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lunes, 30 de enero de 2017

RESUMEN CURRICULAR – Luis Barrera Linares

Luis Barrera Linares (Maracaibo, 1951). Es docente, investigador, periodista y escritor venezolano. Durante su amplia trayectoria ha cultivado la crítica literaria, el ensayo académico, la crónica y la narrativa, siendo algunos de sus libros más representativos En el bar la vida es más sabrosa (Cuentos, IPC, 1980) –libro en el que se incluye un cuento del mismo nombre, con el cual fue finalista de la Bienal de Cuento Daniel Mendoza (1978)-; Beberes de un ciudadano, ganador del Premio Bienal Literaria Alfredo Armas Alfonzo en 1982 y publicado en 1985, año en el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa (CONAC); Para escribir desde Alicia (novela), por la cual recibió el Premio Municipal de Narrativa (Maracay, 1987) y el Premio Fundarte de Narrativa (1989, reeditada en 2015 por la editorial Sudaquia, Nueva York); Cuentos de humor, de locura y de suerte (Fundarte, 1993); Parto de caballeros (novela) (Monte Ávila Editores, 1991, reediciones en 2002 y 2012), finalista del Premio de Novela Miguel Otero Silva (Editorial Planeta, 1990); Breves y bravos (cuentos, editorial Lector Cómplice, 2014), en el que se incluye el cuento que leerán más adelante, y la novela Jueves de Cruz y Ficción (Editorial Lector Cómplice, 2016). Adicionalmente, Barrera Linares fue finalista del Concurso de Cuentos del diario El Nacional, con el relato Después del parque (1982). En 2005 fue incorporado como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española, donde ha ocupado cargos de gran envergadura. Ha sido jurado de importantes premios literarios, columnista de diversos diarios de circulación nacional en su país natal y en la actualidad mantiene el blog La duda melódica.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Luis Barrera Linares



RESUMEN CURRICULAR


Las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes.

Chavela Vargas.


Carátula de Breves y Brabos (Luis Barrera Linares - 2014)
No soy de las que se repiten ni se arrepienten. Acabo de hacer tres disparos, aunque acerté uno solo. Y antes de avanzar, me revuelco en la historia de los hombres con quienes me he juntado durante muchos años. Una sola bala habría sido suficiente. Soy profesora. No tengo descendientes ni deseé tenerlos. Para evitar la lidia de mi vientre hinchado, y ante la inminencia de un aborto adolescente, tomé hace muchos años la previsión de pedirle a un cirujano obstetra que extrajera de mis entrañas cuanto tuviera que ver con mi aparato reproductor. De manera que voluntariamente me hice estéril y desde esa fecha no he hecho más que potenciar mis periplos sucesivos por la geografía masculina.

A muy pocos les importará por qué le disparé. Seguramente alguien me lo agradecerá.

Mi nombre es Angelina Alcibíades; debido a la forma convexa de mi nariz, me dicen la Turca. Últimamente me he vuelto tan delgada como un filo de cuchillo. Lo que implica que antes de reencontrar a Wilmarzo ya venía en declive. Mis posesiones se reducen al pequeño apartamento tipo estudio donde he pasado algunas noches con los hombres que me dio la gana y al pequeño vehículo europeo en el que me desplazo para cumplir con mi trabajo de profesora universitaria.

