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lunes, 10 de junio de 2019

EL VERANEANTE SOLITARIO – Enrique Caballero Escovar

Enrique Caballero Escovar (Santa Fe de Bogotá, 1910-1994). Economista, abogado, diplomático, historiador, ganadero, dibujante, ensayista y escritor colombiano. Publicó los libros Historia económica de Colombia (1970), El Mesías de Handel (1970), De la inseminación artificial en política (1971), América, una equivocación (1978), Incienso y pólvora: comuneros y precursores (1980), Relatos de Tierra fría (1987) –volumen del que he tomado el cuento que aquí les presento-, De ayer y de hoy (1990) y Se vende un camino y otros cuentos de antaño (1993).



EL VERANEANTE SOLITARIO


Carátula del libro: Relatos de tierra fría (El Áncora Editores - 1987), del escritor colombiano Enrique Caballero Escobar
Los Cámbulos es un pequeño hotel muy lindo, situado cerca de Bucaramanga. Un río bullicioso de aguas claras forma lentos pozos bajo rocas enormes, pozos en donde bañarse equivale a reconstruir la vida tal como transcurrió antes de la hora de vergüenza y arrepentimiento del género humano. Lo administra un matrimonio alemán silencioso y discreto y consta de seis apartamentos, todos con vista sobre un paisaje de cerros adustos. El clima, como clima, no existe: es una difusa caricia.

A Los Cámbulos ha llegado —una vez más— don César Terreros, rico ganadero de los Llanos. Don César suele refugiarse allí para encontrarse con su mujer, que misteriosamente llega siempre de Barranquilla. Parece que la violencia guerrillera de los Llanos, en donde ya una vez estuvo secuestrado el rico ganadero, le obliga a ocultarse siempre como un fugitivo, pues está amenazado de muerte. Su mujer ha vuelto a Barranquilla, de donde es oriunda, y ahora vive con sus padres. Es lo que dice el servicio del hotel, atando cabos, y a juzgar por lo que se le ha escapado a la señora.

Ella se inscribe como María Antonia de Terreros, maestra de idiomas. Es bellísima. Chispeante. Desbordante de vida, talento y gracia. El personal de Los Cámbulos la adora. Nadie se explica un matrimonio con tan inmensa diferencia de edades. Tiene ella unos treinta años floridos y el ganadero, a pesar de su notable conservación, la dobla visiblemente de edad. Pero nunca se vio una pareja más feliz. Cada mes, cada dos meses, se encierran a adorarse una semana entera en la que sólo salen a horas arbitrarias al tibio pozo del río. La naturaleza muerta del apartamento, en donde se recluyen con un mínimo de ropas que precipitadamente se echan encima cuando golpean a la puerta, es contradictoria y extraña. Libros de intrincada filosofía en alemán. Cuadernos llenos de borradores escritos indistintamente por ella o por él. Folletos de poesía. Versos que se les ha oído leer en voz alta. Una puntual botella de champaña con dos copas y un altar transportable de imágenes piadosas. Para ellos, cuando se juntan, no existe el país, no existe el mundo, ha desaparecido la vía láctea, no corre el tiempo, la historia universal no ha comenzado. Constituyen la imagen de la felicidad plena, espiritual, intelectual y zoológica. Pasadas esas periódicas efusiones pasionales, cada uno vuelve a girar en su órbita respectiva. Él se reintegra a la llanura y ella se sumerge en la sonora mundanidad de la Costa Caribe.

Esta vez él ha anunciado en la administración del hotel que permanecerá solo. Se nota sombrío, retraído y distante. Sobre el escritorio ha colocado una pequeña colección de retratos de María Antonia. En uno se muestra —espléndida— en traje de baño, con fondo de playas quemantes. En otro aparece con un alegre grupo de amigos en el Club Barranquilla. En uno más está tendida en una cama doble, en bata, entregada a la lectura. Curiosamente en ninguno aparece con el ganadero, aunque se puede adivinar que todos han sido sacados con destinación a él, porque, cuando se está enamorado, siempre se mira a la cámara como se miraría al amante. Por eso los enamorados aparecen siempre en las fotografías sorprendentemente expresivos, ya que sin que nadie lo sospeche están sosteniendo un diálogo a distancia.

