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jueves, 13 de septiembre de 2018

HÉCTOR TORRES: Confesiones


Héctor Torres
Libros de Héctor Torres: La huella del bisonte, Caracas muerde y El amor en tres platos
Héctor Torres con Adriana Rodríguez
Libros de Héctor Torres: La vida feroz, El regalo de Pandora y Objetos no declarados
Héctor Torres

Héctor Torres es uno de los narradores venezolanos contemporáneos más vendidos y leídos en Venezuela. Ha abordado el cuento, la novela y la crónica y ha publicado libros que, podría decirse, son objeto de culto para muchos lectores. Además, ha colaborado con diversos medios digitales, fundó el sitio Ficción breve y ahora es coeditor del portal La vida de nos.

Leer cualquiera de los libros que integran su bibliografía es un deleite seguro, pues regala a sus lectores dosis parejas de humor, reflexión, suspenso e ironía, atributos que le han valido el cariño y la admiración de incontables lectores, de los que formamos parte.

Podría pensarse que alguien con ese nivel de notoriedad es una persona inaccesible, poco tratable o difícil, mas por fortuna la realidad es totalmente distinta. Conocer a Héctor es encontrarse con un hombre sencillo, gran conversador (de esos que acusan en su discurso las muchas lecturas que ha hecho), de trato agradable y fraterno, con quien se puede hablar sobre distintos temas y siempre se sale ganando. Tengo la suerte de haberlo conocido cuando dirigió un taller de escritura creativa en el que participó mi esposo, en una de cuyas clases entré de colada, y desde entonces hemos compartido momentos inolvidables, entre los que se cuenta esta entrevista.

Fue y es para mí un verdadero privilegio haber descubierto y dar a conocer a Héctor Torres, el individuo, su tránsito por el camino de la literatura, su pasión por la lectura y todo lo que encontrarán al leer su testimonio.

¡Gracias, Héctor, por el maravilloso diálogo, reflejado en estas líneas, y por el regalo de conocerte y apreciarte! ¡Que continúen los éxitos!

Adriana Rodríguez: Cuéntame sobre tu infancia: ¿cómo describirías esos primeros años de vida?

Héctor Torres: Bueno, yo creo que uno tiene una naturaleza..., uno va cambiando con el tiempo, uno va siendo otros permanentemente, pero hay parte de la naturaleza de uno que yo creo es bastante inalterable, es lo que podría considerarse la esencia de uno... En ese sentido, yo creo que el recuerdo más persistente de mi infancia es la melancolía. Es decir, yo puedo recordarme con frecuencia solo, y muy probablemente no es que siempre estaba solo, es que era solo anímicamente; entonces, más que estar físicamente solo, cuando yo me evoco me doy cuenta de que tenía un temperamento melancólico, retraído, y creo que a pesar de que uno se ve obligado a usar ciertas herramientas para ir por el mundo, creo que eso es parte de lo que sería mi esencia fundamental y..., sí, creo que puedo recordar mi infancia como la de un muchachito melancólico, que en esencia sigue ahí.

AR: ¿Cuándo llegan a ti la escritura y la lectura?

HT: En la infancia. Desde la infancia llegó la lectura, sobre todo. Bueno, yo reconozco al menos dos momentos fundamentales: uno, cuando mi mamá me leía, inicialmente, siendo yo muy pequeño, cuentos, recuerdo particularmente, lo he comentado antes, los cuentos de Oscar Wilde, de un libro que a mí me encanta, muy hermoso, de sus obras completas, con papel cebolla, hermosamente empastado...; entonces ella me leía los cuentos de él, que eran terriblemente femeninos, terriblemente dulces, terriblemente conmovedores, y ese fue un momento importante porque a partir de allí descubrí que en la lectura, en las historias, había cosas maravillosas que algo movieron adentro que no supe explicar, y que quizás por no saber explicarlo fue que seguí buscando qué magia había en eso; y luego, en el segundo año de bachillerato tuve un profesor de castellano que era español, en un colegio jesuita, y él nos ponía a leer y a escribir muchísimo, nos ponía a leer cuentos del gran maestro Quiroga y de Cortázar, que es otro gran maestro, y bueno, a mí terminó de hechizarme el asunto porque además nos ponía a escribir, entonces quedó como un gusanillo dentro de mí, que tardó en expresarse porque yo no vine a escribir mi primer cuento sino, apenas (digo apenas porque, ya que hablamos de mi infancia...), apenas hace veinte y tantos años; es decir que, entre ese germen que introdujo en mí ese profesor de castellano y que finalmente brotara una pulsión por escribir, habrán transcurrido más o menos diez años. Yo considero que soy un escritor más o menos tardío, considero que esencialmente soy un outsider, es decir, no vengo amparado por escuela de Letras alguna, sino que, bueno, yo soy más bien un lector que terminó escribiendo porque no pudo ser un pop star.