No me considero ni puta desbocada ni depravada impenitente ni librepensadora. He sido más bien gozona; he disfrutado el sexo de cualquier naturaleza, por donde bien me complaciera. Eso no lo escondí jamás. Desde mi adolescencia he sido principalmente homoadicta, pero de los treinta y cinco para acá también experimenté con chicas más jóvenes que yo. Tampoco crean que he devenido en lesbiana. Ha sido sencillamente un asunto de resolver urgencias ante la escasez de machos. Sobre todo, en esta época en que los géneros se han confundido y las caricias se han vuelto indefinidas. Tampoco podría decir que me haya disgustado como para jurar que no volvería a hacerlo. Nunca supe ni me importó quién decidió sobre la conducta heterosexual. Ya he dicho que soy docente de una universidad. Precisamente allí los asuntos del sexo se han liberado totalmente. Cuando hacemos nuestras celebraciones, ya al final del sarao, todos quedamos en cueros y tienes que conformarte con la pareja que te corresponda en suerte. Justo así comenzó mi acercamiento al sexo femenino. Un día de Navidad, entre tragos y chistes, hube de quedarme con Raquel, la más joven de las profesoras de nuevo ingreso. Aunque inicialmente sorprendida, ella sí descubrió ese día su gusto por las féminas, territorio en el que decidió quedarse, despidiendo meses después a su novio del momento.

Un culpable muerto, como ese que ahora destila sangre por los orificios nasales, es menos dañino que alguien que ande por allí asesinando a otros.

Tengo un doctorado en Políticas Públicas que obtuve en la Universidad de Tubinga, en Alemania. He publicado cinco libros sobre temas latinoamericanos y soy perenne clienta de congresos y reuniones académicas, sobre todo si se realizan fuera del país. Eso significa que tomo un avión por lo menos dos veces al año. Mis viajes de placer académico los financia la universidad y yo, en compensación, debo dictar dos horas de clase cada semana. Esto ya debería añadirlo en pasado. Y ahora, cuando queda poco, puedo asegurar que probé conferencistas y ponentes de diversas nacionalidades, razas y pareceres ideológicos.

Nací dentro de una familia venezolana de clase media. Mi padre fue empleado petrolero y mi madre jamás desempeñó oficio alguno. Claro, más allá de la cotidianidad oficiosa del hogar y de cuidar a los siete hijos que hubo de concebir, yo la primera de todas y la segunda que se liberó de las ataduras con que papá intentó criarnos. Mi hermana menor inauguró la modalidad de marcharnos de casa; lo hizo a los trece. Prematuramente, es verdad, pero lo hizo. Yo la secundé y unos años después lo hicieron tres de los varones, quienes decidieron emprender juntos la ruta del exilio hacia Europa. Nada hemos sabido de ellos. Bajo el techo familiar solo sobreviven los dos gemelos nacidos por accidente. Llegaron catorce años después de que mamá diera a luz a quien hasta ese momento era el menor. Los gemelos son chicos aún, si no en tamaño, por lo menos en la dependencia viciosa que desarrollaron bajo la rígida ala protectora de nuestro padre.

Yo me hice a la calle cuando cumplía los dieciocho y apenas ingresaba a la universidad a hacer mi licenciatura en Sociología. Ya para esa fecha había estado por lo menos con mis primeros doce hombres, todos compañeros de liceo. Con mis hermanos menores, la experiencia iniciática no pasó de muy superficiales caricias adolescentes.

Supongo que perdí el candor de la adolescencia, es decir la virginidad, con el primero que estuve, a los catorce. Y digo supongo porque nunca sentí dolor alguno ni tampoco esa clase de sangramientos descritos en las revistas o por la mayoría de las amigas que compartieron conmigo ese lapso. A lo mejor nunca fui virgen y nací despojada del himen. Lo que se dice genéticamente sin virgo, estuprada innata, desflorada congénita debo haber sido.

Tampoco podría decir que la primera vez fue para mí traumática, incómoda o difícil. Sencillamente salíamos del liceo. Ariel, uno de mis compañeros, chasqueó varias veces como si tamborileara, trac, trac, trac, y luego siseó insistentemente hasta capturar mi atención. Me animó para que fuéramos a una heladería vecina antes de dirigirnos a nuestras respectivas casas. Fuimos. El dependiente se lució ante nuestra sonrisa y lo observamos complacido mientras incrustaba dos inmensas esferas en cada cono. Él, mantecado, yo, fresa. Los helados sabían a cielo ante el sopor de aquella tarde marabina. No lo he dicho pero, como todos mis hermanos, nací en la ciudad de Maracaibo.

