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lunes, 17 de julio de 2017

LA RADIOGRAFÍA – Blas Millán

Manuel Guillermo Díaz (Caracas, 1901-1960). Escritor venezolano, quien escribió bajo el seudónimo de Blas Millán. Publicó los libros de relatos Cuentos frívolos (1924) –selección reeditada y aumentada en 1925 y 1950-, Y La radiografía y otros casos (1929) –volumen que incluye el cuento que leerán más adelante-. Si bien se trata de un autor poco difundido y, por ende, poco conocido de la literatura venezolana, su obra contó con la aceptación del público de su época y su cuento La radiografía ha sido incluido en diversas antologías representativas del género en Venezuela.



LA RADIOGRAFÍA


Carátula de La radiografía y otros casos (Blas Millán - 1929)
José, intelectual nada millonario, no se podía casar, según su propia aliteración, con una de esas muñequitas sin sesos, que prefieren los pesos a los besos. He aquí por qué al conocer a Mercedes, comprendió que era la mujer conveniente para un hombre de su temple espiritual.

Doctora de la Universidad de Caracas, Mercedes acababa de regresar de un viaje por Europa, empleado en especializarse en Ginecología y Obstetricia.

Mercedes no había tardado en granjearse el apodo de sufragista: usaba cuellos, camisas y corbatas masculinos. Publicaba anuncios en que se ofrecía para asistir partos. Sus faldas, carentes de adornos, casi siempre negras u oscuras, semejaban sotanas recortadas a la altura de las rodillas. Tenía ojos negros, de suyo grandes, dilatados por las miras elevadas y por el aumento de sus lentes montados en carey.

En plena Plaza Bolívar, recostada en la baranda, leyendo un periódico, hacíase lustrar los zapatos por los limpiabotas, poniendo los pies sobre la caja con desenfado varonil. Un día de Carnaval disfrazóse de mujer con un traje de baile de una prima: entonces se opinó que era más bien bonita, con cierto airecillo sentimental, suministrado por su palidez, y por la contracción de sus rasgos, que revelaba una tensión constante de la voluntad, susceptible de suponerse utilizada en el sufrimiento estoico de un romántico desencanto.

Se tiraba de los tranvías sin aguardar la parada del vehículo. Atenuaba la severidad de sus paltós, de corte masculino, con una rosa en el ojal de la solapa. Los hombres le curioseaban gustosos las piernas, de enérgica línea deportiva, que se prestaban a las inspecciones profundas, gracias al descuido feminista con que las cruzaba, y a la circunstancia de no extremar su imitación del hombre hasta el punto de usar calzoncillos.

Su padre, al enviudar, había dicho: Un hombre que pierde a su mujer no sabe lo que ha ganado. Huérfana de madre, Mercedes se fue educando sucesivamente en casa de todas sus tías paternas y maternas, que ninguna la aguantaba más de un año, por su travesura y genio rebelde. Soportó los estudios de la Universidad y en el Hospital de Caracas, a pesar de las bromas de sus condiscípulos, a quienes faltaba el grado de civilización necesario para guardar la seriedad junto a una estudiante de medicina. Una vez le metieron en el carriel algunas anatomías que no habrían podido quitar a un cadáver femenino.

* * *

A poco de conocerse, tuvieron Mercedes y José un diálogo que permite formarse un concepto aproximado de la elevación de sus coloquios:

-Usted me dice, José, que quiere casarse conmigo. En un principio no me niego. Pero antes de aceptarle, preciso que nos sometamos a un tratamiento.

-Pero si no estamos enfermos.

-No se espante, que estoy dando a la palabra una acepción nueva.

-¿Una acepción?, interrogó embobado José.

-Sí; llamo tratamiento la acción de tratarse un hombre y una mujer, durante mucho tiempo, para saber si pueden ser felices casándose.

-En suma, un flirt.

-No, porque el tratamiento, como yo lo entiendo, no tiene la futileza del flirt.

-Yo le aseguro, Mercedes, que nunca pensé proceder con usted como con una charlestonera cualquiera.

-Encantada. Pero sépalo, que yo conduciré el tratamiento con mucha seriedad, y que espero que usted hará lo mismo. Antes que en divertirnos, pensaremos en estudiar minuciosamente nuestros caracteres, para investigar si son adaptables el uno al otro.