AR: ¿Cómo fue el descubrimiento de tu vocación por la literatura?

HT: Es muy extraño, porque son esas cosas que tú te ves haciendo sin darte cuenta, sin habértelo propuesto, sin que estuvieran mediadas por un plan preconcebido, sino que simplemente aparecen. Un día, vivía yo con mi primera esposa, mi hijo mayor estaba pequeño, en casa, y nada, sentí un impulso, escuché una historia dentro de mí y empecé a escribirla. Después de que la escribí me di cuenta de que era una pésima copia de lo que yo veía en Borges -que es otro de los grandes maestros y que en ese entonces me tenía totalmente subyugado-, ese tono sentencioso, esa suerte de melodía sobria pero muy fuerte que hay en la prosa de Borges, y ese fervor por el lado metafísico pero intelectual de la vida: el desdoblamiento, el otro, la posibilidad de que seamos el sueño de alguien...; todas esas cosas, que son temas muy borgeanos, estaban ahí en un cuento que se llamaba La terrible conjetura del doctor Pozuelos. Bueno, lo escribí, se lo mostré a mi esposa de aquel entonces, le pareció buenísimo, se lo mostré a algunas otras personas a quienes les pareció buenísimo..., con el tiempo me di cuenta de que era una pésima copia de Borges, lo boté y desapareció para siempre; pero, digamos, ese fue el primer impulso por escribir algo. A partir de ahí empecé, poco a poco, yo vivía en ese entonces en La Victoria, en el estado Aragua.

Creo que otro punto importante vendría cuando hice el taller del Celarg, del año 99-2000, porque ahí sucedió algo que me parece muy importante para cualquier actividad humana: encontrarte con la competencia, encontrarte con el espíritu humano en pleno proceso de ebullición. Porque si tú estás en un pequeño pueblo, y tú escribes algo que tus seres queridos te dicen que está bonito, y no tienes contra qué oponerte, bueno, hasta ahí da tu energía, hasta ahí da tu espíritu; pero, si tú de pronto llegas a un sitio, llegas aplaudido por tu gente, pero en ese sitio encuentras a gente que hace cosas ferozmente más poderosas, que te parece que tienen mucha garra, bueno, tú acudes a una reserva, que es infinita, que está dentro de ti, para producir algo a la altura de lo que estás sintiendo que hay allí. Entonces, ese primer grupo del Celarg fue mi primer punto de comparación importante, y me ayudó a exigirme más; ahí había gente como Daniel Pradilla, que fue fundador de Panfleto negro, Orlando Verde, que ahorita vive en Amberes y está más dedicado al cine, Manuel Llorens, que además de excelente poeta es un gran tipo, Pedro Enrique Rodríguez..., es decir, ahí había gente que me obligó a producir más, a ir al siguiente punto de inflexión en esa búsqueda de mi oficio de escritor.

AR: En esa búsqueda, y partiendo del hecho de que eres, y siempre has sido, lector, ¿Qué autores han influido en el ejercicio de tu escritura?

