado un tren. En el departamento no estaban ni mi madre ni el tío Arthur. Quién sabe a qué campo fueron deportados por pertenecer a la Resistencia Francesa. Nada tenía sentido. Quizás hubiera sido mejor quedarse para la cámara de gas. Europa era el continente de la culpa y la desolación. Decidí venir a América y armar el rompecabezas con el despojo de mi existencia.

Desde entonces, en horas imprevistas,
esa angustia me vuelve:
y hasta que no se cuente mi relato espectral,
me quema el corazón.

Esta opresión en la boca del estómago ahora se me expande a todo el pecho. No sé si cumplí mi misión: vivir para contar el horror. ¿Puede el horror decirse con palabras y quedar uno indemne? He comprendido la sonrisa de Frieda, de Franz y de la anciana en la cámara IV. Es la sonrisa de La Gioconda.

Solo Annie se resistió a sonreír. Su rostro no tiene texto posible. Por eso habita en mis sueños. He tendido mil veces mis manos, pero no logro alcanzarla. En su rostro están todos los Auschwitz que aún no son. Sus manos me harán cálido el regreso al cobertizo del último tren.

Creo que no alcanzaré a almorzar con mi hijo. Pronto se abrirá la puerta. Ya no temo. Exaltado y santificado sea su gran nombre, amén. Ya he pulido mis zapatos. Estoy sentado al borde de mi cama. Listo para sonreír, Annie.

3 comentarios:

  1. Agradezco infinita y sinceramente al profesor, escritor y gran amigo Jerónimo Alayón Gómez, por permitirme compartir con todos los lectores del blog parte de su obra. ¡Que disfruten la lectura!

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  2. Por Dios... Yo crecí con esas narraciones pero soy judía y toda mi familia ha perecido en el Holocausto menos mis padres. un venezolano nacido en 1966 no ha vivido eso. Cómo llegó a ese tema espantoso y logró expresarlo con tanta veracidad?

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  3. La tuya es una pregunta excelente, querida Krina! Le pediré al autor que, si le es posible, nos cuente cómo fue el proceso de creación de este cuento. Como dices, es muy veraz y delata mucho conocimiento del tema que aborda, y lo trata con las dosis justas de sutileza y realismo..., o al menos eso me pareció a mí. Gracias por compartir tu impresión, se la haré llegar al profe Alayón.

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