José aceptó, sin quedar muy convencido de que, en resumidas cuentas, la diferencia entre el tratamiento y el flirt no fuese sino cuestión de palabras. Pero ¿qué importaban las manías discursivas de Mercedes, si era apta para ganarse la vida y carecía de hábitos de mundanidad y lujo? Con semejante esposa, un hombre podía dedicarse a profundos estudios eugenésicos, seguro de hallar en su cónyuge antes una ayuda que una impedimenta.

* * *

A poco de comenzado el tratamiento, trabajaba José una mañana en su laboratorio de química, cuando le vino una idea que juzgó brillante y original. Deseoso de ponerla en práctica cuanto antes, dejó unos análisis que tenía pendientes, y corrió a casa de un médico amigo.

-Hermano, le dijo, quiero que me hagas una radiografía del corazón. No. No estoy enfermo. Es que quiero regalársela a Mercedes en prueba de amor. ¿No te parece original y modernista la idea? Para que te molestes lo menos posible sólo tomarás la radiografía. Yo revelaré la placa en mi laboratorio. El chassis te lo devuelvo dentro de media hora.

Rato después José revelaba gozosamente una radiografía perfecta. Para mayor rapidez la secó al calor de una hornilla luego de haberla lavado en alcohol. Acto seguido imprimió una positiva que, todavía húmeda, llevó corriendo al fotógrafo, a quien encomendó recortarla y pegarla en una cartulina. A todas estas, los análisis estaban suspendidos en el laboratorio.

La mañana siguiente, empeñado José en inventar una dedicatoria apropiada a la novedad del presente, aplicó el método de rascarse vigorosamente la cabeza. Mas aunque sacrificó muchos cabellos a la musa, la inspiración no le vino, y hubo de conformarse con un laconismo: A Mercedes, dedico esta radiografía de mi corazón. Por consolarse de su fracaso retórico, decíase: soy el único novio que ha dado con la manera de regalar a su novia una fotografía que no sea lamentablemente trivial y cursi. En seguida envió el recuerdo a la doctora.

* * *

José era químico de profesión. Pero su ideal cifrábase en regenerar la raza venezolana por medio de la eugenesia y ciencias anexas. A menudo se le veía predicando sus ideas ante mecánicos, barberos, sirvientes, empleadillos, colegiales, que le escuchaban asombrados.

"Criar un niño defectuoso de nacimiento, les decía, es un crimen para con él, y un largo martirio para sus padres. Un niño así debe ser cloroformizado y degollado inmediatamente después de nacer".

"Los hombres debían prepararse para el matrimonio como los niños para la primera comunión, esto es, con largo retiro consagrado a purificar el organismo con la purga que es la confesión del cuerpo, el ayuno y la hidroterapia que son la penitencia, y la gimnasia que es la oración".

"En el porvenir, el Estado no casará sino a hombres y mujeres que hayan percibido el certificado de aptitud intelectual para la paternidad y maternidad; certificado que se otorgará después de severos estudios de pedagogía, psicología, psiquiatría, fisiología, higiene, hidroterapia y gimnasia. Los padres de entonces no se figurarán, como los de ahora, que la educación de un hijo consiste en darle fuerte regaño de cuando en cuando, e inocularle cuanto antes el virus religioso".

Como Mercedes escribía en los diarios en favor del certificado de sanidad prenupcial, se ve que los ideales de José tocábanse en parte con los de su novia. José tenía aptitud para la propaganda oral; Mercedes, para la escrita: se complementaban.

José habría podido ganar mucho con su profesión. Se le reputaba por un químico excelente. Pero su tardanza e irregularidad en el trabajo, mermábanle de continuo la clientela. Como no era rico, no anhelaba ganar mucho dinero. Al ponerse a discurrir sobre eugenesia, olvidábase de su laboratorio y de sus compromisos. Y no pasándose día sin que sermoneara sobre el particular, las quejas llovíanle cotidianamente.