HT: Creo que, inconscientemente, ya he nombrado algunos. El primer autor que produjo en mí un asombro, y me dio las primeras nociones de teoría literaria, de alguna manera, vino a ser Quiroga. Él me enseñó, primero, la escritura limpia, la estructura sólida, el arco dramático bien definido y la emoción; Quiroga, incluso más que Poe, me enseñó que sin el impacto, sin el efecto, no hay historia; y es una cosa que he mantenido toda mi vida..., todavía hoy, si yo leo algo y no siento que produjo un efecto, pues, ahí no hay historia; porque la historia no es contar un pedazo de la vida, sino contar una reflexión tuya acerca de la vida valiéndote de una anécdota. Entonces creo que con Quiroga eso lo aprendí bastante, o lo intuí bastante. Lo mismo puedo decir de Chejov. Luego vino Borges, que también fue una figura fundamental para entender la magia que puede producir la literatura. Esos fueron mis primeros héroes.

Después, con el tiempo, la galería empieza a crecer y empieza a diluirse la importancia de cada uno, pero me he encontrado con gente que ha producido en mí una particular admiración, por ejemplo, Junot Díaz me parece un escritor monumental, con una agudeza enorme para entender la condición humana y hablar de ella en términos sencillos; Jhumpa a Lahiri, que es una cuentista norteamericana de origen indio, que también me parece brillantísima...; y así hay muchos nombres que, quizás, es más difícil recordarlos... Paul Auster, por ejemplo, me parece que es un tipo feliz que ha sabido encontrar su universo, hablar de su universo y encontrar sus lectores; el actual Nobel (va a sonar oportunista pero, pues...), Kazuo Ishiguro, bueno, cuando yo leí Nocturnos, el libro de cuentos de él, que me lo recomendó mi esposa, en verdad me pareció algo fuera de lote, y después leí Never let me go y me pareció, también, una historia de una originalidad brillante. Pero, en fin, con el tiempo el peso que cada uno de los héroes que aparecen en tu camino tiene sobre ti es menor porque ya lo fundamental se hizo en las primeras lecturas, creo yo.

AR: Y hablando de leer, ¿hay algún género que prefieras sobre los otros?

HT: Realmente..., cuando yo siento que hay demasiado apego, sobre todo a ciertos géneros que requieren o que tienen claves muy, muy claras, bueno, puede ponerse tedioso. Me pasa con la crónica. Una de las cosas que le agradezco a Albor Rodríguez –mi socia en La vida de nos, quien fue la artífice de la idea-, una de las cosas que me sedujo de su propuesta es que ella me hablaba de historias, no de crónicas sino de historias; eso me pareció maravilloso porque, o sea, yo te puedo leer un libro de crónicas de un cronista (periodista) una vez, pero ya dos libros seguidos de crónica..., me ahogarían. Es que no me interesa el desarrollo de un género, sino me interesan las historias, y cuando hablo de “historias” te puedo decir que me pasa con las canciones, me pasa con el cine...; es decir, a mí lo que me importa es contar historias, me importa que me cuenten historias, me importa que me seduzcan con una historia, indistintamente del género. Creo que el género debe ser algo a lo que el autor o el creador le preste muy poco interés, muy poca atención, y lo que tiene que importarle es producir su historia y lograr el cometido de que genere un efecto, de encontrar a sus personajes, de producir sus atmósferas, es decir, sus problemas técnicos son suficientemente complejos como para que se esté preguntando si está haciendo una crónica o un cuento...

AR: ¿Y podemos entender que esta postura, en tu caso, vale tanto para la lectura como para la escritura?

HT: Sí, definitivamente. Hay novelas que están muy bien escritas, pero no me interesó el tema, la atmósfera, el tratamiento que se le dio... Entonces, no es un asunto de géneros, yo no puedo decir que tengo un género preferido, sino que me gustan las buenas historias. O sea, si uno ve, por ejemplo, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, quizás no sea un ejemplo demasiado claro de una novela con una estructura muy clásica, bueno, porque son varias historias apenas unidas por el hilo conductor del que está contando..., ¡pero es una obra maestra! Entonces, fíjate cómo lo que hace a una obra maestra ser una obra maestra no es el apego a las formas más clásicas del género, sino que logra un asombro, que logra una maravilla y con eso toca un punto en la condición humana que es asombroso.