Debe haber sido la primera vez que una pareja adolescente se embriaga con helados, sin haber consumido ni una gota de alcohol, pero ambos nos sentimos estimulados. Ariel me incitaba a chuparle las bolas amarillentas de su mantecado y yo le correspondía frotando mi fresa helada contra sus labios enrojecidos por la temperatura de mi barquilla. No habían pasado más de tres succiones de mi parte cuando sentí que Ariel deslizaba su mano por debajo de la mesa y sus dedos trastabillaban en busca de otras zonas más cálidas. No solo había yo dirigido su mano para que tocara exactamente en la rajadura donde suponía que él deseaba hacerlo, sino que además me había permitido asir con firmeza su dedo medio para ayudarlo a frotar suavemente mi clítoris.

De allí a que las hormonas hirvieran hubo muy poco tiempo. A los quince minutos, detrás de unos ramajes, sobre la grama reseca de un parque cercano, recuerdo mi cuerpo debajo de la flacura de Ariel, en un movimiento de vaivén de caderas que él me enseñaba. Nunca imaginé que esa historia de caricias tempranas se prolongaría hasta hoy.

Esa tarde, luego de los regaños y mientras cumplía disciplinadamente con la reprimenda que me había asignado papá por llegar tan tarde del liceo, me afirmé en la promesa de continuar haciendo el amor con Ariel durante el resto de mi vida. Me sentía seducida por su hábito de producir chasquidos con la lengua. Promesa tonta de adolescente. Ocurrió dos años antes de que dejáramos la secundaria. Ariel sería enviado a hacer estudios en la Escuela Militar. Su papá era coronel del Ejército.

Yo seguiría en el propósito que me habían encomendado mis padres: aprobar el quinto año para luego aspirar a la universidad. Ya era un hecho que me interesaba la Sociología. Hube de pasar dos años sin Ariel, mas no sin sexo. Fueron los días en que me hice adicta. Lo practiqué con más de la mitad de mis compañeros de curso, tal y como lo había aprendido de mi primer amante.

Hasta que caí en las manos fabulosas de Wilmarzo.

Nada dice ese nombre sobre las habilidades que tenía. Debería haberse llamado Erótico. Porque con él llegaron las variaciones. Me adiestró en modalidades inéditas incluso para mi imaginación. Hacerlo por detrás era lo menos novedoso que hube de descubrir. Wilmarzo era de verdad un maestro de ceremonias porno. Desde el primer encuentro me había propuesto la afrenta de que no nos amáramos dos veces del mismo modo. En ese tiempo nació mi premisa de no repetirme ni arrepentirme. Cada vez había que incorporar algo al ritual, algo que lo hiciera diferente a todos los anteriores. Así nos dedicamos a diseñar un imaginativo repertorio de posturas y modalidades.

Como en la mía ni pensarlo, su casa era el lugar más común de encuentro. La madre, divorciada, trabajaba todo el día en las oficinas donde los suscriptores pagaban el consumo de agua potable. Jamás la señora salía temprano de aquella rutina a que la había forzado el padre de él, escapándose con la joven esposa del jefe civil de la parroquia. Ella había heredado del matrimonio una inmensa cama tamaño king que yo jamás había visto antes en mi vida. Nos escapábamos a media tarde del sopor que generalmente depara el último año del bachillerato; nuestros amoríos duraban por lo menos hasta las cinco o seis de la tarde, lapso fijo en que yo debía regresar a casa. Siempre antes de que papá volviera de sus actividades como gerente de mercadeo en la empresa petroquímica. Convertimos la inmensa cama subutilizada por aquella señora en nuestro cuadrilátero particular. Aquel chico me hizo experta en artes amatorias. Cuando llegábamos a su casa, hacía un gesto ceremonial comiquísimo: cruzaba su brazo derecho sobre la barriga, en gesto de caballero inglés, doblaba su tronco hacia adelante fingiendo una reverencia, abría una hoja de la puerta y me decía:

―Adelante, damisela, la cama será sutra.