José no había podido concebir ninguna idea original aplicable al mejoramiento de la especie, hasta que se publicaron en Caracas los experimentos hechos con el aparato electro-magnético-terro-celeste de Christofleau, que, según se sabe, capta diversas corrientes naturales, y sirve para dar a las plantas un desarrollo que deja muy atrás el de los uveros de la Biblia. Entonces brotó en José la genialidad de construir un sombrero metálico, rematado por un aparato de Christofleau, cuyo uso aprovechase a los viejos para rejuvenecer, y a los niños para superar la talla enana, la enclenque musculatura, y el rudimentario intelecto de la actual humanidad, como decía José con vigorosa adjetivación. Durante las tempestades, habría que quitarse el casco eléctrico por evitar un centellazo. El polo de tierra: un tacón metálico.

Un escéptico epicúreo argüyó a José: Yo me guardaría de aplicar el casco que usted ha inventado, si efectivamente sirve para lo que usted cree. Supongamos que nuestros hijos adquirieran una talla de dos o más metros y un grado de inteligencia muy superior al de Goethe o Cervantes. ¿Concibe usted que nos dejarían envejecer en paz? ¿No es más probable que nos exterminaran a todos, movidos por el desdén grandioso que les inspiraría nuestra flaqueza, y también por vengarse de quienes, formándolos tan grandes, les condenaron a la terrible tarea de adaptar a sus dimensiones extremadas, y de un momento a otro, este planeta que la humanidad viene acondicionando para su pequeñez desde hace millares de siglos? Imagínese: tendrían que empezar por construirse casas, y de nada les servirían nuestros automóviles, ferrocarriles, transatlánticos, que para ellos serían incapaces e insuficientes... Pero suspendamos esta antojosa fantasía.

-Yo, respondió con dignidad José, recibiría gustoso cualquier tormento después de haber formado una superhumanidad así.

Días antes tuvo un fracaso costoso, ensayando con un chivito muy cachorro, un casco eléctrico improvisado para los primeros experimentos. No bien puesto el aparato, cuando el animal arrancó a correr por el laboratorio, embistiendo contra las paredes por quitarse el molesto mecanismo; y como José precipitárase a sujetarlo, el chivito, movido por sus instintos brincones y trepadores, saltó sobre las mesas barnizadas de blanco y quebró con alegre son, retortas, lámparas, frascos, sopletes, morteros, tubos, hornillas, vasos, probetas, cubetas, embudos y envases con materiales que demostraban la miseria fisiológica de muchas personas respetables.

* * *

Una hora después de enviar a Mercedes el presente, recibió José la carta que a seguidas copio:

Mi estimado amigo:

Acabo de recibir su radiografía. Me apresuro a manifestarle mi agradecimiento por su gentileza, y a comunicarle mi reacción psíquica ante un regalo tan excéntrico.

Usted, querido amigo, tiene un comienzo de dilatación del corazón, como se ve claramente en la radiografía. Se debe sin duda al exceso de cigarrillos y a los cocktails que usted, a pesar de sus ideas higiénicas y eugenésicas, no deja de fumar y beber. Es extraño que usted no empiece por aplicar a su propio organismo, las prácticas salutíferas que recomienda a los demás.

Ahora bien: la profesión de médico me encanta, pero la de enfermera me horroriza. Si yo me casara con usted, me sería forzoso, andando el tiempo, convertirme en su enfermera y esta degradación no me sonríe en absoluto. Así, pues, suspendo nuestro "tratamiento", hasta que usted, sometiéndose a un régimen adecuado, detenga y corrija la señalada degeneración. Le aconsejo ir a un sanatorio europeo.

Demás está decir que no quedamos obligados, el uno para el otro, ni a guardarnos ausencia, ni a rechazar partidos convenientes si se nos presentan. Deploro mucho lo sucedido, y espero que usted seguirá mi consejo. Todavía hay tiempo de lograr una curación definitiva. Inútil agregar que la suspensión de nuestro "tratamiento", no significa la de nuestra camaradería y amistad. Eso estaría bueno para gente de mundo. Usted puede visitarme y salir a paseo conmigo cuando quiera, con la única condición de no hablarme de matrimonio. Esta misma tarde, si usted quiere, puede verme para indicarle el régimen que debe seguir.

Mercedes.

2 comentarios:

  1. cómo ha cambiado el mundo y nuestros costumbres! Buenísimo cuento Adriana, los extraño!

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  2. Sí, mi queridísima Krina, es un cuento realmente genial, que da cuenta de lo mucho que hemos cambiado, pero también de esas cosas que permanecen igualitas! También te extrañamos, ojalá podamos coincidir pronto!

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