AR: Luego de ser un niño y joven lector, encontrarte con la escritura y madurar ese ejercicio en el taller del Celarg, cuando se da el siguiente paso y logras publicar el primer libro, ¿cómo fue esa experiencia?

HT: Ese primer libro es el primer libro con conciencia de estar produciendo algo para que sea leído por terceros, digamos, con una conciencia más madura. Ese primer libro, que es El amor en tres platos, realmente es el resultado de tres libros que fueron publicados previamente, que yo los tengo (no por nada, agradezco a los editores en su momento)..., los tengo descatalogados, porque hoy por hoy puedo ver que no tenían la madurez suficiente para que la gente los leyera. Entonces, El amor en tres platos es el producto de agarrar los cuentos que me parecían más elaborados de esos tres primeros libros, corregidos para que tuvieran un cierto nivel, y decir: “bueno, esto es lo que quiero que el que no me ha leído, y me lea por primera vez, lea esto”. El libro recoge una época de mi vida, recoge un proceso de maduración, pero creo que es la base mínima desde la cual me parece aceptable ofrecerle a la gente algo para leer; y como ya venía de otras publicaciones, pues, me pareció muy lindo.

Tengo un recuerdo particularmente bonito de esa época, y es que yo era conocido básicamente como el editor de Ficción breve, yo publicaba a otros escritores, yo publicaba los cuentos de otros, y un día me llama a mi teléfono Albinson Linares y me dice: “mira, yo leí..., me llegó este libro El amor en tres platos y me gustó mucho, quiero entrevistarte”, y me pareció una cosa asombrosa porque lo que yo hacía era difundir los cuentos de otros, y que me entrevistaran para hablar de mi libro para mí fue toda una revelación y otro paso en ese ir haciendo un camino como autor. Y yo creo que esa sería la experiencia de El amor en tres platos, esa cosa linda de verlo en vidrieras de librerías...

Toda primera vez tiene una cosa maravillosa que más nunca volverás a tener, eso funciona para todo, y creo que eso pasa con el primer libro: te monta en un compromiso o, mejor dicho, te hace empezar a tener conciencia de la palabra “compromiso”, con la obra, con los lectores, y dependiendo de tu nivel de gravedad ante la vida te lo tomas más en serio o menos en serio; pero es importante porque te asoma a la palabra “compromiso”.

AR: ¿Cuál es el libro que más has disfrutado escribir?

HT: Yo soy de los que piensa que todo lo bueno está por venir. En ese sentido, podría decirte que la novela que estoy escribiendo actualmente la estoy disfrutando mucho porque he adquirido unas herramientas que se han ido consolidando en el camino, he adquirido –para bien o para mal- unas habilidades que facilitan un poco las cosas y me permiten exigirme un poco más y atreverme a hacer más... Pero yo creo que, en general, la escritura (y ahí siempre recordaré a Dorothy Parker cuando decía “odio escribir, adoro haber escrito”..., aunque no tan radicalmente), la escritura es dura, la escritura es durísima...; quizás la corrección es más amable, pero el proceso de composición es muy duro. Yo he escrito un par de textos de enfoque político para un portal que se llama Vértice news, y me recuerdan lo duro y lo odioso que es escribir: es pasar una semana dándote golpes con algo hasta que logras componer finalmente algo que tenga una línea rodando de principio a fin, y cuando dices “lo logré” te parece increíble porque tenías una masa amorfa a la que debías dar forma... O sea, la composición es ardua, siempre va a ser ardua.

Recuerdo a Caracas muerde, que es el libro que más satisfacciones me ha dado con los lectores..., el proceso de composición, no sólo de cada historia sino de armar el orden de los textos, es duro por el simple hecho de que tienes que tomar decisiones a cada momento, y eso siempre es complejo porque sólo de ti depende ese orden, es decir, tú no le puedes preguntar a nadie en qué orden pondría las historias; entonces tú eres responsable de cómo quede eso y los fracasos son sólo tuyos... Entonces, ese proceso de formar un criterio, de tomar decisiones a cada momento, que finalmente es componer o crear, es un poco estresante porque todavía cuando lo estás entregando dudas, y el editor lo aprueba y le hace sus correcciones y te da sus opiniones y todavía dudas, y la gente lo está leyendo y tú todavía dudas. Por eso, quizás, es que los autores son tan sensibles al halago, porque vienen de tantas inseguridades que, cuando alguien les aplaude algo, sienten un alivio muy parecido al placer.

