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lunes, 25 de diciembre de 2017

UN COCIDO DE NAVIDAD - Armando Quintero Laplume

Armando Quintero Laplume
Armando Quintero Laplume (Treinta y Tres, Uruguay, 1944). Docente, actor, narrador oral, ilustrador y escritor uruguayo-venezolano. Reside en Caracas desde 1978. Profesor en Literatura graduado por el IPA, Uruguay, en 1977. Con estudios de postgrado en Literatura Venezolana, UCV; Seminario de Humor y Comunicación, UCAB, 2006; además, realizó los Diplomados de Periodismo de Investigación en la UCAB, de Literatura Infantil para Docentes en la UDO, de Promoción de la Lectura y de la Escritura en la UCAB, y el de Narrativas Contemporáneas en la UCAB/ICREA; así como especializaciones en Narración Oral y Teatro en el CELCIT, GA-80 y otras instituciones. Se ha desempeñado como docente en las escuelas de Letras y de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y es parte de la Dirección de Cultura de dicha casa de estudios desde 1990. Ha desarrollado una intensa actividad como cuentacuentos, siendo el fundador de las agrupaciones Cuentos de la Vaca Azul y Narracuentos UCAB, las cuales dirige; actividad por la que ha sido merecedor de numerosos reconocimientos nacionales e internacionales, tales como el Premio Chamán de la CIINOE (1991) y Caracol a la Oralidad de la AMENA (2004) de México, gracias a sus aportes con la Narración Oral. Como pintor e ilustrador expuso en muestras individuales y colectivas en Uruguay, España, Francia y Venezuela, realizó portadas de libros para varias editoriales y colaboró con regularidad, entre los años 1967 al 2004 -y aún colabora- en revistas y periódicos de Uruguay y Venezuela. Ha publicado los libros Cuentos de la Vaca Azul (2000), Un lugar en el bosque (2004) -por el cual recibió el reconocimiento de “Lo mejor del año” en el Banco del Libro de Venezuela y el “Primer Premio Nacional de Literatura Infantil por obra édita” del MEC de Uruguay, en 2006-, El libro de las preguntas (2005), De tiempos inmemoriales (2005), entre otros. Cuentos, poemas y artículos suyos han sido publicados en algunas antologías de Venezuela, Uruguay, Argentina, España, México y Chile. El cuento que aquí comparto pertenece al libro Cuentos de Navidad II, publicado por Ediciones El Nacional en 2005.

Cuento que se publica íntegramente, con la autorización de Armando Quintero Laplume.



UN COCIDO DE NAVIDAD


Gran sorpresa se llevó la criada ante aquel pequeño niño que había llamado a la puerta del palacio.

Vestía una elegante chaqueta azul sin mangas, una camisa de seda blanca con tenues rayas azules, unos pantalones de fino lino morado, con grandes flores multicolores, y calzaba unas medias rojas con rayas azules entre unos zapatos del mejor cuero de ciervo. Cubría su cabeza con un alto sombrero morado de copa que, a modo de adorno, estaba atravesado por una hermosa cuchara de plata con incrustaciones de oro.

Con una amplia y agradable sonrisa dibujada en su rostro, el niño preguntó:

-¿Podría, vuestra merced, darme algo de comer?

La criada pensó que el muchachito se veía muy saludable y fuerte para tal solicitud. Además, con aquellas elegantes ropas que vestía, bien podía ganarse su comida como juglar, trovador, saltimbanqui o bufón, sin necesidad de mendigar nada a nadie. Pero, la criada, se guardó su comentario, hasta que estalló.

-Lo lamento -le respondió, con mucha seriedad-. Pero, por ahora, no tenemos nada en palacio para darte. Y, menos a un niño que, como tú, no parece estar pasando hambre. Regresa a tu casa, ya.

-No hay problema -dijo con sobrada amabilidad el niño-, yo tengo una piedra maravillosa en mi bolsillo. Si usted me permitiera echarla en una olla, yo haría un cocido bien sabroso para mi cena de Navidad. Que sea una olla bien grande, por favor.

Como a la criada le picó la curiosidad ante lo dicho, trajo la olla que le pedían.

El niño la cargó con agua del río cercano, trajo unos leños del bosque y acomodó un lugar frente a la puerta del inmenso palacio, a prudente distancia de la misma. Luego, encendió el fuego y montó sobre él la olla, a la espera del hervor del agua.

Mientras, la criada entró a palacio para contarle a la Reina, y a las otras criadas, la historia de ese extraño muchachito y su piedra maravillosa.

-Ten cuidado, mujer, ¿no será que es un duende? -dijo escéptica la Reina.

-No, no, Majestad, él sólo habló de una piedra maravillosa y de un cocido bien sabroso para su cena de Navidad. Tiene que ser alguno de esos mágicos inventos que aún no han llegado hasta nuestras tierras. ¡Como en este palacio vivimos tan alejados de otros' reinos!

Para cuando el agua rompió a hervir, toda la corte ya sabía el secreto del extraño niño y de su piedra maravillosa. Y, por supuesto, se había reunido fuera, frente a las puertas del inmenso palacio.

El muchachito, a la vista de todos, sacó una pequeña piedra de su bolsillo.

-Parece una piedra común y corriente -comentó el Rey, y dirigiéndose al niño le preguntó, algo inquieto-, ¿hacia dónde queda tu reino? ¿O tus padres no tienen ninguno?

-No se preocupe, Majestad, soy un niño como cualquiera que hasta tiene un reino en este mundo.

No sería la respuesta que el Rey esperaba pero, era una, y nadie se atrevió a hacer otra pregunta.

