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lunes, 9 de abril de 2018

OPHIDIA – Gustavo Díaz Solís

Gustavo Díaz Solís (Güiria, 1920 – Caracas, 2012). Abogado, profesor universitario, traductor, ensayista y narrador venezolano. Ejerció su labor docente en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y en el Instituto Pedagógico de Caracas (IPC). Fue presidente del Colegio de Profesores de Venezuela (1958), miembro del Consejo General de la Casa de Bello (1982) y Presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, CELARG (1987). Fue colaborador de los periódicos y revistas venezolanos Élite, Revista Nacional de Cultura, El Heraldo, El Nacional y Fantoches. Su abundante obra literaria incluye los libros Marejada (cuentos, 1940); Llueve sobre el mar (cuentos, 1943); Arco secreto (1947); Cuentos de dos tiempos (1950); Cinco cuentos (1963); Ophidia y otras personas (1968); Cuentos escogidos (1997) –volumen del que he tomado el cuento que disfrutarán a continuación, publicado originalmente en la Revista Nacional de Cultura (nº 57 de 1946)-; El mosaiquito verde y Crótalo (2010). Fue merecedor del Primer Premio en el Concurso de Cuentos de Fantoches (1942), por su cuento Llueve sobre el mar, y Tercer Premio en el Concurso de Cuentos de El Nacional (1947), por el cuento Arco secreto; y recibió el Premio Nacional de Literatura en 1995.



OPHIDIA


Carátula de Cuentos escogidos (Monte Ávila Editores Latinoamericana - 2004), de Gustavo Díaz Solís
Mi vida está detenida al margen de su vida apagada. Refugiado en la oquedad de este árbol, al abrigo del relente de la madrugada que desciende de lo alto de la selva, evoco sus gestos que ya no podrán repetirse. Hace frío y la humedad pesa en el aire y en la niebla que se desplaza despacio entre el ramaje. El suelo está mojado, y por el brillo de las hojas carnosas la luz huye de la sombra verde.

¡Ah, qué hermosa era Ophidia! En el duermevela retorna su perfil exacto, sus ojos donde crepitaba una diminuta y misteriosa astronomía. Ya no podré olvidar su fina boca que aun en los momentos de abrirse desmesuradamente para dar asilo al alimento era tan graciosa; ni su cuerpo pardusco adornado de cruces rojinegras. Persiste en mis sentidos la suavidad de su vasto pecho amarillo, la quietud de sus maneras, su personal garbo al arrastrarse, la inefable elegancia con que iniciaba el ascenso a los árboles.

Hace un momento ha partido Cazadora, mi pequeña y fiel amiga. Y en el insomnio me he puesto a repasar este amargo suceso de mi vida. Cazadora ha acercado a mí su gesto de consuelo y, como siempre, ha repetido parte de la triste historia. La parte que yo no vi.

Aún parece que vivieran allí aquellas gentes. Habían construido una cabaña en la linde de la selva. Eran un hombre y una mujer. El hombre, alto, rubio. La mujer, baja y muy blanca. Curioso que hicieran tal contraste. Ophidia y yo teníamos mucho parecido. ¡Acaso por esto pude amarla tanto! Pero el hombre y la mujer eran distintos. Él tenía una voz estentórea que hacía eco. Ella, una voz suave que resbalaba en las cosas.

Vivían una extraña vida. La mujer salía poco. No he podido explicarme cómo lograba alimento dentro de aquella cabaña. Seguramente se lo llevaba el hombre, como hacemos nosotros con nuestros familiares cuando están demasiado viejos. El hombre era muy de vida afuera. Tanto, que en varias ocasiones casi nos topamos en la selva. Entonces yo me apresuraba a subir a un árbol. O quedaba inmóvil en la hojarasca. Desde arriba veía su cabeza redonda, poblada de pelos amarillos. Desde abajo me aporreaba el ruido sólido que hacía al desplazarse.

Al hombre gustábale sorprender a su mujer con rarezas que hallaba en sus incursiones a la selva. Frente a su asombro, él soltaba la risa escandalosa, desproporcionada.

Cazadora conoce bien estos detalles que yo nunca he podido verificar, porque ella vivía en el maderaje de la cabaña. Desde su discreto mirador pudo ver cómo se desarrollaba la vida de aquellos seres y también todo lo que después ocurrió...

El hombre a veces entraba en la selva y abatía las aves con un arma que proyectaba fuego y ruido en el aire. Asimismo alcanzaba otros animales en su carrera. Parecía que su principal propósito era matarlos para mostrar los cadáveres a su mujer. Cazadora me ha contado que precisamente las aves más hermosas eran lanzadas a la maleza después que pasaban la sorpresa y los comentarios. Otras veces, de noche, el hombre salía. Entonces botaba un gran chorro de luz por la frente.