Sacándola de un portafolios, don César, que ha pedido, como siempre, una botella de champaña helado, ha esparcido sobre la cama una enorme cantidad de cartas. Cartas con caligrafía gótica del Sagrado Corazón, respuestas de hombre. Las repasa morosamente. Evoca, sin duda, a su mujer ausente. ¿A qué atribuir su inexplicable ausencia? Acaso la explicación se encuentre en esas atropelladas cartas de amor. Don César bebe con lentitud y sonríe triste y tiernamente a los retratos colocados sobre el escritorio.

Entre el montón de cartas da con una que dice:


Dulce criatura:

Te extrañará que te llame así, después de la conversación telefónica de anoche, que por tu parte fue de amargos reproches. Pero es que descubrí que muchas veces, en ocasiones que tú enumeras con precisión como si hubieras querido coleccionarlas cuidadosamente con fines polémicos —con esa capacidad de acumulación renal que admiro en la mujer desde cuando estudié fisiología—, te he herido involuntariamente y tú lo has disimulado. Y mientras tus sarcásticos dardos se clavaban en mi desnudez de San Sebastián, el sentimiento que me invadía era el de ternura agradecida. ¿Masoquismo? No, admiración reflexiva, porque me dejaste apreciar que, aunque conservas sin cicatrizar las sucesivas heridas, siempre me has ocultado o disminuido por años la hondura del impacto. Naturalmente, con la implacable aunque a veces desenfocada capacidad analítica de que te ha dotado el sicoanálisis, has terminado describiendo bien el fenómeno pero errando en el diagnóstico. Culpándome de que la cobardía y la indecisión me suministran una panoplia de bruñidas disculpas. Yo te expliqué superabundantemente cómo fue que la fatalidad interpuso un obstáculo insalvable y vulgar a mi viaje. No ha habido el más remoto síntoma de enfriamiento. La antevíspera de salir para Los Cámbulos, y ya con el pasaje en el bolsillo, yo estaba piafante, loco por recorrer tu ardiente topografía de mujer. Loco por verte hablar sin oírte, como sucede cuando el instinto exasperado empaña la atención en el discurso del interlocutor y uno queda pendiente sólo de la incitación de la imagen. Estaba loco por tenderte y disfrutarte a mi arbitrio. Loco, amor, por percibir tu fragancia vegetal de rama de romero recién cortada, tu casi imperceptible almizcle de bestia saludable y dispuesta. Loco por oírte gemir de gozo. Loco por respirarte, por besar tus párpados cerrados en el trance supremo. Estaba cual dice La Iliada en relación con el ánimo con que Paris entraba al combate: "como el caballo de agitada crin busca a las yeguas". Te tenía, inclusive, un regalo insignificante, pero que te hubiera "tumbado", como tú dices, porque por sí solo indicaba lo complicado y meritorio de su consecución.

No quiero, sin embargo, defenderme. Esta carta no debe convertirse en alegato. No necesito una sentencia absolutoria sino un beso de indulto y amnistía. Alguna vez, tras una riña, te dije: te propongo, sueño mío, que sigamos queriéndonos, porque va a llover... Y esa noche el amor tuvo algo de batalla frenética y de rito sagrado, mientras el granizo ametrallaba los cristales. ¿Recuerdas?


Larga mirada de don César hacia la adusta serranía. Larga mirada hacia el cielo triste, de plata martillada, que empieza a volverse de oro, sangre y plomo. Y un largo y concienzudo sorbo de champaña. Tentación. Aguda tentación de dar una llamada por teléfono con virtualidad, posiblemente, de retrotraer las cosas. Tentación de acabar con una vida vacía, en penumbras, ya incurablemente envenenada de nostalgia. Indecisión. Unos pasos hacia la maleta para sacar una pistola. Y con ella sobre el escritorio seguir leyendo las cartas trémulas de recíproca pasión, y meditar sobre la manera maestra con que la vida borra como niebla que huye, como arrebol que se desvanece, las más entrañables relaciones amorosas, precisamente porque son relaciones amorosas, a las cuales uno les atribuye erradamente raíces de ceiba cuando en realidad se trata de orquídeas casi aéreas, propensas a marchitarse con el peso de una libélula.