AR: Lo anterior me recuerda el debate entre los autores que afirman que su trabajo literario es producto de la inspiración, versus aquellos que dicen que lo es de la transpiración. En tu caso, ¿dirías que tu escritura es más el resultado de la inspiración, de la transpiración, o una mezcla de ambas?

HT: Yo creo que lo sensato sería hablar de una mezcla de ambas, porque, ciertamente, yo creo, cada vez más, en la constancia y en la perseverancia. Lo que produce cosas, definitivamente, es la constancia, pero también creo que hay momentos en los que, de tanto pensar los temas, los caminos como que se van abriendo. Igual creo que es producto de insistir, o sea, eso de que de la nada te venga una gran idea..., no es realmente mi caso. Yo creo que las historias son el producto de un largo proceso de reflexión, de un largo proceso de pensamiento en torno a ellas, o al menos es lo que, en mi caso, funciona; cuando yo me siento a escribir, finalmente, ese hecho está precedido de tanto tiempo pensando en el tema, de tantas notas sueltas sobre ese tema que, claro, podría parecer inspirado sentarse y escribir sin detenerse durante dos horas, pero es trampa, no es tal inspiración, porque tienes meses pensando en ese tema, tienes meses releyendo tus notas... Y cuando por fin puedes concebir ese universo dentro de tu cabeza, empiezas a escribir lo que estás viendo, pero tienes que poder verlo y eso es lo complejo, porque esa sofisticada habilidad humana de imaginar es un portento; entonces, poder escribir algo que nadie está viendo, ni tú mismo lo estás viendo sino que está en tu mente, es algo que logras porque viene precedido de todo ese proceso. Me pasa con los personajes: hasta que no logro verlos, verlos hablando, actuando, no puedo escribirlos, porque me parece que es una impostura que nadie se creería; si uno no se lo cree, no se lo cree el lector. Yo creo que lo que puede parecer inspiración es básicamente el proceso de maduración de la idea dentro de ti hasta que por fin tiene vida.

AR: A la hora de escribir una historia, ¿cómo es el proceso de elección del tema?

HT: No es un proceso tan consciente, de hecho, creo que uno no se da cuenta de lo reiterativo que puede ser con ciertos temas hasta que otro te lo dice. Me ha pasado, por ejemplo, cuando le he mostrado manuscritos a alguien (a un amigo), y cuando sonríe y dice: “es que definitivamente estos son tus temas”, tú descubres que no te habías dado cuenta de que estás hablando de lo mismo; y eso es, básicamente, porque tu universo es el mismo. Tú puedes –y esta es la diferencia entre temas y anécdotas- abordar diversas anécdotas, sea por necesidad de un tercero o porque estás construyendo distintos enfoques de un asunto, pero termina siendo siempre el mismo tema. Y el tema viene dado por tu visión más íntima del mundo. Difícilmente los escritores tienen muchos temas, los escritores tienen básicamente un único tema, y ese único tema es su visión del mundo. Pasa conmigo: hasta Caracas muerde, que es un libro duro sobre la ciudad, lleno de pólvora y sangre, cualquier lector sensible descubre ahí que inevitablemente hay ternura, que hay momentos de una visión femenina de las cosas, que también hay una mirada sobre los más desvalidos, sobre lo menos violento del asunto, que hay rincones de inesperada felicidad... Y esa es mi visión del mundo y no hay manera de que yo intente buscar un tema, sino que inevitablemente proyecto sobre cualquier anécdota esa visión, que es mi gran tema.

AR: ¿Tienes algún ritual de escritura?