Pero bien sabíamos que no podría durar aquella aventura más allá de la graduación. Buscando prolongar tal disfrute mutuo, Wilmarzo decidió poner freno a los estudios y contrariar a su madre para dedicarse a la regencia de una estación proveedora de gasolina. Yo no pude seguirlo. Hube de aceptar el cupo que, mediante sus influencias, mi padre había logrado para mí en la universidad.

Lejos de Wilmarzo, casi olvidados ya Ariel y uno que otro compañero ocasional, el campus de la Universidad del Zulia se me hizo pequeño ante las tropas de chicos en edad de merecer. Con la timidez propia de la recién llegada, miraba aquellos pasillos repletos de cuerpos hermosos. Estaba hambrienta. Desde la planta más alta del edificio de la Escuela de Sociología, llegué a imaginar el lugar como un inmenso bosque de penes endurecidos que desfilaban para que yo escogiera.

Sin embargo, mi primera incursión me pareció insulsa. Caí en la cama de un profesor de Administración. Nomás escuchar mi voz mientras requería un café, imaginó mi raigambre de hembra natural y dispuesta. Eso me confesó después del primer coito. No lucía mal. Sin embargo, su figura no se correspondía con lo otro. Varias veces cayó en trance de eyaculación precoz, lo que naturalmente frustraba mis apetencias. Tenía muy poco tacto (y digo bien, poco tacto) para los momentos pre y pos. Siempre se mostraba angustiado por el temor de que alguien reportara sus andanzas ante la santa sede conyugal. Lo mandé donde debes enviar a alguien que no se ajusta a tu talla. Fue el mismo día que apareció Gustavo Heráclito Flobert, miembro del cuerpo de vigilancia de la Universidad.

Flobert no era muy culto para las conversaciones precoitales, pero su miembro tenía el tamaño, la fortaleza y la exquisita ordinariez de un asno.

Muy a pesar de mis deseos por retener a Gustavo con mis plenas facultades amatorias, el tiempo siguió transcurriendo. Sin darme cuenta, pasé a ser lo que la directora de la Escuela denominaba «un historial de concupiscencia a punto de concluir», un «currí-culo a punto de extinguirse». Casi un expediente policial que en poco tiempo pasaría a ser «caso cerrado».

Mis hormonas comenzaron a asumir períodos de descanso. Los chicos del liceo se volvieron espuma en algún punto de mi ya vieja juventud. El recuerdo del profesor de Administración resultó tan volátil como lo fueron sus orgasmos. Flobert se mantuvo atado a mi rutina luego de que regresé de Alemania. No obstante, su juventud lo condujo hacia parcelas femeninas menos gastadas por el uso y el abuso. En cuanto a Ariel, mi inolvidable primer maestro, creí que se había convertido ya en un hermoso pero muy lejano capítulo de mi hoja de vida. Solo que con él ha reaparecido hace poco Wilmarzo. Peliblanco, repleto de melancolía, muy flaco, aunque todavía con la actitud sardónica de aquella temporada king size en casa de su madre.

Pero Wilmarzo ha regresado para no volver.

No ha sido mi culpa.

Tampoco la suya.

Un azar nos condujo al reencuentro en el centro de la ciudad. Nada más verlo, mis recuerdos volvieron a los tiempos hermosos de amantes juveniles. Algo gastada su piel; bastante disminuido en su contextura. Mirada lejana, apagada, tristona. Una vez que percibí aquellos ruiditos que producía al golpear su lengua contra el paladar, no dudé de que fuera Ariel. Siguieron unos siseos alargados. Cuando volteé, me abordó con una mirada lánguida. Al verlo más de cerca, le correspondí con una sonrisa de duda. Sin despojarse de su gesto lastimero, también me sonrió. Abalanzó su flacura sobre mí. Acepté por no saber qué hacer. Se quedó quieto un rato, echado sobre mi hombro, su osamenta presionándome firmemente. Devolví la cinta de mi memoria hasta el justo momento en que entrábamos a la heladería.

