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lunes, 10 de septiembre de 2018

UNA CANCIÓN, UN PAÍS – Rafael Osío Cabrices

Rafael Osío Cabrices (foto en color, claro oscuro, luz sobre el costado derecho)
Rafael Osío Cabrices (Caracas, 1973). Periodista venezolano, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Como parte de su labor, se ha desempeñado como reportero de El Nacional, jefe de redacción de las revistas Primicia y El librero, así como profesor de crónica. Ha publicado los libros Salitre en el corazón: la vida cotidiana en la Cuba del siglo XXI (2003); El horizonte encendido: viaje por la crisis de la democracia latinoamericana (2006); La vida sigue (2008) -libro que reúne sus primeras cien crónicas publicadas en la columna del mismo nombre, en la revista Todo en Domingo, y del que he extraído el texto que encontrarán más adelante, publicado originalmente en dicha revista-; y Apuntes bajo el aguacero: Cien crónicas empantanadas (2013). Actualmente reside en Canadá.

Crónica que se publica íntegramente, con la autorización de Rafael Osío Cabrices.



UNA CANCIÓN, UN PAÍS


Hace varias décadas, Venezuela era un país muy sencillo. Había un único gobierno militar y luego una democracia en la que sólo mandaban dos partidos. Tampoco había mucho que escoger en cuanto a canales de televisión, largo de la falda o destinos vacacionales. Y cuando alguien cumplía años, se le agasajaba en pocos segundos con la adaptación local de lo que todo Occidente cantaba: "Cumpleaños feliz, cumpleaños a ti, cumpleaños fulanito, cumpleaños feliz". Era tan simple que los bebés se la aprendían como su primer soundtrack y pedían que se les encendiera un fósforo enfrente para soplarlo felices.

Poco después, las ciudades se hicieron más grandes y más diversas, la sociedad se enfrentó a varias perturbaciones como la guerrilla o la mini-falda, y al esquemático "cumpleaños feliz" se le sumó un apéndice que, como habría dicho mi abuela, hacía que la posdata fuera más larga que la carta. El nuevo tema comenzaba con una interjección, con un sobresalto: "Ay". De ese monosílabo cabía esperar que, de ahí en adelante, el rito de la torta y la velita ganaría una intensidad que sólo crecería con los años. "Ay, qué noche tan preciosa" -había que cantar aunque brillara un sol reverberante- "esta noche de tu día". Ignoramos las contradicciones y cacofonías de la primera frase y seguimos adelante. Sólo había que proteger las velitas para que no se apagaran en los muchos minutos que ahora había que invertir en eso.

En los años 80 y 90 se devaluó el bolívar, estalló la inflación, volvió la violencia política y el país comenzó a agrietarse por todos lados. Las cómodas mentiras que habíamos vivido se desvanecieron y la beligerancia que se extendió por todas partes llegó también al cumpleaños. Al "Ay qué noche tan preciosa" se le asoció una trama de comentarios subversivos de anotaciones al margen que la relativizaban y desmentían su cándida intención de saludar al homenajeado. El coro cantaba "Tus más íntimos amigos", y salía uno desde atrás y gritaba: "¡Y enemigos!" Luego "esta noche te acompañan" y aquél "¡tomando caña!" La canción se burlaba de sí misma y el cumpleañero quedaba humillado, acusado de alcohólico, de mal querido, de querer pasar la noche haciendo pipí.

Pero más tarde las cosas se agravaron tanto y el país se volvió tan completamente loco que la versión burlesca del "Ay qué noche tan preciosa" quedó para los niños. En el presente, "cantar" -por darle un nombre- el cumpleaños es una oportunidad a la que nos lanzamos como los antiguos griegos a las bacanales: se trata de una ocasión en la que podemos dar rienda suelta a toda nuestra atávica propensión al caos, al descontrol más absoluto, a la jubilosa renuncia a toda norma.

El rito se desarrolla en el presente de la siguiente forma. Dos o tres ortodoxos traen la torta, le prenden las velas y llaman a cantar. Apenas arrancan con las dos canciones y los comentarios ya establecidos —aquellos "¡tremenda pea!" y "felicidad, felicidad, felicidad" de que antes se encargaban sólo los audaces—, un sector de consecuentes saboteadores empieza a gritar las estrofas que no corresponden, a volver a iniciar el ciclo cuando éste está por terminar o incluso a tratar de sepultar la canción correcta con otros temas, desde el Himno Nacional a "Me gusta la gasolina". Las velas se apagan tantas veces que se acaban los fósforos y hay que correr a la cocina a buscar más. La torta se cubre de saliva y malas vibraciones. Los anfitriones se quedan roncos de intentar callar a los revoltosos. Del cumpleañero no se acuerda nadie. El desastre pierde intensidad a medida que aumentan las ganas de caerle a la torta. Pero ya han pasado 15 minutos, y todos se han enterado de lo que pasa en varios edificios a la redonda o en cada una de las mesas vecinas si esto ocurre en un desdichado restaurante. Hemos perdido la capacidad de ponernos de acuerdo hasta para cantar un simple cumpleaños feliz. Pero en este momento, mientras una maraña de berridos indistintos se alza en torno a un cumpleañero, alguien debe estar pensando en la siguiente versión del ritual. ¿Guerra de torta? ¿Desnudar al agasajado?

1 comentario:

  1. Mi sincero y total agradecimiento a Rafael Osío Cabrices, por darme la oportunidad de compartir este texto suyo con todos los lectores de este espacio. ¡Que disfruten la lectura!

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