HT: No sé... A mí me parece que... Yo he descubierto dos cosas o, mejor dicho, que hay dos momentos del día que propician dos momentos de la escritura. Para componer, es decir, para producir desde cero lo que no existe, la mañana, la primera hora del día es muy propicia. Para corregir, la soledad, el silencio de la noche, tienen un encanto particular que propicia la corrección. En ese sentido, bueno, siendo de noche y si estás corrigiendo, pues, te puedes tomar un ron, algo que te ayude a conectarte para pulir esa historia que estuvo hecha durante la mañana. Y he descubierto –yo no sé si es un capricho de la mente, o una neurosis particular, o si habrá alguna explicación científica o metafísica sobre el asunto- que cuando estoy dificultado de seguir avanzando en ese proceso de producción, de composición, hay algo que me ayuda muchísimo y es un músico particular que yo no escucho por placer, sino que lo escucho cuando necesito destrabarme, que se llama Sufjan Stevens. No me preguntes por qué, pero cuando estoy trabado, que no estoy produciendo y tengo que entregar, busco a Sufjan Stevens, empiezo a escucharlo, me sumerjo en su música y comienzo a escribir. Seguramente hay un condicionamiento, pero funciona, y es lo único.

AR: ¿Te has enfrentado alguna vez a la conocida página en blanco?

HT: Siempre. Yo creo que siempre está, pero también siempre se vence. Es decir... En estos días una muchacha me pidió consejos porque tenía dudas sobre las bases de un concurso, y cuando yo me asomo al concurso en cuestión, resulta que paga algo así como veinte mil dólares..., ella me plantea que no sabe qué hacer y yo le digo: “yo te voy a decir lo que vas a hacer: pon en un lugar visible, donde escribes, la frase ‘más de veinte mil dólares’, y te va a salir algo”. O sea, no puede no salirte nada si estás viendo al frente que allí está el estímulo, y yo creo que siempre, con el estímulo adecuado, algo sale. Me pasa con colaboraciones que son solicitadas y pagadas, que el tema no fluye y no parece haber nada, pienso en cuánto van a pagar por ellas y me digo que no puedo dejar de facturar, y eso puede servir. El estímulo no está dentro de ti, sino que está afuera y te hala hacia adelante; creo que eso funciona siempre.

AR: ¿En qué otra época de la historia de la humanidad te habría gustado vivir?

HT: Hubo una época de mi vida en que yo juraba que era un tipo barroco (de esas cosas que son de una naturaleza y de una edad románticas), pero, definitivamente, yo creo que soy un hombre de mi época. Con todas las contradicciones y con todo lo que, a veces, no estoy de acuerdo con mi momento, con todo lo que voy a contracorriente, igual creo que soy, esencialmente, un hombre de mi época. No me concibo en ninguna otra época del pasado, pues vivo en el momento perfecto para vivir una vida y desarrollar una obra.

AR: ¿A qué le teme Héctor Torres?

HT: Sabrás que..., estoy tratando de exorcizar los temores. Por ejemplo, el natural temor a la muerte, creo que es conveniente y sensato, en la medida en que pasa el tiempo, ir exorcizándolo, porque no tiene sentido irte acercando a algo que te da miedo..., tienes que tratar de entender y no temerlo y, al menos con ese gran temor humano, ya tengo la conciencia de que debo hacer las paces. Hay otros temores que son más sibilinos y más terribles, por ejemplo: hay un temor de todo el que no nació rico de cuna, que es el temor a la pobreza, eso de ver a alguien en la calle en situación de mendicidad y preguntarte si eso le puede pasar a alguien, si eso te puede pasar a ti... Eso asusta. Y la locura, sobre todo la locura de seres amados, es un tema que a mí me obsesiona terriblemente: que haya alguien con quien estableciste todo un sistema sofisticado y supercomplejo de comunicación y que, de pronto, lo que para los dos era blanco, para uno de los dos dejó de serlo porque simplemente esa persona entró en otro sistema a cuyos códigos no tienes acceso; la sola idea de la locura de un ser amado, para mí que soy tan obsesivo con la comunicación, me parece la pesadilla más terrible que puede vivir un ser humano. Fíjate, incluso la enfermedad de un ser amado puede llevarse con estoicismo, porque seguimos comunicándonos, pero la locura sí viene a ser..., es mudarse a otro país.