―¡Qué de tiempo, mi querido Ariel! ¿Cómo estás?

―Soy Wilmarzo ―me aclaró―, nunca más he vuelto a ver a Ariel.

―Disculpa, me confundí ―. Lo abracé yo también.

Intuí que ambos habrían conversado alguna vez sobre sus travesuras con mi cuerpo. No me importó. Me cercioré de que ahora el Wilmarzo que no era Ariel estaba llorando. Supuse que el reencuentro había despertado ese extraño deseo que después de cierta edad nos invade; nos incita a preguntarnos cómo estarán quienes compartieron con nosotros la juventud y a quienes por alguna causa no volvimos a ver. Me confesó que era precisamente Ariel quien alguna vez le había comentado sobre los chasquidos.

Aunque ya sesentona y ―como he dicho antes― en la decadencia de mis facultades, no lo pensé demasiado. Vinimos a mi casa, hablamos hasta el cansancio, nos relatamos nuestros respectivos «currículos». Yo, de profesora solterona pero feliz y envejecida en las aulas, con mis baterías sexuales casi en extinción. Él, desheredado por su madre, deambulando de prostíbulo en prostíbulo, sobreviviendo como dependiente de tiendas. Precisamente, me contó que acababa de ser echado de la última en que había logrado conseguir empleo. No me explicó el motivo. Tampoco quise indagar más. Bebimos y celebramos. Hasta que de nuevo escuché un tipo de invitación juvenil que me era familiar.

—Adelante, damisela encantadora, el tiempo es oro y la cama es sutra.

Acepté.

Guardaba el revólver como recuerdo de mis relaciones con Flobert. Lo dejó olvidado antes de marcharse y nunca pensé que yo debería utilizarlo alguna vez. Jamás había disparado ni siquiera una pistola de juguete. Por eso fallé los dos primeros disparos; el tercero lo impactó justo en el pómulo derecho.

Fue luego de hacer el amor. Me lo dijo y me enfurecí. Principalmente porque antes manifestó haber comenzado a odiarme, luego de que frustró su carrera universitaria y no le correspondí. Me aseguró además no haber pensado nunca en una venganza, pero que igual celebraba aquel reencuentro.

―Y lo celebro ―dijo― porque me ha permitido compartir contigo la enfermedad que me ha venido consumiendo desde hace tres años. A lo mejor nos encontramos de nuevo allá arriba, Turca, a lo mejor.

Jamás sabré a qué enfermedad se refería.

Busqué el arma mientras él permanecía reposando en la cama.

Y ahí está. Un montón de huesos convertido en cadáver. No imaginó que él viajaría unos minutos antes que yo. Avanzaré tras él para no arrepentirme ni repetirme.

6 comentarios:

  1. Mi más sincero agradecimiento al profe Luis Barrera Linares por la gentileza de permitirme compartir este cuento de su autoría con todos los lectores del blog. ¡Que lo disfruten!

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  2. Al contrario, mi estimada Adriana, me honra que lo hayas publicado en tu blog. Es uno de mis relatos preferidos; lo guardé por muchos años, hasta que decidí retomarlo en el año 2016 y publicarlo por primera vez en el 2007. Un abrazo para ti y mi agradecimiento adelantado a quienes me hagan el honor de leerlo.

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  3. Un trabajo digno de un maestro. Felicidades profe.

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  4. GRACIAS POR TU INVITACIÓN, EXCELENTE TRABAJA, IMPORTANTES E INTERESANTES TEMAS Y BIOGRAFÍAS, ESTARÉ ATENTA PARA LA LECTURA Y EL COMPARTIR

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  5. Excelente el trabajo del Blog Adrianita, gracias por esta iniciativa!.

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  6. Mil gracias a la querida amiga Adriana, por la invitación a participar en este grupo. Excelente iniciativa que nos permite compartir ideas, comentarios y experiencias respecto a la literatura, y por consiguiente, sobre la lectura.

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