El niño no dijo más nada. Algunos, los que estaban próximos a él, notaron una leve sonrisa en su rostro mientras echaba la pequeña piedra en el agua que ya hervía. Luego, tomó la cuchara que atravesaba su sombrero. Sacó, una cucharada de la olla, la probó con verdadero deleite, a tiempo que exclamaba:

-¡Excelente!, y agregó pensativo: -si tuviéramos unos trozos de carne de res y un poco de tocino, haríamos un cocido de esos que son de los más sabrosos como para celebrar una cena de Navidad.

-¡Yo tengo una buena carne en mi cocina! -exclamó una duquesa.

-Y, yo, unos buenos trozos del mejor tocino, -dijo, con entusiasmada voz, una condesa. En unos minutos, las criadas de ambas, estaban de regreso con sendas fuentes de carne de res y tocino que fueron derecho a parar a la olla.

El muchachito volvió a probar el brebaje.

Todos se miraron expectantes hasta que, luego de unos segundos, dijo:

-¡Delicioso! Aunque se necesitaría un buen repollo, algunas zanahorias, unos apios, unos puerros y algunos nabos. Con todo esto, quedaría más sabroso.

Apenas lo dijo, una baronesa, dos condesas, una duquesa y sus criadas salieron corriendo a sus casas para alcanzarle todo lo pedido al extraño que, tras aceptarlo con mucha cortesía, introdujo todo aquello en la olla. Un sabroso aroma envolvió de inmediato al lugar.

-Claro que si lográramos unas papas, alguna cabeza de ajo, unas cebollas y unas cuantas verduras, saldría un cocido perfecto, absolutamente perfecto...

De inmediato aparecieron unas fuentes repletas de todo lo nombrado.

Después de introducir las verduras, las cebollas, el ajo y las papas en la olla, el niño probó de nuevo el cocido. Puso los ojos en blanco de satisfacción y, con tono convincente, dijo:

-¡La sal! Sólo nos falta la sal.

-Aquí la tiene -le dijo la Reina- alcanzando, además, unos puñaditos de pimienta, azafrán, orégano seco y nuez moscada.

El aroma que despedía el cocido invadió el inmenso palacio y todos sus alrededores, despertando un enorme deseo de que ya estuviera listo.

-¡Qué sabrosura! ¡Está en su justo punto! -comentó el muchachito y a continuación, ordenó: -¡Platos para todo el mundo! Antes, unos que ayuden.

Con ellos, retiró la gran olla del fuego y, luego, aguardó el regreso de todos.

Desde el Rey y la Reina hasta el más pequeño de los habitantes del reino, fueron a buscar sus platos y cucharas. Hasta algunos regresaron con abundante pan fresco, frutas y algunas tortas, de añadidura. De inmediato, se sentaron a disfrutar de la maravillosa comida, mientras el extraño niño servía abundantes raciones de su excelente cocido. Tanto la felicidad, expresada en risas y charlas compartidas, como el aroma, invadían todo el lugar porque, el cocido ¡sabía a gloria!

En medio de la algarabía, el extraño niño desapareció. Eso sí, en el centro de un plato vacío, dejó la pequeña piedra, para que todos los del reino la pudieran usar siempre que quisieran hacer un cocido de lo más sabroso, de esos que nos permiten celebrar una buena cena de Navidad. Un cocido donde cada uno pusiera aquello que cada uno pudiera entregar.

¡Ah! Un detalle, antes que me lo preguntes. ¿Quién era el niño de esta historia? ¿Un duende con ganas de divertirse? ¿El espíritu de la Navidad hecho carne? ¿El Niño Dios en persona?

No sabría decirlo. Los que cuentos cuentan, y me contaron muchas veces esta historia, tampoco lo saben. Varias veces se los pregunté. Sólo te respondo como uno de ellos me lo dijo:

-De verdad, verdad, nunca me interesé en saberlo. Me gustó la historia y lo que en ella sucede. Pero, si a ti te interesa, haz que tu imaginación vuele y elige al personaje que completaría tus sueños.

7 comentarios:

  1. Esta simpática historia venía publicada en los libros de texto de la primaria pública de México. Es muy graciosa y me parece que demuestra el verdadero significado y el sentimiento de compartir.

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    1. Muchas gracias, Mónica Meneses. Sé que otros cuentos míos aparecen en algunos textos de la primaria en México. Me han pedido autorización para publicarlos. No sabía de éste. Muchas gracias por el dato.

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  2. Gracias, Mónica, por tu comentario, es genial saber que este hermoso cuento es parte de libros que yo no imaginaba... Y claro, mi agradecimiento total al narrador oral y escritor Armando Quintero Laplume, por su inmensa generosidad al dejarme compartir este texto con todos los lectores de este espacio. ¡Que lo sigan disfrutando!

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    1. Ni yo lo sabía. Muchas gracias por el dato. Sé de otros textos publicados en textos de educación primaria de México porque me han pedido autorización e, incluso, enviado ejemplares de ellos. También en otros países.

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  3. Felicitaciones, un texto muy bien logrado. La imaginación no tiene límites. Felices fiestas para todos y un año 2018 lleno de bellas letras. Bendiciones, Chente.

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  4. La perfecta comunión y lo logró una piedra y un niño, excelente

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  5. Bonita y aleccionadora historia: todos tenían para dar y ninguno quería ofrecer, pero lo hicieron sin darse cuenta. Naturaleza humana. Cada quien lleva dentro de sí buenas acciones y valores que ignora, solo debe llegar el momento o la persona indicada para hacerlos florecer. Gracias Adriana por compartirlo, gracias al autor por brindarnos su cocido literario. Alessandra Hernández, desde Caracas, Venezuela.

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