Repasa don César otra carta que fue, posiblemente, la última:


Adoración:

Hoy me planteaste algo tan de fondo, que muchas horas después estoy perplejo, sobrecogido, sin acertar a responder el interrogatorio de mi propia conciencia. Lo único que vislumbro es que podemos estar a las puertas de uno de esos momentos heroicos capaces de elevar a planos de luminosa sublimidad estas dos existencias que tan íntimamente se trenzaron en una pasión radiante, desbordada y espléndida. Y mientras vuelvo a oír la quinta sinfonía de Mahler que hace tal vez siete años me inspiró una tristísima epístola de renunciación y de desesperanza, me pregunto en la soledad de mi biblioteca: ¿seremos capaces de aceptar el martirio silencioso a que parece querer condenarnos el destino tras el instante, que consideras de iluminación mística, que te llevó a reflexionar y a arrepentirte? Al trance le has mezclado legítimamente dramatismo, al sugerirme que le pidamos a Dios que en este paso nos ilumine y oriente. Confiesas con ello —tácitamente— que ninguno de los dos es capaz de tomar la iniciativa de proponer una conducta rectificatoria que rompa la ecología paradisíaca de nuestro largo amor, escondido como esas corrientes de fuego que recorren el mundo bajo la piel de la tierra, corrientes que no han encontrado —o querido encontrar— la boca de un volcán para hacerse catastróficamente presentes. Comienzas tímidamente por proponerme la suspensión indefinida de las idas a Los Cámbulos y el intento de tratarnos como amigos que honestamente se aprecian y se ayudan a vivir a distancia. Confiesas que vives preocupada por lo que le pueda pasar con tantos cambios de altitud a este corazón intermitente que ya me ha producido dos infartos, uno de ellos en tu presencia. Sospechas que la angustia, que disimulo mal, puede tener algo que ver con estos desplazamientos. Sabes mucho más de mí que yo mismo, idolatría, y es explicable, porque yo no me analizo con esa delicadeza, con esa amorosa profundidad. Simplemente porque, como sabes, antipatizo conmigo. En eso hay un segmento de verdad, porque cuando vuelo a gozarte, pienso a veces en Danielou, el célebre teólogo francés que murió de un síncope cardíaco a las puertas del oculto apartamento de una bella penitente apasionada.

Alguna vez dijimos que la índole de nuestras personalidades resulta más propicia a lo heroico definitivo que a lo burgués transaccional. Confesémoslo, querida: nuestra recíproca atracción es tan tiránica que no aceptaría soluciones intermedias. Todo o nada. Por mi parte, prefiero el cauterio sin anestesia local. No dejé el cigarrillo poco a poco, sino botando la cajetilla a un muladar con ademán olímpico. Y creo que tú, que eras tan frágil, te has endurecido. Curioso, la ternura con que te he acariciado ha curtido tu piel. Te he dotado de armas sicológicas sin sospechar que esas espadas podían volverse algún día contra mí. ¿Qué dices, quemamos las naves? ¿Rompemos las amarras, que más que amarras son temblorosas guirnaldas? Tal vez sea más fácil ser santo que ser bueno. La helada bondad burguesa, amasada con urbanidad y compostura, no parece ser el tratamiento indicado.

Te confieso que hallándome, como creo que me hallo, cerca de la muerte, mis decisiones, por prudencia, deben tener un relente casi testamentario. Quiero decir que no estoy para juegos. Siento que el corazón irresoluto que me titila dentro del pecho me perdona la vida a cada pulsación. En palabras menos tétricas, pero igualmente serias, bien sé que éste es mi último amor, para no cometer la vulgaridad de decir que es el único, y me duele verlo perderse en lontananza. De acuerdo con este hecho crudo, creo que debo mirar con estoicismo el anuncio divino o el ataque de sentido común que te ha sobrevenido intempestivamente para pedir esta revisión fiscalizadora que nos cambia el clima sentimental. Mirando con serenidad las cosas, la vida me dará cada vez menos, y aunque te traspase y endose todo lo que ella me entregue, el hecho es que recibirás cada vez menos de mi savia vital. Me aterra tener que reducirte la cuota de intimidad por encontrarme en otra ciudad, progresivamente sitiado por las enfermedades, como es previsible. Por eso no me cuido con disciplina rigurosa este corazón implacable, porque el corazón garantiza una muerte súbita, radical, estética, sin esas pavorosas sondas y esos tentáculos con que la ciencia le ha restado toda majestad a la muerte. El corazón permite todavía, a espaldas de las profanaciones clínicas, morir de perfil. Limpiamente.