AR: ¿Hay algún sueño literario que todavía no se haya cumplido?

HT: No sé si literario... Bueno, sí tengo sueños literarios: estoy abordando el guión, acabamos de hacer el guión de Caracas muerde, con Lucas García estamos trabajando en otras ideas de guiones, nos reunimos y nos divertimos trabajando guiones... Parecerá mentira, pero me gustaría muchísimo, más que ganarme un gran premio para mi vanidad..., creo que mi vanidad se llenaría más viendo mi ficha en IMDb como guionista de alguna película reconocida; esa es una ambición que tengo. El gran premio me interesaría en tanto me dé un gran estímulo económico, pero no para mi vanidad personal. Yo quiero vivir el resto de mi vida y morir creando, no necesariamente haciendo literatura, pero sí creando; y esto incluye que ya me acerqué al guión y me interesa muchísimo, que para mí es un sueño volver a la música, porque de joven estuve muy cerca de la música..., es decir, mis grandes ambiciones no son básicamente literarias.

AR: Una palabra que te guste mucho.

HT: A mí las palabras me gustan, no tanto por su significado sino por su música, y creo que hay palabras que son hermosas indistintamente de lo que signifiquen; yo tengo una por ahí que siempre digo cuando hablo de eso... Daguerrotipo. Es una palabra que, para mí, tiene tanta personalidad, tanto ritmo..., pero además, una palabra como daguerrotipo, que pueda vencer las modas, que siga teniendo la dignidad de estar viva y mantenerse altiva y no perder esa altivez sonora a pesar de ser una absoluta inutilidad en estos tiempos..., eso me parece una cosa maravillosa, de una elegancia increíble.

AR: Una palabra que te desagrade.

HT: Conversatorio. Me parece... Y mira que yo trato de no ser caprichoso con eso, yo trato de fluir, pero cada vez que me invitan a un conversatorio yo sufro, porque yo creo que nada bueno sale de una palabra que rime con supositorio, nada bueno se puede hacer con eso.

AR: Alguna frase, que puedas recordar, que te funcione como máxima o lema.

HT: Varias, pero podría acudir a una en este momento, que me parece de una altísima poesía y de una altísima sabiduría y viene de la canción popular, y es esa frase de José Alfredo Jiménez que dice: “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”; me parece magnífica..., y quizás todos los que tenemos por naturaleza ser outsiders entendemos que en el camino no hay prisa, que siempre vamos a cruzarnos con gente que lo hizo antes, que llegó primero... Y ese no es el camino que hay que buscar, no es el camino que interesa... Uno termina por llegar en el momento que le toca a cada cosa, y creo que una frase que me ha guiado en la vida es “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.

AR: Menciona cinco libros que consideres que todos deberíamos leer.

HT: Ojalá les produzcan a los demás el asombro que me produjeron a mí. Sin duda alguna, el primero es El poder del mito, de Joseph Campbell, pues creo que es el libro que más ha trastocado mi visión del mundo, que tocó, incluso, fibras importantes sobre conceptos que ya se habían reblandecido en mí y que no sabía por qué, y que él me lo explicó, como el de religión... O sea, él me ayudó a demoler cosas que yo sentía que debía demoler y, de verdad, ese libro para mí es fundamental para la vida.

Ficciones, de Jorge Luis Borges, es un ejemplo clarísimo de todo lo que puede hacer el ingenio humano y de cómo puedes burlarte de lo solemne con mucha solemnidad. Creo que Ficciones es uno de los libros más geniales que he leído en la vida y, además, tengo el orgullo y la felicidad de saber que lo leí en su lengua original, por fortuna, porque sería muy triste tener que conformarme con haber leído ese gran libro en una traducción.

Ahora, otro que leí, que me conformé con leerlo traducido, y que es un ideal del ensayo que algún día quisiera alcanzar, es El enterrador, de Thomas Lynch.

