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lunes, 26 de junio de 2017

EL HOMBRE DE PIEDRA - Mara Daisy Cruz

Mara Daisy Cruz (Puerto Rico, 1959). Posee una Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón y es la administradora de CiudadSeva.com, uno de los principales portales literarios en lengua española. Ha publicado en América Latina y en España. Fue fundadora y directora de la revista literaria "Letras Nuevas". Es la fundadora y directora del Instituto de Formación Literaria, desde donde ejerce la filantropía literaria, cultural y educativa (institutodeformacionliteraria.org). Su cuento “Castigo sin venganza” fue premiado por la Universidad Politécnica de Puerto Rico. Fue jurado del Certamen Internacional de Narrativa 2009 en España. Fue secretaria de la Cofradía de Escritores de Puerto Rico y tesorera del PEN Club Internacional en Puerto Rico. Antes de dedicarse plenamente a la literatura, fue contadora. El cuento que aquí se presenta, pertenece a la antología "Latitud 18.5", publicada por País invisible editores en el año 2014.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Mara Daisy Cruz.



EL HOMBRE DE PIEDRA


Carátula de Latitud 18.5 (Mara Daisy Cruz - 2014)
Sofía admiró el amplio panorama florentino y se sintió seducida por la vista otoñal. Por encima de los tejados de la villa renacentista, contempló a lo lejos los cipreses altos y verdes. Decidida a soltar el calor del Caribe que traía en la piel, buscó en la maleta unos zapatos cómodos y bajó a perderse en las calles de la ciudad.

Sin miedo a practicar el italiano que había aprendido en la universidad, entró a una tienda de recuerdos para enviarle una postal a su prometido. Para Sofía las cartas aún conservaban un toque romántico. El correo electrónico no había avanzado lo suficiente como para transmitir el aroma de su perfume, y mucho menos el rojo de su lápiz labial. Después de varios días de súplicas, Sofía logró convencer a su novio para que le permitiese aceptar la invitación de la Galería de la Academia florentina. La habían invitado a unirse al equipo de trabajo para la restauración de la escultura más admirada del mundo: el David de Miguel Ángel. Aunque estaría unos meses fuera de su país y lejos de Samuel, aquella oportunidad de viajar a Italia la excitaba.

*
Querido Samuel:

Mi hotel es un castillo gótico de inusual elegancia, decorado con bellas esculturas. Puedes estar tranquilo: es cómodo y seguro. En este momento me encuentro almorzando en una terraza panorámica; desde aquí se aprecian enormes cúpulas, torres y tejados color siena. Las calles son ruidosas y alegres. Una luz crepuscular, casi azulada, envuelve las piedras de los edificios y me transmite paz. En el más mínimo detalle veo belleza. Si estuvieras aquí opinarías lo mismo.
Estoy emocionada: mañana temprano me tengo que reportar a la Galería. Nos darán un adiestramiento antes de comenzar el trabajo de restauración. Te mantendré informado de cada uno de mis movimientos en esta bella capital toscana.

Tuya,

Sofía
*

Al otro día, esperó en la salida del hotel hasta que una lluvia mansa terminó de caer sobre la milenaria ciudad. Cuando las campanas de la abadía de San Gabriel repicaron ocho veces, escampó de pronto. Sofía corrió para encontrarse cara a cara con el hombre de piedra.

La sala estaba vacía y silenciosa; desde su pedestal, la estatua de diecisiete pies, erguida ante ella, le provocó una serenidad íntima. El momento resultaba sublime. Contemplarla bajo la luz blanca de la Academia, tan exacta, hermosa y fría, le proporcionaba el mayor placer estético de su vida. Deslizó la mirada desde el pecho hasta las piernas; por la tensión de los músculos le pareció que el David luchaba por desembarazarse de su angustioso encierro de mármol. Convirtió ese momento en rutina. Todos los días llegaba una hora antes de comenzar el trabajo de restauración para encontrarse a solas y contemplar sin pudor al héroe bíblico que se enfrentó a Goliat.

*

El equipo de restauradores llevaba tres semanas trepado en andamios. Bajo la mirada de los turistas, centímetro por centímetro ella ayudaba a limpiar la mugre centenaria del hombre de piedra. Le habían asignado la tarea de eliminar las pequeñas partículas adheridas a la pierna izquierda. Esa tarde fue la última en retirarse de la sala. Complacida, observó el resultado del trabajo.

–Si lo miras de lado te parece afeminado, pero si lo contemplas de frente puedes percibir que su arrogancia reclama tu mirada. Te hipnotiza y te seduce con la perfección de su desnudez.

Sofía no había notado cuando su compañero de trabajo regresó a la sala y se detuvo detrás de ella.

–Hace mucho frío afuera, te invito a tomar algo caliente.

No era la primera vez que le rechazaba una invitación a Francesco. Ciertamente tenía frío y le hacía falta algo que la calentara, pero prefería evitar a ese hombre que no había hecho sino intentar seducirla desde el primer día.