Cierto día Ophidia me dejó antes del alba para regresar al árbol de sus padres. Hacía tiempo que no iba por allá y pensó que saliendo a esa hora hallaría algunos conejos que llevarles. (Los pobres estaban tan viejos que podían subsistir durante todo el invierno con un par de conejos.

Esforzándome por traer a mi memoria los hechos de aquel amanecer, recuerdo que aún estaba semidormido cuando por el aire un gran ruido subió como un humo muy rápido.

Después Cazadora me contó que ese día el hombre regresó a la cabaña arrastrando el cadáver de Ophidia. Esa vez no entró de súbito. Esa vez flanqueó con sigilo la cabaña, y por la puertecilla lateral se introdujo en la estancia.

Cazadora entonces se deslizó rápidamente.

El hombre limpió del cuerpo de Ophidia el barro que había recogido en la travesía y lo dispuso en tal forma que un extraño podía creer que estaba dormida.

Luego salió afuera de puntillas y sólo se alejó por la vereda que conducía a la cabaña para devolverse a poco, silbando distraídamente.



Lo que sucedió después es ridículo. Aquel hombre valióse para su placer del más abominable procedimiento. No estuvo satisfecho con quitar la vida a Ophidia, sino que preparó aquella farsa.

La mujer entró a la estancia. Vio el cuerpo de Ophidia. Rayó de un grito el aire y trató de ganar la puerta. Pero antes de que pudiera hacerlo vino al suelo, tomada de una parálisis de pánico.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

El hombre saltó de su escondrijo. Entre risotadas deslizó melosas palabras a su mujer. Ella se fue sosegando poco a poco y el color habitaba de nuevo su rostro. Mientras tanto el hombre la acariciaba prolijamente. Por último, allí mismo, realizó con ella un precipitado acto lleno de ruidos y movimientos.



Esto lo supe después de una larga espera en la que filtrábase la angustia. Comencé a estar urgido de venganza.

Entonces el árbol familiar y las noches lóbregas de la estación lluviosa fueron de especial soledad. Un total desgano anuló todas mis normales apetencias. Supe en aquella imprevista conjunción, cuánto había amado a Ophidia; cómo estaba aferrada mi vida a la suya, bruscamente abolida. Quise morir. Pero cómo es de cierto que la muerte no prospera donde hay demasiadas fuerzas sosteniendo la vida. Así, en aquellas tristes horas, mi inmensa energía no me dejó perecer. Mi aflicción era rechazada por esa vasta posibilidad vital que caracteriza a los seres de mi especie. Probé mudar de paisaje.

Imaginé huir a una comarca desierta donde no hubiese espiral de liana ni redondez de árbol que me trajese su recuerdo. Intenté la evasión. Pero al llegar a la margen del gran río me faltaron fuerzas —¡increíble!— para cruzarlo. Torné, pues, al cotidiano ambiente. Visité los sitios que habían sido de nuestra predilección. Trepé, torturándome, nuestros árboles favoritos. Verifiqué las sinuosas huellas que habíamos trazado, sobre las cuales comenzaba a cerrarse la hierba. Experimenté no sé qué placentero dolor en el dolor de revivir los días placenteros. Y en toda aquella peregrinación de congoja me acompañó —aguda esquirla— la idea de la venganza.



Todavía estaban allí. Para el asesino la muerte de Ophidia fue seguramente un hecho más, recuerdo a la deriva en el pasado. Cómo era posible que una aberración de perspectiva hubiese convertido la más hermosa realidad de mi vida en razón de bastarda, irracional complacencia. Aquellas horas fueron de interior consulta. Medité sobre la importancia que tenía este desconocimiento de las distintas especies con relación a sus respectivos ciclos vitales. Cómo una intervenía violentamente en el ciclo de otra, sin reparar en las consecuencias de su intervención. Cavilando de esta manera llegué a la conclusión pavorosa de que la creación era la obra de un poderosísimo e inspiradísimo inepto, puesto que no parecía haber otra manera de subsistir sino por la destrucción de los demás y la incorporación del organismo de otros seres a nuestro propio organismo. Y por debajo de estas convicciones recurría el rencor.

La necesidad de tomar venganza circulaba ya en mi sangre —hielo en el hielo.

Necesitaba explorar, analizar las circunstancias. Tenía que acercarme a la cabaña. Y así lo hice durante varias noches.

Desgraciadamente, aquella gente no parecía dejarla a esa hora. Debían de temer la oscuridad, porque apenas invadía llenaban la cabaña de una gran claridad amarilla. Yo no podía observar con precisión, pues la prudencia me aconsejaba instalarme entre las ramas de un árbol que se alzaba en el patio. Con todo, conocí algo de la apariencia de la compañera del hombre. Me llamaron la atención sus ojos, que eran como diez veces los de Ophidia. Carecían no obstante, de la vivacidad de éstos, de su encantadora fiereza. El hombre miraba mucho a su mujer y extendía hacia ella repetidas veces las manos y los brazos. A mi entender la finalidad de tales movimientos era poner su piel en contacto con la piel de su compañera. Advertí en esto cierta analogía con nuestros hábitos.