Temblando, a sabiendas de que pronto me arrepentiré en vano de haberme dejado dominar por la sensatez, me inclino ante este giro de la vida. Pero no te ofrezco arrancarme la adoración que te profeso y de la cual seguiré esclavizado en esta vida y en la otra. Porque eliminados los amores, sólo queda el Amor, que es como el oro cuando se limpia de arena.


Mientras huye la luz de la serranía santandereana, don César cavila, reflexiona, reconstruye diálogos y situaciones y cada vez comprende menos. Pronto lo invade una desolada sensación de desamparo animal, irreflexivo. Él mismo se compara con una bestia ciega, como esas gaviotas que permanecen en las rocas, quietas hasta morir, porque no divisan ya los cardúmenes vagabundos. Como un perro sarnoso echado en un basurero. Como un toro viudo, que bufa rabioso y se echa tierra a los lomos, escarbando.

Luego piensa en las circunstancias en que el amor por María Antonia lo redujo a cautiverio. Se había retirado él de cualquier oportunidad de flirt, le había dado la espalda a la frivolidad de las relaciones sociales, se había hecho el propósito de traspasar la frontera de los sesenta años no sólo con resignación filosófica sino con secreto y extraño regodeo. No se asustaba al someterse a un inevitable e irreversible proceso de degeneración física si el espíritu podía elevarse sobre las ruinas y la inteligencia aguzarse con la aproximación de la paz. No sabía que —como ahora lo estaba comprobando— es en la senectud cuando se puede experimentar la más desolada orfandad. Había soñado con convertir la vejez en algo como tenderse en un potrero oloroso a poleo a ver pasar un río interminable sin sobresaltos ni inquietudes. Y ahora...

El oleaje de los sentimientos se torna, ya en la noche cerrada, tan contradictorio; tan fuerte se vuelve la presión alterna de resolución y cobardía que don César de tal manera se agita que desesperado recorre el apartamento, descalzo, para no hacer ruido, pero sin soltar el arma que la exasperación empieza a convertir en una respuesta al colmenar exacerbado de interrogaciones interiores. En una solución. Con el pequeño artefacto, acariciándolo, se tiende en la cama, la misma cama que en momentos de gloria terrenal acompañó con su crujido confidente —¿o infidente?— el ritmo enloquecido de la refriega erótica.

Al día siguiente encontraron muerto, con la pistola en la mano, al habitual veraneante del apartamento número cinco de Los Cámbulos. La botella vacía. Quemados los retratos y las cartas. Don Fritz Bruckner se trasladó desde muy temprano, al volante de la camioneta del hotel, en busca de la autoridad judicial más cercana, para el caso el juez de Floridablanca, joven funcionario que llegó acompañado de un dactilocopista-secretario a efectuar la diligencia del levantamiento del cadáver. Mientras actuaba la autoridad en el cuarto en donde nadie se había atrevido a entrar, los dueños del hotel, compungidos, esperaban en la planta baja, en compañía de dos viejas señoras cuya mala suerte las había centrifugado a Los Cámbulos en busca de la tranquilidad del paraje y la buena cocina del matrimonio Bruckner.

El veredicto del juez, cuando después de dos horas extendió el correspondiente certificado de defunción, los desconcertó: aunque el cliente del apartamento número cinco sostenía en su mano una pistola belga, ésta no había sido disparada, ni estrenada siquiera. El hombre había muerto de un paro cardíaco. Al reseñar sus documentos de identidad se pudo establecer que no se trataba de César Terreros, con cédula de ciudadanía de Yopal, Casanare, sino del importante médico bogotano Carlos Penagos Rivadeneira, célebre por sus estudios de aplicación del yodo en el tratamiento del bocio.

Pasadas unas cuantas semanas llegó a Los Cámbulos María Antonia. Enigmáticamente sonreída, reservada y distante, sin dar explicación alguna se inscribió como Helena Rosado de Trespalacios, de profesión deportista; exigió que le asignaran el apartamento número cinco, y pidió la simbólica botella de champaña de siempre...

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