De ahí en adelante el asunto es caprichoso. He leído cosas maravillosas, que recuerdo más o recuerdo menos... Un ejemplo de un personaje femenino excelentemente bien construido, porque a mí me interesa mucho la construcción de personajes femeninos, decía, un personaje envidiablemente bien hecho, sería La mujer que se estrellaba contra las puertas, de Roddy Doyle. Es un libro abrumador, muy bien logrado; el personaje es tan hermoso que hasta las ensoñaciones eróticas de ella son de una cursilería hermosísima, y muy creíble, absolutamente verosímil.

El último, por hoy, sería La Ilíada. La Ilíada es un portento increíble de lirismo; puede llegar a tener momentos aburridos por la enumeración, pero si tú obvias la enumeración La Ilíada tiene todo lo que cualquiera quiere encontrar en un libro, y recuerda eso que decía Levi: "(Virgilio) no comprendió el principio fundamental del mundo de Homero: que la poesía pertenece a los vencidos y a los muertos." Homero tiene eso, él sabe poner la poesía en manos de los que sufren, de los perdedores, no en los grandes héroes..., de hecho, los héroes son héroes porque sufren, y eso es hermosísimo.

AR: ¿Cuál de tus libros no debería faltar en nuestra biblioteca?

HT: Lo voy a decir tomándolo con pinzas: es relativo... Yo diría que el libro que más satisfacciones me ha producido, por diversas razones, es Caracas muerde, o sea, se va a hacer una película, se está traduciendo al inglés, hicieron una canción a partir de un texto de allí, puedo decir que me acercó a gente que admiro mucho..., indudablemente me ha abierto puertas y yo soy agradecido con eso... Pero hay gente que me ha dicho, y con mucha seriedad, que mi mejor libro es La huella del bisonte, y que de hecho me instan a que retome la novela porque les parece que puedo producir cosas en ese género. Entonces, me parece que vale la pena escuchar esas observaciones. Además, La huella del bisonte tiene algo muy importante, y es que las dos veces que ha sido reeditada me vi obligado a releerla, y cuando veo que me escandalizo con escenas que leo allí, eso de pensar por qué escribí eso, qué malo que eso pase... Cuando tú lees y encuentras algo que te puede causar incomodidad o te puede turbar, pienso: “qué bueno que, poseído por una historia, pude escribir cosas que conscientemente no me gustaría haber escrito”. En fin, son mis dos libros más importantes.

AR: Menciona algunos de tus cuentos o crónicas (de otros autores) preferidos.

HT: Esa es una lista infinita... Por ejemplo, La sala número seis, o Historia de un hombre aburrido (creo que así se llama), de Chéjov, son una maravilla; hay cuentos de Quiroga que van a cumplir cien años, y yo no puedo creer que en cien años no hemos superado, pero ni de lejos, lo que han significado esos textos; también hay textos de Carver que son fundamentales.

4 comentarios:

  1. Estimada Adriana: Gracias por compartir esta entrevista, conocer la intimidad y el sentimiento del escritor presentado y darme cuenta que tenemos algunos puntos en común, principalmente en la infancia. Un saludo para tu amado esposo y a ti te deseo lo mejor en todos los aspectos de la vida. Sigue adelante que tu "vives" gracias a estos tipos de actividades. Bendiciones.

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  2. Gracias Adriana, por compartir esta entrevista, me gusto mucho la sencillez en la expresión de este autor, además de su conexión con el tema femenino, despertó mi interés por sus publicaciones. Adelante.

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  3. ¡gracias Adriana! gracias por compartir con nosotros esta entrevista. también mi más infinito agradecimiento Para Héctor Torres; él y yo coincidimos en muchas opiniones referentes a la literatura y la existencia humana.

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  4. Adriana, esta entrevista me permitió saber ideas importantes venidas del escritor Torres... Leer entrevistas transmite una vivencia de la escritura literaria que debe ser conocida por muchos. Yo quedo atento de su trabajo valioso para la cultura literaria. Mi abrazo fervoroso, jairo

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