La mujer logró interesarme. Debo confesar que tenía gracia. No sé si las flexiones de sus brazos me obligaban a asociar la imagen de los movimientos de Ophidia, o si en su andar había algo de las voluptuosas contorsiones de mi desaparecida compañera.



Una noche mientras vigilaba, otro hombre, pequeño, llegó a la puerta de la cabaña. Yo nunca le había visto. El recién llegado golpeó en la puerta con los nudillos. La puerta se abrió. El hombrecito penetró en la luz interior. La puerta tornó a cerrarse. Poco después abrióse de nuevo y salieron el desconocido hombrecito y el hombre.

Era una oportunidad incomparable...

Avanzaron. Detuviéronse casi debajo del árbol donde me hallaba agazapado. El hombre se acercó las manos a la cara. Hizo una pequeña luz y luego exhaló humo por la boca.

Ya estaba pronto a saltar. Y no pude, ¡no pude hacerlo...! Inesperada parálisis inmovilizó mi cuerpo. Parecía estar vivo en piedra. Temí caer. Y entonces, sin previa sensación de alivio, se me aflojaron los músculos, como si lo que me mantenía rígido se hubiese derretido suavemente. Miré hacia abajo. Nada había. Maleza adentro una lucecita saltaba en la oscuridad.

Desconcentrado, comencé a buscar el descenso.

Entonces percibí que entre la pared y la puerta había una gruesa raya de luz.



Sin vacilaciones me deslicé hasta el suelo. Traspuse la pequeña distancia y me asomé por la rendija. Con la cabeza empujé poco a poco y me arrastré pegado a la pared hasta que tuvo fin. Creo haber visto de soslayo que la mujer, sentada, jugaba con unos hilos de colores. Crucé y me hallé en una estancia afortunadamente oscura. Allí pude orientarme.

El corazón me brincaba en la espalda.

Resolví ocultarme para poder recobrar todos mis sentidos. Pensé con regocijo que el hombre tenía necesariamente que entrar allí durante la noche. Con esfuerzo pude enrollarme todo debajo de la cama. El recuerdo de Ophidia me estimulaba como una convicción.

Después oí pasos. Eran pasos de la mujer, menudos, nerviosos. El recinto se llenó de luz. La mujer movíase de aquí para allá. Deteníase brevemente y recomenzaba.

Arriba de mí, la cama se hundió un poco. Sentí crujir las maderas. Vi muy cerca los pies de la mujer.

Finalmente la estancia quedó a oscuras otra vez y se hizo un amplio silencio. Torné a sosegarme.

Recordé el rostro de aquella mujer. Yo había estado viéndolo tantas noches que manchó indeleblemente mis pupilas. ¡Por cierto que ella quería a aquel canalla! Acaso tanto como Ophidia me quiso a mí. Ah, pero aquel hombre no podía querer como yo a mi compañera desaparecida. Caí de nuevo, inevitablemente, en mi congoja, en la pena de mi soledad irremediable. Me entristecí. Estuve a punto de abandonar la cabaña. Pero la urgencia de vengarme prevaleció.

Me conforté con el pensamiento de que, antes de entregarme definitivamente a mi dolor, debía proporcionar al asesino el más grande que yo podía proporcionar. ¡Pero era tan fácil para mí estrangularlo! Para él serían, cuando más, unos pocos momentos de horrible miedo, de angustia, de dolorosa impotencia, cuando mis anillos quebraran sus huesos frágiles, aplastaran sus débiles músculos, exprimieran la vida. El dolor que yo deseaba para él debía acompañarlo conscientemente, irrevocablemente. Debía ser como este que desde la muerte de Ophidia yo sufría. Sí, ¡eso era! Tal vez la venganza perfecta era ésa. Era producir en él un dolor exactamente igual al mío. Era otorgarle la contrapartida exacta de mi propio dolor.

Entonces vi todo claro, como una pista en la noche.



Distendí lentamente mis anillos y subí, subí a la cama.

La mujer estaba inmóvil. Dormía. Un pedacito de piel anulaba el brillo de los ojos. Extrañamente, esta vez no me hizo recordar a Ophidia.

Experimenté hacia aquella mujer un absurdo agradecimiento. Ella hacía posible esta cabal venganza.

Árbol de aire, el recuerdo crece en el silencio y en la soledad.

6 comentarios:

  1. Te felicito por tu blog. Excelente trabajo, variado y con información literaria muy valiosa.

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  2. Estimada Adriana: Gracias por compartir tan original cuento. Siempre es un placer leer esta página. Con Aprecio, Chente.

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  3. Felicidades por tu blog esta muy bueno excelente trabajo

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