Salió sola. Estaría poco tiempo en esa ciudad y decidió comprarle un reloj a su novio para el cumpleaños. Se dirigió al Ponte Vecchio a mirar las joyerías. Toda la calle estaba llena de tiendas. Desde las tres grandes ventanas panorámicas en la zona central del puente podía disfrutar del magnífico paisaje de las colinas. La brisa que provenía del río la hizo estremecer: en ese momento sintió que le cubrían los hombros. La fuerte fragancia masculina que emanaba de aquella pieza de cuero negra la envolvió súbitamente. No tuvo otro remedio que agradecerle a su compañero de trabajo el gesto. Sus pupilas se posaron fijas y desafiantes en las de ella. Contrario a Samuel, la mirada provocadora de aquel florentino le daba un aire de sensualidad. La miró a los labios, luego a los ojos, y le insistió para que lo acompañara a tomar un café. Sofía no pudo negarse.

El restaurante era un verdadero museo a cielo abierto, con impresionantes estatuas. Sofía se olvidó de comprar el regalo de Samuel y pasó tres horas acogedoras riéndose de las ocurrencias de Francesco. Cuando llegaron a la entrada del hotel de ella, antes de despedirse, el italiano le retiró el abrigo; el roce de los dedos varoniles en su cuello le provocaron una sensación dulce a Sofía.

Al otro día, en la galería, mientras esperaba en la fila para comprar un chocolate caliente, unos brazos la arrastraron con violencia a un lugar apartado.

–Hoy no trabajaré en la cabeza de la estatua, pedí que me bajaran a las piernas para estar contigo –dijo su compañero en tono travieso.

Para Sofía la noticia no era buena. Hasta ahora había trabajado tranquila, sin el estorbo de las asechanzas del italiano; tenerlo cerca todo el día sería un martirio.

*

–¿No te asombra la belleza de la anatomía humana? –dijo él, mientras buscaba los ojos esquivos de Sofía.

Le tomó una mano y la puso sobre el muslo izquierdo de la estatua. Las dos manos juntas, la de él aplastando la de ella, se deslizaron por la escultura suave, muy suave, y en tono acariciador él le susurró al oído.

–Siéntela, Sofía, la figura está en tensión, ningún músculo está relajado, los sentimientos de furia y pasión se perciben en este bloque de piedra. ¿No te parece que respira, jadea, a la expectativa de un acontecimiento culminante, como si tuviera vida en su interior?

A ella le pareció que la estatua tenía vida propia; en cambio, su cuerpo había perdido voluntad y se negaba a obedecerla. Quería liberar la mano, pero no podía. Percibía una punzada que se gestaba en sus entrañas. Ese hombre la desconcertaba; no sabía cómo terminar el día trepada en ese andamio tan cerca de Francesco.

Bajo un aguacero salió de la Galería a toda prisa, sin que el italiano la notara. Miró su sortija de compromiso y una melancolía profunda se apoderó de ella. Estaba fascinada con Florencia, pero el vacío y la soledad la abatían. Desde el primer día en que salió de Puerto Rico se preguntaba por qué no extrañaba a Samuel; ahora se cuestionaba si en realidad lo amaba. Comenzó a repasar los recuerdos de esa mañana en que el italiano la impacientó.

Al otro día Francesco se sorprendió cuando Sofía le puso en las manos un vaso de café caliente. Ella sonrió y él la invitó a compartir un biscotti que ya había mordido. Las primeras horas del día le habían parecido tranquilas, hasta que el italiano la hizo subir otro andamio.

–Dicen que el escultor solo saca a la luz lo que se encuentra en la materia, ve la belleza oculta y la hace brotar. ¿Crees que de igual forma la pasión de un hombre hace resplandecer a una mujer?

Ruborizada, asintió con la cabeza. Su escasa experiencia no la hacía apta para aportar al comentario; además, se encontraba justo al lado de los genitales del David y la conversación comenzaba a ponerla nerviosa. Su amigo continuó con el trabajo en un absoluto silencio, pero ella sentía que él la observaba con desfachatez. El aroma del perfume varonil la empujaba hacia él. Intentó pensar en Samuel pero no lograba concentrarse. Miraba de reojo a Francesco, como si en él fuera a encontrar la explicación de la inquietud de su cuerpo.

Cuando el último empleado salió de la sala, el italiano la levantó bruscamente y la volvió hacia él. Le tomó la mano derecha y la puso en la entrepierna de la estatua desnuda. Al sentir la respiración de Francesco en su cuello, y la lengua que pasaba por su oreja de modo fugaz, de pronto supo por qué había venido realmente a Florencia. El placer se hizo insoportable. Hubo unos segundos de silencio en que los dos parecieron dispuestos a hacer lo que fuera, sin importar las circunstancias ni el lugar. Con el dedo pulgar, Sofía viró su sortija de compromiso y el brillante quedó oculto en la palma de su mano; una culpa piadosa le chocó las sienes. El italiano le abrazó la cintura y la apretó contra su pecho musculoso. Esta vez ella se dejó caer sobre aquel hombre que buscaba con vigor su boca para besarla. Ancló sus uñas rojas en la espalda de Francesco y se dejó llevar por la sed deliciosa que arrancaba de raíz cualquier recuerdo del novio que había dejado en Puerto Rico.

2 comentarios:

  1. Mi agradecimiento infinito a Mara Daisy Cruz, por el enorme privilegio que me ha concedido al permitirme publicar este cuento en el blog y compartirlo con todos ustedes. ¡Que lo disfruten!

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  2. Excelente cuento. Felicidades a la autora. Me encantó el ambiente.

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